21 de mayo de 2016

Hacer el duelo.

Cuando "perdemos" a alguien -de la manera que sea- queramos o no, el momento en que debamos hacer el duelo será inevitable. No incluyo a la muerte aquí, porque es un duelo mucho más profundo que no nos compete ahora.
Y le pongo comillas al perdemos, porque en realidad nadie nunca es de nuestra propiedad y es nuestro ego el que cree sentir esa carencia.
Usualmente el duelo del tipo al que me refiero, se da específicamente en relaciones emocionales como con parejas o amigos.

A algunos les llegará inmediatamente, como un tsunami de tristeza, un hueco en el pecho que les quita el aire, una imposibilidad de hacer otra cosa que no sea llorar.
A otros les llega de manera un poco más fría, lo analizan todo, no se permiten sentir el dolor (hasta que inevitablemente no los deje seguir con su vida habitual al exteriorizarse, quizás como enfermedad física o psicológica) y a otros tantos la realidad les llegará con delay, después de que amigos y familiares lo hagan entrar en razones o, incluso, luego de alguna epifanía en la que decidan frenar y ver qué es lo que está pasando dentro.

Mi manera de hacer el duelo depende mucho, obviamente, del vínculo y de la manera en la que se genera la distancia. Incluso si hago el mismo durante la relación, cosa que no he podido evitar más de una vez.
En la mayoría de los casos, comprende dos etapas: la inicial bronca de buscar todo lo malo para hacer el corte definitivo, y la apertura de mi empatía para perdonar (a mí y al otro).

En el final concreto, evito todo contacto.
Necesito establecer límites inamovibles para superar la pérdida o cambio de un vínculo. No te quiero ver, ni leer en las redes sociales, no te quiero escuchar ni quiero que me contactes. Te estoy odiando porque probablemente ya encontré motivos suficientes, porque me lastimaste siendo egoísta, porque te comportaste como un idiota, porque sé que estás interesado en alguien más o porque simplemente demostraste que yo ya no te importaba. O todos los motivos juntos. O incluso puedo imaginar motivos extras para darme la razón o autoconvencerme de que te quiero lejos.
Elijo ignorarte y amputarte -esa es la palabra exacta- de todos los ámbitos de mi vida, elijo olvidarte para que deje de doler.
Te saco, te arranco, te evado y te borro de todos lados, hasta de mis recuerdos. Lo necesito porque es mi proceso personal y no me importa realmente si eso te molesta, ahora soy egoísta, ya no te tengo en cuenta, estoy resentida aunque en el caso específico no hayas sido el/la culpable.

En la segunda parte, como en una secuela, entiendo las cosas como son. Es probable que entre ambas etapas haya verdades reveladas, uno suele enterarse de muchas cosas que estaban ocultas o que no se contaron, pero al final ya no importan porque la amputación resultó exitosa.
Ahora soy empática.
Aquí es cuando entiendo al otro, me pongo en sus zapatos, señalo mis propios errores y ante el primer intento de castigarme por ello, recuerdo que las cosas se dan de la mejor manera que debían darse, porque ese es el aprendizaje que debemos tener, no otro. Así que no me castigo, y me perdono. Perdono al otro también, porque ambos hicimos lo que pudimos hacer con el conocimiento que teníamos en ese momento, porque otra cosa no fue posible. Considero nuestros niveles de consciencia y eso me ayuda a comprender mejor.
Empatizo con la actitud ajena, haya sido horrible para mí o no. Empatizo absolutamente todo lo que me hizo mierda, lo que me hizo llorar día y noche, empatizo hasta conmigo. Y en ese proceso, en el proceso de comprender-nos, me llega la comprensión del perdón que tengo que practicar (y cuesta horrores de todos modos) y del amor que siempre tuve dentro, hacia el otro y principalmente hacia mí.

Luego de esta etapa -que puede durar eternamente- acepto que siempre voy a querer al otro siempre y cuando se haya abierto lo suficiente conmigo, o yo le haya conocido el Alma. Porque hay relaciones donde el otro siempre se muestra con una máscara y no podés ser empática jamás, porque nunca se abren realmente. Esos se amputan directamente, sin anestesia y con poco dolor. No hay segunda parte.

Entonces llega el momento de abrirle la puerta a los recuerdos. Aquí es donde me permito extrañar un rato, donde vuelvo a acariciar, a abrazar, a besar y hasta a tener sexo con el otro si ése fue el caso. Repaso absolutamente todo lo que vivimos, no me olvido de nada. Tengo presentes las cosas únicas que viví con esa persona y hasta recuerdo fechas que de nada me servirá recordar. Lloro, lloro como exagerada, para ir separando esos recuerdos del dolor que me provocan, de saber que las cosas nunca más volverán a ser de ese modo.

Por esta instancia ya no me interesa saber si al otro le duele como a mí o no, si ya se olvidó de la situación, si la superó o si alguien más está en el lugar que yo ocupaba, son todos intereses del ego.
El proceso es mío, no del otro. A esta altura lo externo está aparte, ya no merece mi atención.

Finalmente, luego de un tiempo prudencial, es posible el contacto nuevamente, en caso de que la situación social así lo requiera. O en caso de que en realidad no nos sea factible la ausencia total.

El amor y la amistad me duelen con la misma intensidad.
Nunca volví a ser amiga de aquellos amigos con los que me peleé. Nunca volví a contactar a ninguna relación del pasado.
Soy blanco o soy negro. Tener un gris me es tan difícil que sé que es el próximo aprendizaje a desarrollar.

Mientras atravieso las últimas etapas, me doy cuenta que necesitaba escribir el proceso para darle otro cierre.
Ahora tengo que abrir la ventana y dejar que todo se vaya por ahí.

1 comentario:

Isabel Jung Lightman dijo...

Hola. Excelente entrada :D