9 de marzo de 2017

Redes sociales.


Tengo un rechazo momentáneo a las redes sociales.

El engaño de que se usan para informar fue develado cuando me mudé a Montevideo, donde Twitter parece un centro de rehabilitación de egocéntricos que quieren ser lo más. ¿”Lo más” qué? Ni idea.

Hablo generalizando -por supuesto que hay gente que no entra en lo que voy a decir- pero la desesperación que tienen por mostrar y mostrarse, por figurar, por ser parte de algo, por favs y corazones en Instagram, lograba irritarme hasta que me dí cuenta que en realidad me pone triste.

Sobretodo porque no me gustaría que en el futuro todos estos valores superficiales cobren más relevancia.

Primero busqué -mediante análisis psicológico- mi molestia personal y mi rechazo hacia las selfies y cualquier otro tipo de necesidad de aprobación, para saber de dónde venía. Una vez encontrado el foco -y vaya foco- procuré intentar observarlo lo más objetivamente posible (ya que la objetividad pura es imposible) y me entristeció ver que vivimos por y para las redes sociales.

“Miren cómo almorcé lo más rico del mundo”; “En esta foto estoy re fea, díganme que no con sus corazoncitos”; “Estoy en un lugar del mundo más lindo que ése donde están ustedes”; “Miren mi arte, soy genial”, "Esta foto en bolas la subo porque soy libre, así que a mí no me analices", y otros miles de ejemplos que no puedo leer sin analizar y responder a todos con lo mismo: Necesito aprobación externa urgente porque la mía es insuficiente. Mi juez interno requiere de sus veredictos.

Después de agotarme mentalmente (y de darme cuenta cuántas veces hice esto y lo sigo haciendo) pensé que lo más saludable sería cerrar todo a la mierda, pero no puedo. O tal vez no quiero, porque eso implicaría arrancar el problema en lugar de aprender a que no me moleste esa foto mal sacada con cero conocimiento de fotografía, mostrando un plato de fideos pegados con aceite, que tiene 80 corazoncitos en Instagram.

O intentar no emitir juicios y erradicar mis micromachismos cuando una mujer se expone libremente. Es lo que más me cuesta y sin embargo mi pseudo psicóloga interna me sigue escupiendo al oído, como si fuera un diablito, que eso no es libertad, sino otra cosa. Mal yo, me re hago cargo de la cantidad enoooorme de prejuicios que tengo.

En Argentina no lo notaba tanto, tal vez porque son muchos más y yo no vivía en una Capital donde se conocen todos.

Finalmente, intentando calmar la ira que me provoca la doble moral y la falta de autoestima -confundidísima con ego- cierro todo a las puteadas y me quedo hablando sola: ¿a quién quieren engañar? ¿Por qué quieren hacernos creer que sus vidas son mejores que las nuestras? ¿Por qué sienten la necesidad de compartir todo lo que hacen con gente a la que realmente le chupa un huevo? No vale responder con “porque me gusta” porque todo esto va más allá. Mucho más allá.

Supimos utilizar las ventajas de conectar y de ofrecer nuestros trabajos o servicios por las redes, y también supimos tergiversarlas o utilizarlas exclusivamente en beneficio de nuestro ego.

No es lo que quiero decir, es cuántos están de acuerdo con lo que estoy diciendo. No es subir una selfie todos los días porque me quiero, es no entender el límite entre quererte y necesitar ser querido. No es conectar y generar vínculos, es buscar placer momentáneo que me alimente como yo no me sé alimentar.

Lo dice alguien que prácticamente conoció a su novio en Twitter.

Pero al menos puedo asegurar que no me interesa competir para que vean que mi amor es el más grande, ni que la comida me sale más rica, que soy la más linda del condado (igual no lo soy) o que tengo las mejores experiencias de vida y que todo lo sé, porque mi vida no es mejor que la tuya, simplemente es diferente.

PD: Esto debería ser una carta para mi psicóloga o para la Ale del futuro, pero como necesito aprobación, lo estoy haciendo público.

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