21 de febrero de 2016

Nunca me pasó.

Nunca experimenté una historia de amor de película. 
Calculo que es básicamente porque vivo en la realidad y no delante de unas cámaras. Pero cada una de mis historias fue especial a su manera.
Sí sé lo que se siente creer que se puede morir por amor, que el corazón no va a resistir o que el aire se ausentó del cuarto que ocupamos.
Jamás han aparecido por sorpresa ante mi puerta a declarar que ya no pueden vivir sin mí o que me aman con tanta fuerza que ya no les importa parecer psicópatas jugando a Romeo. Me he relacionado con unos cuantos cobardes, otros insensibles, alguno más bueno que Jesús, pero ninguno un loco, un arriesgado, salvaje o que no le de importancia al qué dirán. Siempre fui quien ha cubierto ese papel, y quizás de todos ellos aprendí a dejar de buscar lo similar para encontrarnos en las diferencias.
De todos modos, soy una convencida de lo aburrido que es el amor sin un poco de locura.
Sí, señor, declaro estar exenta de haber recibido cualquier tipo de demostración de amor eterno porque tengo muy claro que no vivo en una novela de Jane Austen. De hecho, las muestras que he recibido, fueron enviadas por mail o por carta entregada en mis manos, pero borrarlos o quemarlas también ha dado el mismo resultado en mi memoria.
Nunca experimenté una historia de amor de película, pero sí sé cómo amar incondicionalmente.

Nunca viví en una casa de película.
Supongo que ante mis pretensiones, mi presupuesto ha sido demasiado acotado, o Pinterest demasiado fantástico.
Pero cada casa en la que viví fue el mundo más maravilloso e íntimo que pude haber creado en ese momento.
Desde las casas que inventaba para meterme en mi interior -armazones como carpas indias rodeados de una sábana vieja o pilas de ladrillos que jugaban a ser mis precarias paredes- (mientras en la vida real vivía en la casa humilde de mis abuelos, donde he crecido) pasando por la casa donde viví sola, llegando hasta el apartamento que ocupo hoy, cada uno de esos lugares se ha impregnado de mi esencia, de mis libros, de mi amor. Una casa es un hogar cuando es tu lugar en el mundo. Y nunca me siento más cómoda que cuando estoy dentro de mis cuatro paredes, en mi universo, mi matriz, donde soy quien realmente soy y donde también proceso la vida. Donde me regenero y abro mi ser, mi Alma, y hasta las piernas. Donde no tengo secretos, más que los que me oculto a mí misma.
Mi hogar es mi castillo, mis murallas ante el mundo, mi centro.
Nunca viví en una casa de película, pero vivo en la mía, que está llena de magia.

Nunca tuve una familia de película.
Ni siquiera "normal". Sí disfuncional, como un gran porcentaje. Pero fue con lo mejor que pude haber crecido y formó la mujer que soy hoy. Nada tengo que quejarme de la sangre fuerte que me late dentro. Si mis ancestros indios pudieran dar fe de mi salvajismo, quizás ahí entendería un poco más mi carácter. O si el gran porcentaje italiano me dijera que encolerizarme con estupideces es sano, hasta les creería.
Quizás también en alguno de estos glóbulos queden rastros de la existencia de personas que aún ignoro y que algún día, con mucha suerte, descubrirlas me ayude a comprender patrones familiares que tenga que romper. O armar.
Nunca tuve una familia de película, pero sé lo que es tener valores y amar los lazos de sangre que te tocan.

Nunca tuve un grupo de amigos de película.
Más bien siempre fui solitaria, recluída.
Los misterios que me inventaba prefería resolverlos sola, jugar con mis propias reglas y no obedecer las de nadie. Las aventuras han sido grandiosas con todos los seres invisibles que creía que me rodeaban. O que me rodeaban de verdad.
Debe ser en parte el origen de alguna de mis psicosis, lo reconozco.
Mis grupos de amigos siempre han sido varios y han mutado, crecido, cambiado con el correr de los años. Ha entrado gente, ha salido gente. Nunca fueron estables, excepto el de mis amigas actual, que bastante distorsionado está.
He pecado con la soledad hasta el punto de sumergirme en alguna que otra gran depresión existencial, preguntándole a la vida en qué había fallado, porqué las personas siempre terminan las relaciones con alguna traición. Hasta que aprendí que no es necesario hacerse cargo de errores ajenos, y que es suficiente con no traicionarme a mí misma.
Me he alejado de todos cometiendo varios errores, e incluso he sentido que nadie en el mundo elegiría ser mi amigo, que estoy sola en lo vasto del Universo.
Me he internado mirando al cielo intentando comprender el comportamiento humano, la envidia, la distancia, las palabras hirientes, los daños a conciencia. Una y otra vez, incluso hoy, sigo observando que la gente cree en lo que prefiere creer, porque ver la realidad les diría en la cara que se hagan cargo de sus propias mierdas, y que no resolverán su vida tirándosela a los demás.
Sin embargo, con mi elección de mudarme de país, estoy más que satisfecha de haber elegido a los amigos que hoy me rodean y que valen más que cualquier grupo de amigos de película.

Porque son reales y son la familia, el amor y la casa que elegí.

2 comentarios:

Sofía dijo...

Todo eso es porque sos una persona especial y preciosa *suenan awwws*.

Ale M dijo...

Jajaja, vos porque me querés, zonza. <3