6 de junio de 2015

Estimado Fulano.

Estimado Fulano,
                   
                                Le escribo estas líneas considerando los sucesos acaecidos en nuestro entorno estos últimos días.

Debo comenzar por felicitarlo acerca de su entrada triunfal a esta cadena de acontecimientos y vicisitudes que elijo llamar “mi vida”, y en la cual le he estado preparando -no sin grandes expectativas- un gran espacio, lleno de luz, con grandes ventanales por donde entra el calor del astro principal, con confortables sillones de terciopelo y jarrones con flores de estación, sin olvidar la biblioteca completa para subsanar sus momentos de ocio.

Usted encaja tan perfectamente en esta delicada arquitectura, que me asusta la sola idea de su estadía.

Disculpándome de antemano por el atrevimiento, me permito confesarle que no son pocas las actitudes que usted ha tenido para conmigo, aún sin intención, bajo las cuales me he sentido embelesada. Desde el momento en que lo saludé por primera vez, su mirada cabizbaja no pasó desapercibida y su intensidad ha demorado milésimas de segundo en calar hondo dentro de mi pecho.
                     
Qué descortés de mi parte no haber sido del todo sincera con usted.

A decir verdad, (si es que la verdad es un acto realmente posible) lo he estado esperando vagamente y ya sin esperanzas, hasta el momento en que su ser atravesó aquella puerta y obnubiló mis entrañas. La simple y fugaz colisión de sus ojos con los míos me ha dejado en carne viva. No he dejado de pensar ni un solo día en su persona, y su figura, recortándose en mi mente a través del espacio y el tiempo, pasea tan cómodamente por mi cuerpo, que considerarlo una irreverencia de su parte es, inclusive, hasta ridículo.

Solicito -si tengo acaso el derecho de solicitarle algo- que desestime las hormonas que irradio cuando me siento a su lado, y que tenga en consideración que con su simple costumbre de meterse las manos en los bolsillos, me está llevando del mismo modo, dentro de sus pantalones.

Con todo el riesgo que esta carta implica, me despido fervientemente con la sangre fundida por el calor que usted me provoca, con las manos empapadas en sudor generado por el mero recuerdo de su existencia, y con la piel ardiendo en ansias de que me devore.

Completamente suya,

                                  Fulana.

30 de mayo de 2015

Las mujeres fuertes.

Las mujeres fuertes solemos tornarnos en avasallantes con el paso del tiempo. No, no es una cualidad y está lejos de ser una virtud.
O eso es lo que la sociedad parece interpretar.

Generamos miedo, dudas, lejanía, como si fuéramos amazonas dispuestas a asar todo lo que respira.
Y quizás sea en parte porque aprendimos a usar la fuerza de tal manera, que es lo único que el otro puede ver, es la base que utiliza para juzgarnos. Hasta que se acerca.

Aprendimos a manejarnos en la vida, utilizando energía masculina. Aquella que nos da impulsos, nos empuja a buscar e iniciar todo lo que queremos, a materializar nuestros deseos, a no quedarnos quietas cuando algo nos está moviendo por dentro, a trabajar y defender nuestra vida con un poco de ferocidad. 

Aprendimos que tenemos que cuidar nuestro entorno de cualquier amenaza externa, porque vivimos bajo la ley de la selva.
Aprendimos a no tomarnos nada con calma.
Aprendimos a sobrevivir.

Así es como también tuvimos que aprender a cuidarnos solas, a responder con agresividad ante cualquier ataque, a no quedarnos calladas.
Aprendimos a mostrar de nosotras, sólo lo que queremos que sepan. Porque cuidamos demasiado nuestra intimidad.

Nos ponemos la armadura antes de salir a la calle, que pocos saben desarmar.
Nos olvidamos que mostrarnos vulnerables, no significa ser débil.
Nos olvidamos de mostrarle a todo el mundo quiénes realmente somos, porque nos cansamos de defendernos, de excusar nuestro comportamiento, de explicar todo lo que hacemos. Nos cansamos de sentirnos juzgadas, observadas.
Entonces elegimos abrirnos hacia unos pocos elegidos, como si nuestro interior fuera el tesoro más preciado, y el que tiene acceso, se gana el premio grande.
Sí, esto último puede ser verdad.

Las mujeres fuertes estamos llenas de miedos, pero dispuestas a enfrentarlos.
Estamos acostumbradas a desafiar todas las reglas, porque vivimos desafiándonos a nosotras mismas.

Buscamos nuestro propósito, sabemos que hay algo por lo que vinimos al mundo, y que con cada pensamiento, palabra y acción, estamos forjando nuestro destino.

Sabemos que haber aprendido a cuidarnos, sirve para poder cuidar a otros.
Que si nos amamos lo suficiente, sabremos cómo amar a otro, y de la manera más sana. Que lo demás, viene solo.

Aprendimos a nivelar cuánto damos, y a quien. A ser selectivas.  A compartirnos, en lugar de darnos, porque siempre estamos practicando cómo nivelar nuestra propia luz.

Procuramos sabiduría con cada elección, porque nos mueve todo aquello que nos llene de conocimiento.

Sabemos lo que valemos, y no nos acercamos por menos.
Sabemos poner límites, ser francas, no dar vueltas. Sabemos ser fieles a nuestras elecciones, pasiones, ideología, a las personas.
Sabemos hacer tratos y cumplirlos.
Sabemos que estar mareadas y perder el rumbo, es parte del equilibrio que nos lleva a una vida emocionalmente estable.

Y llega un momento en que debemos aprender a desarrollar la energía femenina.
Aprender que es hora de saber recibir, de ser vasija para la luz de otros, de crear, de aceptar nuestros principios.

Aceptar que ya sabemos que podemos, que hemos llegado solas hasta esta parte del camino, pero que ya no podemos seguir así, porque nuestra naturaleza está hecha para compartir.
Aceptar que a veces necesitamos tierra para anclar, para inspirarnos, para fundirnos, para crear.

Debemos aprender a nivelar nuestro fuego, antes de que nos consuma, porque hacemos todo con demasiada pasión.
Aprender a bajar la intensidad, a caminar más despacio, a esperar.

Necesitamos entender que llorar es, además de sano, necesario. Que ser sensibles y completamente vulnerables, es el material de nuestra creatividad, de nuestra sencillez, de nuestra sangre.
Que sacarnos el disfraz, no significa salir lastimadas.
Que las personas correctas, siempre sabrán apreciar nuestra luz.
Que abrirnos, es compartirnos.
Que a veces nos cansamos de ser fuertes.
Que necesitamos que nos cuiden y nos digan que todo va a estar bien.
Que también necesitamos a alguien que no nos tenga miedo, porque en realidad no hay nada que temer.

Las mujeres fuertes somos corderos que aprendieron a utilizar la piel de lobo.
Estamos lejos de saber siempre qué hacer, porque también nos confundimos, nos perdemos, nos obnubilamos, nos nublamos. Porque nos falta aprender mucho todavía.

Pero sabemos el respeto que merecemos.
Sabemos que la claridad es algo que se busca adentro, que nadie nos dará certezas si nosotras no las tenemos primero.
Sabemos que la estabilidad es algo que se trabaja día a día, que tenemos la mágica capacidad de crear lo que queramos, desde un hogar hasta un ser humano.
Sabemos que somos diferentes, que caminamos un poquito más decididas, y que, si queremos, podemos aprender a usar la magia que tenemos dentro.

Todas las mujeres deberíamos reconocer cuánto valemos.
Porque somos oro.
Nada menos.

25 de mayo de 2015

El pasado no es hogar.

Parece que la idea de volver al pasado, además de estar de moda, a muchos les genera la sensación de que se puede volver a vivir lo mismo, a sentir igual, a vibrar de la misma manera.
Como si aquella zona cómoda, ya conocida y segura, fuera la que nos va a alimentar y ayudar a crecer por el resto de la vida. "Como si".

Qué aburrido debe ser creer que lo mejor de nuestra existencia quedó estancado en otros tiempos, y no está esperándonos en los que allá vienen.

Qué aburrido debe ser añorar lo que ya se fue, tener miedo a renovarse, no permitir que a uno lo sorprendan.

Hacen falta certezas.

Hace falta tirarse de cabeza a lo nuevo, a lo que no sabemos cómo va a salir, a lo que nos atrae de la misma manera en la que nos asusta. A lo que nos ofrece algo mejor, mucho mejor.

Hace falta creer que lo merecemos, confiar un poco, arriesgarse, aceptar que todo sigue su curso y que no, por más que queramos, no tenemos el control.

Hace falta rendirse ante el destino, o lo que sea que ahí esté, observándonos, esperándonos.

Hace falta abrir los ojos y ver que hay cosas que ya no nos sirven, de las cuales no podemos aprender más nada, que se apagaron, que están extintas, que perdieron el gusto.

Hace falta hacerse cargo de que el pasado por algún motivo quedó ahí atrás, de que ahora necesitamos y buscamos otra cosa, de que las casualidades no existen.

Hace falta creer un poco en la magia.

Hace falta creer.

Eu, lo que pasó, se murió por algo.
Respiren y avancen.

24 de mayo de 2015

El funeral de la muerte.

Todos nos sentimos cómodos con algunas palabras en especial, con algún tema específico, de esos acerca de los que podemos hablar horas y no agotarnos, de esos que nos identifican. Yo tengo dos, o tres, y uno de ellos es la muerte.

Creerán que hablo desde la más profunda oscuridad, desde algún rincón turbio planeando los más inevitables y crueles desenlaces para aquellos que no son bienvenidos a mi vida, o simplemente por el placer de sentir el dolor ajeno (quizás realmente esa capacidad sea un castigo, y créanme que lo es), o por la posibilidad de sentirme omnipotente, responsable de robarle el último aliento a alguien.

Pero no, lamento decepcionarlos. Aunque pensándolo bien, un poco sí me gustaría.

Tal vez tenga planeado el crimen perfecto en algún hueco no tan oculto de mi psique. Tal vez toda la violencia que las injusticias y la estupidez humana me generan, tenga libre albedrío para desarrollarse en mi imaginación, donde, ahí sí, me declaro culpable de atroces crímenes o de, incluso, escenas sexuales totalmente dignas de una mente enferma.

Y contrario a lo que puedan pensar, no me avergüenzo de ser así.

Entonces, decía, uno de los tópicos más recurrentes en mi vida, es la muerte, los decesos, los abandonos, los finales.

Porque sin muerte, no hay vida, no hay resurrección, no hay interés en la sanación, no hay regeneración ni nuevos comienzos. Sin muerte todo sería un caos, como cuenta Saramago en aquel libro intermitente.

Desde pequeña comprendí, a la fuerza, el significado de la muerte. No solo como aquella que nos roba a los seres queridos y nos deja abandonados y solos, en una vida que se torna inviable, o injusta, sino también como parte de un todo indivisible, que es nuestra realidad, el día a día.
Fue gradual la forma en la que fui descubriendo que siempre nos rodea, que está en todo. Que morir no significa solamente abandonar el cuerpo.

Porque morimos cuando nos quitamos un disfraz, cuando nos animamos a mostrarnos vulnerables, cuando nos mudamos, cuando cambiamos el estado civil, cuando nos despertamos, cuando empezamos un nuevo libro, cuando terminamos de ver una película, cuando deshacemos un abrazo, cuando tenemos sexo.
Y esa me resulta la muerte más interesante de todas.

Abandonamos todas las máscaras, nos desnudamos en todo sentido, nos entregamos sin miedos, ni restricciones. Dejamos de dudar, de pensar, de preocuparnos, de hacer preguntas, de buscar respuestas.
Nos morimos como los seres que somos durante el resto del día, y qué mejor que hacerlo en brazos de quien elijamos.
Compartimos nuestros misterios más dolorosos, y sin embargo seguimos estando de pie. O acostados. 

Permitimos que el otro esté tan cerca, que vea todos nuestros defectos, aprecie nuestra vulnerabilidad, huela nuestros procesos, bucee en nuestras profundidades, devele nuestros secretos, descubra nuestra luz y acepte nuestra oscuridad, permitimos que devore cada centímetro que nos ocupa, como si no importara nada más, como si la muerte que se avecina fuera la más increíble de la existencia.
Y vaya que lo es.

Poder elegir con quien morirte es el más hermoso de los finales. De esos que abren puertas a nuevos principios, como todos.

Así, aprendemos que ser sensibles no es tan malo y podemos dejar que nos cuiden, que se acurruquen con nosotros, que nos abracen, que nos protejan, y que el otro también está viviendo sus propias muertes.
Porque somos animales sociales, porque no podemos gruñir para siempre, porque tarde o temprano vamos a necesitar al otro para caer tranquilos en los decesos que necesitemos.

Constantemente estamos dejando de ser quienes éramos, para convertirnos en quienes debemos ser.

Nacemos para morirnos, y no hay nada que podamos hacer al respecto, más que intentar hacer de ese trayecto, lo más interesante posible. Es maravillosa la falta de control que tenemos sobre esta inevitable destrucción, y cuánto nos angustia si nos situamos en un lugar meramente físico.

La muerte es simplemente un proceso, un cambio de estado, una transformación. Es un puente entre dos mundos, entre dos ideas, entre dos verbos, entre dos maneras de vivir, o entre quien eras y quien sos hoy.

Es un paso ineludible para empezar de cero, porque para dar inicio, debemos hacer lugar. Y para eso está la muerte, para eliminar lo que ya no sirve, lo que caducó, lo que nos ata al pasado, lo que nos frena, lo que no nos deja aprender, lo que ya no tiene utilidad.

Por eso la aprecio, y he aprendido a convivir con ella cada día, a dejar de temerle y abrazarla, a respetarla, a aceptarla, a darle espacio, a entender que es sabia, que no aparece a menos que sea necesario. Porque sabe mejor que nosotros cuándo ha llegado un final, cuándo es momento de un nuevo comienzo.

Hay quienes necesitan un funeral. Por una persona, por una situación, por un proceso, pero siempre para entender. El funeral no es para el muerto, es para nosotros.
Realizar la ceremonia es el paso final para aceptar una muerte, psicológica o no, que nos permita abrirnos para volver a ser.

Cada cual tiene su manera personal de aceptar un desenlace, una destrucción. Lo importante es hacer el duelo, pero no dejarse abatir como si tal conclusión fuera paralela a la de nuestra vida.
Porque nos olvidamos que lo que viene, es un nuevo parto, de la manera que sea.
El dolor es inevitable, pero tenemos la posibilidad de elegir sufrirlo siempre o de entenderlo, y aceptar lo que está gestándose.

Claro que no es lo mismo hablar de la muerte de un ser querido, como la que nos obliga, por ejemplo, a ser padres, porque una vez que lo somos, jamás volvemos al estado anterior, pero seguimos respirando.

Sin embargo, en toda situación que ella actúe, existe una renovación, un cambio. 

Y somos humanos, y estamos vivos, y lo mejor va a ser que aceptemos que todos vamos a morir, que vamos a llorar, que toda muerte duele (mucho) pero que, si es verdad lo que dicen por ahí, nunca nos separamos de aquellos a los que amamos. 
Porque el amor, como la muerte, también está en todo, de modo que no es posible que ambas cosas existan por separado. Una trae aparejada a la otra. Y considero que es algo maravilloso.

Por eso, asimilar lo que la muerte significa, para mí, ha sido siempre la mejor manera de vivir.

15 de mayo de 2015

¿Por qué escribimos?

Escribimos como necesidad.
Porque, básicamente, necesitamos desahogarnos.

Escribimos para informar, para soltar, para llorar hacia fuera y no hacia adentro, para vomitar, para limpiar las entrañas, para verbalizar emociones, entender sentimientos, acomodar ideas.

Escribimos porque estamos incendiados por dentro, en ebullición, en constante cambio, en crecimiento. Si dejamos de escribir, dejaremos de crecer.

Desarrollamos nuestra capacidad en una mesa, en un cuaderno, en un diario, en un boleto.

También escribimos por la nada misma. Por todo.

Escribimos como urgencia.
Porque simplemente, es lo que mejor sabemos hacer.

Escribimos para entendernos, romper barreras, desafiar los límites, para liberar la imaginación, para hacer reír a alguien, o para hacerlo llorar. 

Escribimos porque no podemos con tanto universo interior, con tanta palabra, con tanto susurro, con tanto secreto. Si dejamos de escribir, dejaremos de existir.

Desarrollamos nuestra virtud (o nuestro defecto), en una pared, en un pizarrón, en un celular, en una mano.

También escribimos para evitar cometer un crimen. En serio.

Escribimos desde el ego.
Porque nos encanta que nos halaguen cuando hay algo que hacemos bien.

Escribimos para no estallar, para decir quiénes somos, mostrarnos al mundo, defender una bandera, demostrar lo que pensamos, derribar algún muro, iniciar una revolución. 

Escribimos porque no sabemos hablar. Porque no queremos hablar. O porque hablamos mucho sin decir nada. Si dejamos de escribir, nos quedaremos en silencio eterno.

Desarrollamos nuestro vicio donde sea que nos encuentre, con o sin lienzo, con o sin pincel.

También escribimos para no gritar.

Escribimos desde el alma.
Porque hay algo que nos empuja a hacerlo y ni siquiera lo dudamos.

Escribimos porque somos vulnerables, porque nos cuesta ser humanos, y porque nos pasamos la vida teniendo que ser fuertes, independientes, sociables. 

Escribimos para sobrevivir. Porque tenemos que adaptarnos. Porque nos cuesta llevar adelante una vida ficticia entre horarios de oficina. Si dejamos de escribir, nos apagaremos.

Desarrollamos nuestra existencia mientras otros creen que estamos muertos, como si esto no fuera tener una gran vida.

También escribimos porque queremos salir a comernos al mundo.

Pero olvidamos que no podremos comerlo solos, porque tarde o temprano vamos a necesitar una mano que nos levante cuando nos hayamos hartado de tanta humanidad.

Escribimos porque somos solitarios.
Porque debemos entender cómo convivir. Porque tenemos que empezar a aceptar los abrazos. Porque necesitamos aprender a confiar.

Escribimos para transformarnos.

Personalmente, yo escribo porque soy demasiado sensible, y porque me acostumbré a vivir jugando a que soy la Mujer Maravilla. Cosa que -claramente- no soy.
Y también porque no tengo memoria.

O quizás, me corrijo, porque en realidad tengo demasiada.

24 de abril de 2015

Empezar.

Decidir cuándo comenzar una nueva vida, debería venir acompañado con la advertencia de que todo, todo lo que te imaginaste antes de empezar, no va a ser así.

Un aviso que diga que la estabilidad que saliste a buscar, primero la tenés que tener adentro.

Que las cosas que te ayuden a llegar, no van a ser las mismas que te ayuden a anclarte.

Que anclarte, al fin y al cabo, es perder la esperanza y sentarte en la comodidad que no te deja crecer.

Que los sueños de seguir volando necesitan tener solidez.

Que te fuiste de algún lado para llegar a otro, que nunca estás sola si sos buena compañía para vos misma, que sabés que no extrañás pero que habrá momentos en los que sientas el quiebre.

Que llorar siempre es sano.

Que no necesitás a nadie, pero cuando encontrás gente de otro mundo, no vas a querer que se vaya nunca.

Que creíste tener superados los apegos. Creíste.

Que todo lo nuevo, va a ser viejo y luego será rutina. Que deberías saber cómo evitarla si tanto te aterra.

Que no vas a poder establecerte, hasta que no aprendas a confiar en tus propios procesos, y por ende, en los demás. Que es bueno dejar que te conozcan. Que a veces te vas a cansar de tanto silencio y vas a querer compañía para mirar el cielo.

Que vas a tener que discernir cuándo es conveniente tanto misterio en tu vida, tener secretos o resguardar demasiado tu privacidad.

Que tenés que aprender a compartirte porque si decidiste empezar de cero, entonces no podés seguir siendo la misma.
Y no lo sos.

Que un nuevo país, ciudad, casa, sistema político, económico y social, parecen cosas fáciles de asimilar porque estás a horas de tu ex hogar. Pero es sólo aparente.

Que también vas a renovar contactos, amistades, entorno, rincones, silencios, trabajo/s, decisiones, elecciones, certezas, dudas, rumbos, procesos, cursos, conocimientos, mascotas, historias, horarios, colectivos, palabras, costumbres.

Un cartel que diga que todo aquello que se puede tirar abajo y reconstruir, lo vas a tirar y volver a levantar, porque es lo que mejor te sale: volver a empezar.

Que a veces te vas a asustar mucho, y es normal.

Que los cambios siempre son buenos. Que te llevan adonde tenés que estar. Que la vida es cíclica.

Que la incomodidad habla por sí sola. Como el Alma.

Que cuando sentís que es momento de volver a moverte, es por un motivo que tu ego no puede entender.

Que tu cabeza puede organizar todo milimétricamente, pero la vida siempre te va a dar las cosas como se le dé la gana, o sea, de una mejor manera de la que imaginaste.

Que no siempre Fito te tiene que cantar "Confiá, nena, confiá" para que te relajes.

Que tenés que mudarte de nuevo, por tercera vez en menos de seis meses.

Que estás en un nuevo proceso, o ciclo, buscando otro aire.

Que ahora tenés que volver a elegir, pero no vale elegirte a vos misma otra vez, porque eso es algo que hacés cada día.

Que es momento de dar un paso más allá y mandar preconceptos sociales al carajo.

Que ya es hora, piba, porque se abrió la puerta.

Y que siempre vas a estar empezando.

Porque hace rato decidiste nunca cansarte de crecer.

29 de marzo de 2015

Los domingos extraño despertarme con el olor a salsa, y bajar la escalera cuando los fideos caseros ya están listos.

Extraño encerrarme sola atosigándome a té y caricias a la gata.

Extraño los ladridos insoportables de Valentín, avisando que hay alguien caminando en la vereda.

Extraño invitar a mis amigas, cocinarles tacos y charlar hasta la madrugada, mirando películas bizarras.

Extraño el perfume de mi mamá o el olor del perro recién bañado. El olor al pasto que Edu recién cortó y el ruido de la cerca cuando llegaba de trabajar.

Extraño vivir sola.

Sin embargo, poniendo todo en una balanza emocional, elijo todo lo que vivo ahora.

Vivo en un lugar donde madrugo cada día, aunque me cueste, para ir a un trabajo que ni siquiera se torna rutinario, con gente que además de aceptarme laboralmente, me abrió las puertas de su vida.
Voy de lunes a viernes, a una oficina donde tengo amigos.

Vivo donde tengo naturaleza cerca, donde puedo escuchar las olas y adormecerme en una playa o en la rambla si quiero.

Vivo en un lugar que, lejos de ser una metrópolis, está lleno de oportunidades y de calma.

Vivo donde el silencio se encuentra en cualquier parte, porque descubrí que en realidad lo llevo conmigo.

Vivo donde encuentro todo lo que busco: amigos, un trabajo genial, la posibilidad de corregir y darle forma a mi amor por la escritura, aprender astronomía, desarrollar mi amor metafísico por los astros y donde puedo dar de mí todo eso que me gusta y, calculo, he venido a dar.

Vivo en una ciudad muy parecida a mi lugar en el mundo.

Vivo donde ya no tengo límites.

Vivo donde tengo libertad.

Vivo.
Y eso me basta.

14 de marzo de 2015

Desapegarse.

El desapego es una tarea que parece difícil.

Uno cree que no puede vivir sin tal o cual cosa, sin tal persona, si no está en tal lugar.
Y es todo mentira, porque es lo mejor que podemos hacer para crecer, para arrancarnos de raíz, para salir de la comodidad, para desafiarnos.

Sin embargo, de a poco, se va olvidando de las cosas materiales.

Uno recuerda solamente las que va necesitando, pero nada que sea de vida o muerte, nada que no tenga solución.

Recuerda algunos rincones de la habitación donde ha guardado libros, donde dejó algo especial que está extrañando, las cajas con cd´s o las que llenó de películas. Esas cosas.

Pero se va olvidando cómo dejó acomodada la cama. Qué había sobre la cómoda, qué guardó en qué cajón...como si el juego de la memoria fuera cada vez más cruel.

Y tal vez ni siquiera sea la memoria: es la vida, esa añejada vida que se va suplantando por la nueva; los olores que se van esfumando, porque los nuevos están saturando el aire; los latidos del corazón que se apagaban cada día y que hoy resuenan cada vez más fuertes, casi asegurándole a uno que eligió bien, que no se equivocó al tirarse al vacío; que está viviendo la vida que soñó, porque se animó a realizarla.

Pero hay cosas que no se olvidan nunca: la manera de sentirse estando al lado de los que ama, el sonido de sus risas y sus ojos. Qué brujería que jamás se borren los ojos de los que uno quiere.

Las miradas de amor de todos esos que están lejos, a los que se le deben miles de abrazos, no, definitivamente no se van nunca de la mente.

Y eso también hace que cada día valga la pena.

9 de marzo de 2015

No extrañar.

No, no extraño.
No sé si es temporal, o si será de por vida.
No sé si es parte de ser quien soy, o si sólo es parte del momento que vivo.
No sé nada.

Sólo entiendo que soy de las personas que dejan el pasado atrás, cuando cierra etapas, pero que esta vez el pasado es parte de lo que soy hoy, como persona, en mi presente. Que la etapa que cerré, fue mi vida allá, pero que me traje todos los recuerdos conmigo.

Entiendo que mis raíces son mi hoy. Que las personas que amás nunca son parte del pasado, porque siempre están con vos.

Entiendo que me forjé en una ciudad que ya no me gusta, que ya no me llena, pero que contiene a todos aquellos que me hacen feliz, que me dieron todo, que me criaron, que me moldearon, que me dieron la mano para que aprenda, para sostenerme, para levantarme, para caminar conmigo, y que luego me la soltaron para que viva lo que elijo.

Entonces extraño momentos, olores, sensaciones al tacto. Nada más.
Creo necesitar mis libros, mis películas, o esas otras cosas que elegí dejar, todo aquello de lo que me desapegué.
Creo necesitar todo eso, pero puedo vivir sin tenerlo. Lo estoy haciendo, de hecho.
Debe ser que me estoy acomodando, de a poco. Y que sé que igual los voy a ir a buscar, o me los van a traer. O no.

Pero a veces me pongo un poco melancólica. No, repito, no es porque extraño.
Es porque vivo procesando.
Porque sé que soy humana, porque necesito de las palabras de afecto, de los abrazos, de las cenas en casa, de mis rincones y mis momentos a solas, de la terraza.

Es porque quiero acariciar a Valentín aunque me ladre, porque quiero decirle a mi mamá que la amo pero en la cara, porque quiero hacerles una torta de algarroba a mis amigas, porque quiero cenar con mi prima y mis sobrinos, charlar con mi hermana, ver cómo crecen los hijos de mis otras amigas, hacer mermelada, acostarme en el pasto del patio, decorar mi casa con los cuadros que hace Juli riéndonos mirando Cualca, tomar cerveza hasta debilitarnos con Analía, tener sesiones psicológicas con Sole, o con Maca y Sofi.

Momentos, extraño momentos.

Pero después salgo a la calle, huelo el río, recuerdo que elegí correr con mis propios lobos, y me doy cuenta que llegué sola hasta Montevideo, que nada me hace más fuerte que lograr lo que me propongo,y que algo -o todo- me trajo hasta acá.

Y acá me quedo, por lo menos hasta nuevo aviso.

22 de febrero de 2015

Que no nos dé pena.

Es difícil encontrar tu propósito en el mundo, tu misión.
Es difícil darte cuenta para qué viniste, por qué estás acá, qué es lo que amás hacer, qué es lo que te mueve, lo que te apasiona, lo que te llena, lo que te enciende.
Es difícil, arduo, pero no imposible.
Creo que la meta principal de estar vivos, es la búsqueda constante de esa satisfacción, del placer de descubrirnos, de cumplir nuestra tarea, y de encontrar nuestro lugar.

No es fácil, porque en una sociedad consumida por el materialismo, las normas, el "qué dirán" y el "deber ser", lanzarte en la búsqueda de tus sueños, de tu bienestar, de lo que te haría feliz, muchas veces está mal visto. Sos raro, estás loco.

Personalmente, estar así de loca y ser así de rara, me dió muchas más satisfacciones que ser alguien considerado "normal", que seguir las reglas que me trató de imponer la sociedad.

Esa búsqueda, ese anhelo, no es superficial. Va más allá.
Requiere, muchas veces, que te lances al vacío con las manos vacías.
Requiere coraje, requiere tiempo, autoconocimiento, trabajo.
Descubrir algo tan grande como nuestro lugar o nuestra misión en la vida, requiere tanto trabajo y valentía, que definitivamente no es algo para cobardes.

Y no me refiero a los cobardes como algo que es constante: siempre se puede dejar de tener miedo.
Uno es cobarde cuando cree que tiene algo que perder, cuando está demasiado aferrado a lo terrenal, a lo material.
Cumplir un sueño, abrir la cabeza, ir en búsqueda de algo más, inevitablemente requiere volar y tener confianza en que no es lo tangible lo que nos da seguridad, sino todo lo contrario.
Tener seguridad es darse cuenta que lo único que llevaremos siempre con nosotros, es todo lo que necesitaremos para sobrevivir: a nosotros mismos.

Los miedos nacen de la inseguridad. Todos tenemos miedos, siempre. Si supiéramos cómo evitarlos, erradicarlos o destruirlos, sería mucho más fácil.
Pero qué aburrida se pondría la vida sin los desafíos que nos plantea ser un poco miedosos.

Para crecer, tenemos que romper patrones. Para salir del cascarón, tenemos que hacernos cargo de nuestra propia vida, ser nuestros padres, alimentarnos, amarnos como nos gustaría que nos amen, como nos gustaría amar a alguien más.

Ya una vez que eliminaste algún miedo, o tomaste el impulso inicial de averiguar qué querés de tu vida, las cosas decantan por sí solas, se acomodan. Todo se acomoda, créanme.

Incluso cuando te das cuenta que aquello que viniste a hacer, está siendo señalado, visto de "mala manera", juzgado por mentalidades retrógradas que no saben aceptar que todo evoluciona, y que estamos aquí para eso mismo: evolucionar. En cada vida, a cada paso, cada vez que respiramos.

Qué chato sería todo si nos estancáramos y nos quedáramos en la comodidad de no crecer, de no avanzar.
Qué sinsabor sería poder hacer lo que amamos, sin ganar enemigos por ello, sin tener contrastes, sin que la gente se enoje o critique, sin que alguien nos mire mal.
Personalmente, necesito de eso para darme cuenta que estoy en lo correcto, para seguir adelante, para demostrarme a mí misma que sí, que ante las dificultades y las personas que me juzgan, aún así elijo ese camino, porque nací para eso.
Sin tener críticas, sin sentir los choques, yo no sería la misma, ni estaría tan convencida de lo que amo hacer.

No sé si éste es mi único lugar en el mundo -lo dudo-, pero es en el que debo estar ahora.
No sé si lo que hago es mi propósito, pero sé que es lo que ahora le puedo dar al planeta.
No sé si es mi misión lo que creo que es, pero es lo que ahora la gente necesita de mí, y es lo que yo necesito dar.
No sé, no sé nada en realidad.
Y reconocer mi ignorancia, hace que no cese nunca de estudiar, de aprender, pero principalmente de dar todo de mí, donde sea que debo darlo. Y eso de por sí, me hace feliz.

No pierden nada siguiendo sus sueños, intentando cumplirlos, queriendo materializar lo que el Alma les dicta, buscando su lugar y su tarea en este rincón del Universo al que llamamos Tierra.
En serio, no pierden nada.

Si no me creen, desafíenme (o desafíense) probando, intentando lograr algo que sueñen, algo que deseen con todo el corazón.
No me den la razón, no la necesito.
Simplemente den aquello que vinieron a dar, sin pena, sin vergüenza, sin escuchar juicios ni darle importancia a los dedos que los señalen, y van a ver que existe la magia.
Hacerse cargo de poder crear esa magia, es el verdadero camino.
Yo no lo dudo.

16 de febrero de 2015

Esconderse.

"We´re constantly being told "Stay strong"...but you know what?
It´s ok to not always be strong.
It´s ok to break down.
Just do the best that you can, and remember that is ok to fall. 
Just get back up."

Desde chica me gusta esconderme.
Tengo afición por desaparecer cuando la loba interna me pide regeneración.

Siempre me gustó tener un espacio propio. Desde los baúles a los que vaciaba para meterme dentro y volver al útero creativo, pasando por las carpas que mamá me armaba en el patio o las casas que delimitaba con ladrillos en el jardín trasero. La necesidad de un lugar propio, adonde huir, es parte de mi naturaleza.

Soy consciente que ésto parte de Escorpio amaneciendo en mi ascendente y de la esencia de transformación que Plutón como planeta dominante en mi carta natal, prácticamente me impone. Con mi permiso, claro, porque es algo que me fascina.

Plutón siempre pide transformación, regeneración, que algo muera porque a otra cosa le urge nacer.
Y yo soy así cuando estoy conmigo a solas.

Plutón transforma desde la destrucción. Te obliga a renacer como un ave fénix de tus propias cenizas. Te empuja a ser dueña de tus propios procesos, de tu intimidad, de tu oscuridad, de todo lo que te envuelve y te ahoga. Te sacude hasta las vísceras, te impone su fortaleza, su caos para que elijas tu propio orden.
Y yo soy así.

El escorpión, aquél arácnido astrológico regido por Plutón, es solitario. Establece relaciones primarias, de caza y apareamiento, porque allí es donde sabe que es poderoso. Es cruel, es venenoso. Su pose de defensa puede matarlo. Pero su veneno está siendo investigado como posible cura para el cáncer. Entonces, el mismo veneno que mata, puede curar. Y él lo sabe, por eso es tan fuerte, tan resistente.
Y yo soy así: Soy solitaria, porque soy la única persona con la que viviré hasta el día de mi muerte.
Conozco el poder de conseguir lo que me propongo, conozco el poder que obtengo usando el sexo sabiamente.
Ya no soy cruel ni venenosa, porque integré esa oscuridad y sé que no es sano para mí, ni para nadie. Pero guardo mi propio veneno, porque es parte de lo que soy como persona, de modo que sé que puede aniquilarme o puede salvarme: Sigo aprendiendo a utilizarlo. Lo importante es la dosis y la emoción con la que lo hago. Y así me hago fuerte, conociéndome, usando el veneno a mi favor, canalizándolo creativamente, o como se me presente.

Si congelan un escorpión una noche, y lo ponen al sol al día siguiente, echará a andar, seguirá su vida como si nada. Para él sólo ha sido un mero proceso en el que el tiempo se detuvo, pero su vida comenzó de nuevo.
Y yo soy así: necesito ése lugar donde permitirme el enfriamiento, la soledad, el confinamiento, para poder renovarme y seguir adelante. Con todo, o con nada. Pero seguir al fin.

El escorpión puede sobrevivir en los ambientes más duros del planeta, pero no puede vivir sin tierra. Allí donde pueda enterrarse, prosperará. Sino consigue hacerlo, llegará su fin.
De modo que relacionando su elemento en astrología, es agua, es el tsunami de las emociones. Hace hervir las aguas internas para que cuando nos quememos por dentro, aprendamos a canalizarlas.
Y en la vida precisa tierra, estabilidad. Necesita de ella para adaptarse, y es lo único que requiere: un rincón para estar solo, para escapar, para esconderse.
Já. Claro que también soy así.

Hace tiempo escribí "Universo en Ebullición", y ahora que lo releo, es lo mismo que sigo sintiendo siempre. Evolucioné, crecí muchísimo. Pero mi esencia está plasmada ahí, en esa entrada. Ésa soy.
Y no puedo creer cómo pude haberme descrito tan bien, cuando en realidad nunca supe hacerlo.

Retomando el tema principal, todos necesitamos una cueva, un espacio sagrado, un rincón personal al que huir para lamernos las heridas, protegernos, enroscarnos y desenroscarnos, cambiar la piel, mutar, transformarnos, regenerarnos, silenciarnos. Conocernos.

Tuve la suerte de que mi mamá siempre validara y apoyara mis procesos, sin siquiera ponerles nombres.
Cada vez que necesitaba la carpa para salir del mundo, ella la armaba en cuestión de segundos y allí me lanzaba yo, con algunos objetos personales que sirvieran de anclaje, porque me la pasaba volando. Siendo yo sin reglas, ni estatutos, ni concepciones sociales.

Alimentaba a mi brujita interna, a esa nena que amaba hacer experimentos de laboratorio, cocinar como alquimista, hacer magia conmigo misma.

Esa cueva, descubrir, necesitar y usar esa cueva, me ha salvado siempre de la vida misma. Porque me permite dejar morir lo que ya no sirve, y volver a salir renovada.
Puedo indagar en mis propias profundidades, sin juicios, sin distracciones, para resurgir de las mismas con otra sabiduría.

Cuando estoy ahí, soy yo sin tapujos. Soy la humana primitiva, vuelvo a mis raíces tridimensionales. Soy la estelar, la que vino de las estrellas alguna vez. Soy la loba que defiende a los suyos con toda su fiereza.
Soy la astronauta que vuela en el espacio exterior, así sea representado solamente por mi cabeza.
Vuelvo a mis orígenes. Sano. Me curo. Incubo.

Entonces necesito escribir. Siempre escribo cuando preciso soltar algo: un patrón de conducta, expectativas, objetivos que no funcionaron, personas.
Si no suelto, no tengo lugar para crear.
Si no suelto, no tengo lugar para dejar entrar aquello que está golpeando mi puerta.
Porque como buena loba, lo huelo.

Y siempre es mucho más maravilloso.







10 de febrero de 2015

Soñar.

Soñé con vos.
No sé hace cuánto vengo trayéndote e intentando quitarte de mi mente. O quizás sí lo sé, pero no quiero sacar la cuenta, porque me da vergüenza.

Estamos juntos en una casa, parece ser la tuya, pero yo no la conozco.
Tiene muchos pasillos y rincones, sí, ya sé que la casa es mi inconsciente.

Vivís con mi abuela materna que ya falleció, viste cómo son los vínculos en los sueños. Y eso es lo que me gusta, el poco realismo que tiene, lo ilógico, lo fantástico.
De todos modos, para mí lo fantástico era estar ahí con vos, como si nos conociéramos de tantas otras vidas…

Están mis dos amigos también, los que vinieron la semana pasada a visitarme.
De repente estamos cenando, todos juntos, pero hay alguien cerca de la otra punta de la mesa, silencioso, comiendo como retirado de todo: es el Papa.

No, no te rías, en serio. En realidad no es Bergoglio, es mi abuelo materno, también ya fallecido. 
Todo vestido de blanco, cenando en silencio, mirando cada bocado como si en realidad no hubiera nada frente a él. Obnubilado, perdido y sin embargo tan presente, tan fuerte toda su presencia.

Mi abuelo era como mi papá. 
Y sé que por algo está ahí, haciendo las veces de vigilante para que nadie que pueda lastimarme se me acerque.
Pobre, mi abuelo, no debe saber que cada vez que alguien me lastimó, fue porque lo permití.
Y a vos te permito todo. 
Pero ya nadie tiene el permiso de hacerme daño. Aunque mi abuelo capaz ya lo sabe, marcó su  figura de ángel guardián, y seguro hasta te aprobó en mi vida, el papel que sea que tengas que jugar.

El baño de tu casa es enorme, y como ahora no estás, tengo frío. 
Así que me ducho y me pongo medias de lana, parecen tejidas por mi abuela.
Ahora ya entré en calor, bañarme me hizo bien.

Me llamás por teléfono. Y a mí no me gusta hablar por teléfono, pero con vos es todo lindo, hasta me gusta.
Me hablás de tu vida, de tus planes, me das muchos consejos para esta nueva vida mía, acá. Me llenás de datos útiles y cosas que debería hacer.
Cortás la comunicación para buscar otra información para mí, pero no volvés a llamar: me mandás una carta.

También estaba aquella amiga tuya que se estaba por mudar, pero como en los sueños no hay tiempo ni espacio, ella está en Buenos Aires y yo le hablo como si nada, frente a frente, pero claro que sigo en Montevideo. Aunque termina contándome que en realidad se mudó a Maldonado. Todo muy normal.

La carta era la más linda que jamás me habían escrito, tan honesta, pero tan bien decorada con palabras hermosas.
Habías dibujado algo parecido a una ola rompiendo, como una espiral, o un caracol lineal, y habías escrito alrededor. Estaba como impreso en azul-celeste y blanco, en realidad. Era parecido a la que se dibuja en la proporción áurea, ahora que recuerdo. SÍ! Exacto! Grito porque lo descubro mientras tipeo y me maravillo fácil.

Me escribiste que todo lo que Dios nos manda en espiral, -o en la forma de la ola de mar que rompe con fuerza en nuestra vida, a veces tan repentina y a veces que se ve venir, aunque siempre inevitable- está como predestinado, o es algo muy importante para nosotros, algo que nos asegura como a gritos que lo que la espiral dice, es lo indicado.

Entonces confesás que yo vengo gritando en espiral en tu vida hace rato, y me dedicás un “maldita seas!”, insultándome por no haber aparecido antes en tu vida, por estar complicándotela ahora.

Me detallás otras cosas íntimas de nosotros, y apuntás a cumplir algo que me dijiste una vez, en la vida real, o en vigilia, como prefieras.
Pero justo esa semana en la que podríamos, estás muy ocupado porque te estás yendo noséadónde, y prometés que lo haremos cuando vuelvas.
Pero sabemos que no nos vamos a aguantar mucho tiempo más. Hay algo gestándose tras bambalinas, aunque no nos demos cuenta.

Entonces recuerdo que estoy calentita después de la ducha, pero que si te vas de nuevo, en algún momento de mi vida, voy a volver a tener frío.

Quizás porque alguna vez ya te fuiste, o me fui yo, y el recuerdo inexistente de esa probabilidad, me pone tan triste como el hecho de darme cuenta que te idealicé mucho más de lo que te conozco, que lo poco que sé de vos me atrae como un imán, y que todo lo demás, me lo inventé.

Y que, al fin y al cabo, era sólo un sueño, nada menos. 

8 de febrero de 2015

The Wall.

Todos iguales.

Con uniformes que no se ven, pero que los hace sentirse cómodos con el entorno, los hace creer que encajan.
Todos iguales.

Se ríen de lo mismo, hacen las mismas cosas, van a los mismos lugares. No se complementan, porque no tienen algo diferente para ofrecerle al otro, son enchufes iguales que no pueden conectar a un nivel más profundo. No se animan, sería arriesgar demasiado su propia intimidad, ésa a la que ni ellos mismos se animan a acceder.
Todos iguales.

Señalan, exteriorizan las burlas, no piensan en el otro. Miran para afuera, encuentran siempre algo para cuestionar a los demás. Miran, miran siempre, para afuera.
Todos iguales.

No se conocen. No saben qué temores profundos tienen, qué patrones les convendría erradicar, qué pasiones los incendian, qué hay más allá. O más adentro.
Sólo saben del odio, en cualquiera de las facetas que se le presenten.
No saben amar.
Todos iguales.

No saben amar porque no pueden amarse a sí mismos, no les interesa saber quiénes son, o lo que tienen para dar. Porque lo importante para ellos, es recibir.
No saben amar, entonces, porque no saben dar. Ni siquiera se dan a sí mismos, fuera del capricho egoísta de hacer siempre lo que quieren.
Todos iguales.

No saben respetar ideas ajenas, viven chocando porque creen tener siempre la razón, como si fueran dueños de la verdad, como si la verdad existiera y se pudiera definir.
No saben, no saben nada.
Y si no sos así, si algo no te gusta, si en algo no coincidís, sos vos quien termina siendo señalado.
Todos iguales.

Pero yo no quiero pertenecer. No lo necesito.

Entonces cuando los observo como si fueran una escena cortada de la película The Wall, me doy cuenta de demasiadas cosas, que ni ellos se imaginan.

Y me lo guardo para mí, total ya sé que no les interesa.

4 de febrero de 2015

Siguiendo la Luna.

Vicentico cantaba que no podía llegar lejos. Pobre.

La Luna rige nuestros ciclos, y de acuerdo a su fase y signo por el que esté pasando, nos ofrece determinada energía para poder utilizar en pos de nuestro crecimiento y nuestras metas.

A fines de Julio de 2014, llegué a Montevideo por primera vez, un jueves. El sábado había Luna Nueva en Leo, y las lunas nuevas son inicios.
No casualmente se dió el signo del amor -sobretodo del amor propio-, de lo que nos hace brillar y vibrar, y yo estaba buscando "éso" que me haría vibrar más alto, que se sincronizara con lo que me hacía latir el corazón.

Cada Luna Nueva, se hacen listas de intenciones. No son deseos, porque tenemos incorporada la creencia de que los deseos se cumplen "por arte de magia", de modo que podrían llamarse "milagros", creo yo.
Entonces, no, son intenciones porque sí son deseos, pero hay que trabajarlos, hay que hacer algo desde uno para que se cumplan.
La lista puede hacerse gráficamente, con dibujos y fotos por ejemplo, como una lista de súper o mentalmente, como uno más cómodo se sienta.

Recuerdo haber hecho la lista más que nada mentalmente, porque con lo breve que fue ese viaje, no recuerdo haber tenido tiempo para extenderme como me hubiera gustado.

Mis intenciones cubrían todo aquello que, como dije, me hiciera vibrar más alto, latir el corazón, encauzarme en el rumbo de aquello que me llevaría a ser más auténtica, creativa, a enamorarme de mi propia vida.
Quería elegir experiencias que me engrandezcan, que me hagan sentir enorme, como si el mundo no alcanzara para todo lo que desea mi Alma. Quería hacer cosas que valieran la pena, que me enseñaran día a día, que me movieran las vísceras.
Quería descubrir un lugar, o algo que alimentara a mi niña interna (y vaya que Montevideo lo hace!), que me incitara a crear, que me ayudara a reconocer mis talentos y me impulsara a compartirlos.
Finalmente, como cereza del postre de energía leonina, supe que merecía tratarme como la reina de mi vida, como merecedora de todo aquello que deseo desde lo más profundo de mí, desde mi Alma, desde mi corazón.

Quería aprender a dejar fluir mi propósito, mi misión, aquello que se llame "predestinado" y esté a nuestro alcance cuando queremos trabajar por ello.

Hice la lista, pero el tema no quedó allí: había que empezar a actuar al respecto.

Comencé dándome cuenta de que Montevideo me había gustado más de lo que esperaba, y que tenía mucho de lo que siempre quise: aire, mucho aire; agua, verde, tranquilidad. No crean que es poco, porque para mí todo eso la convirtió en el combo perfecto.

Seis meses después, me mudaría, empezaría a trabajar más con aquello que me hace sacudir por dentro y que me llena el corazón, atraería todas las personas y experiencias necesarias para seguir creciendo, y decidiría, un día como hoy, que jamás hay que rendirse, y que sí, hay que seguir a la Luna.

Porque ayer, fue la Luna Llena en Leo, que culmina los seis meses de trabajo desde aquella Luna Nueva.

Repaso: Las lunas nuevas son inicios, las lunas llenas son finales.

Finales de procesos, finales de decisiones, de siembras, de todo aquello que hayamos comenzado en la Luna Nueva previa del mismo signo en que se da la Luna Llena.

Conclusión: Tendría que haberme imaginado que para esta fecha, ya estaría viviendo acá, haciendo de aquellas intenciones de cambiar mi vida, una realidad. Finalizaría el ciclo, materializando todo lo que había imaginado. Principalmente porque me moví por ello.

Tengo la capacidad de seguir maravillándome como cuando era chica, con las sincronías. Sobretodo con aquellas que uno sabe que puede aprovechar, siendo consciente de que se es creador de la propia vida, y que hay que hacerse cargo de lo que deseamos, y llevarlo a la acción. Siempre.

Porque como dice Mia Astral: "Los sueños no se cumplen, se trabajan".

Le dije eso a la Luna aquél Julio.
Es Febrero, así que ayer le agradecí todo lo que me viene dando, sin siquiera pedir nada a cambio.
Que, en realidad, es la receta de la felicidad.
Porque todo lo que damos sin esperar retribución, con la sola intención de dar, vuelve.
No siempre del mismo lugar, pero vuelve.
Tendríamos que saberlo ya.

5 de enero de 2015

Hacerse cargo de la soledad.

Me crié como hija única, aunque de parte de mi papá tengo 3 hermanas.
Siempre jugué sola.
Siempre inventé todo.
Tuve que aprender a ser creativa, ante tanta soledad.
No, mi mamá nunca me dejó sola, mis primos y primas tampoco.
Pero viví jugando, sin ninguna compañía más que la de mi imaginación, toda la infancia.

En las relaciones de pareja, tarde o temprano, terminaba sintiéndome sola.
Entre mis amigos, siempre me sentí sola.
Que no se malinterprete: es mi naturaleza, nada tiene que ver con los demás o sus acciones para conmigo.

Para cambiar cosas que viví y que ya no quiero repetir, elegí romper patrones. Sí, sola.
Decidí que hay partes de mí que ya no quiero alimentar, así que debo moverme. También, sola.
Tomé una decisión que me va a cambiar la vida 180%: Sola.
Acabo de comprar el pasaje que me lleva un poco lejos, adonde voy a ir sola.
El primer tiempo, lo sé, me sentiré un poco solitaria.

Pero esa es mi naturaleza: la del silencio, la introspección, la soledad.

No necesito nadie que esté conmigo para no sentirse solo.
Porque yo me siento fuerte en éste estado.
Prefiero a alguien que elija compartir su soledad con la mía, nada más.

29 de diciembre de 2014

Todo lo que quise ser.

"Imagina nomás, que puedes crear una nueva vida."

Quería ser Bioquímica. Maestra. Astrónoma o Astronauta.
Quería tener una agencia de viajes. Quería una casa en la playa. Un restaurante.
Quería ser escritora. Dueña de un emprendimiento de bijouterie.
Quería crear, viajar, ser felíz. Quería ser Capitana de un Barco.
Encontrar mi lugar, porque desde niña que vivo buscando.
A veces no sé bien qué, pero lo sigo haciendo.

Todo lo que soñaba ser de chica, lo olvidé en la adolescencia, pero no se pudo quedar callado.
Hace un tiempo, empezó a renacer desde el fondo, desde el inconsciente, ahí, donde estaba oculto, como olvidado.

Así que la Bioquímica se dió cuenta que le gusta la alquimia, y la magia, y todo aquello relacionado a las mezclas que se conviertan en oro dentro nuestro: Por eso estudio Terapia Floral y hago Elixires de Gemas, y algunas Pastas Alquímicas que me enseñaron en un curso. También por eso creo en todo tipo de magia, sobretodo en la que tenemos dentro.

La maestra nunca se ocultó del todo, porque en el 2012 pudo darles Arte y Gastronomía a chicos con capacidades diferentes, y se dió cuenta de lo gratificante que es enseñar. Así que se quedó ahí, esperando a que terminara unos cursos y pudiera empezar a enseñarlos. Está orgullosa de poder dar todo eso.

La astrónoma o astronauta, sabe que nunca se va a poder ocultar del todo. Que los cursos que quiere hacer, le van a saciar un poco el hambre de Universo. Que viajar al espacio exterior, es tan maravilloso como viajar al interior. De modo que se fundió un poco con la Maestra y empezó a estudiar Astrología. Y ahí va, felíz de hacer lo que ama, con el Alma llena.

La de la agencia de viajes, esa que la Luna en Sagitario empujaba, prefirió no venderle los viajes físicos a los demás, sino realizarlos. Pero sabe que puede ofrecer otro tipo de viajes, que en lugar de ir afuera, van hacia adentro. Ella también está felíz.

La de la casa en la playa, espera. Sabe que no falta mucho. Mientras tanto, el río va suplantando al mar, y eso un poco la alivia y maravilla un poco.

La del restaurante, no quiere cobrar por su comida. Le gustaría más poder regalarla. Elige cocinar para los que ama, y seleccionar lo que la nutre, porque hay una Nutricionista fallida ahí en el fondo también. Ama cocinar y sabe que pone un poco de la Alquimista en cada receta que inventa.

La escritora, uff, tiene cada historia. Está tratando de ordenarlas, pero vive convencida de que alguna vez algo se va a publicar. Y va a armar tremendo alboroto en el barrio. Porque el pueblo es chico, y le gusta hablar, sólo por eso.

La dueña del emprendimiento de bijouterie, tuvo uno. Se aburrió cuando empezó a ver que la gente hacía lo mismo. Y a ella le gusta ser diferente. Así que está dándole forma a nuevas ideas, aunque en realidad ya sabe cómo quiere renacer. Quizás tampoco le falte tanto, porque cuenta con la astucia de la Maga y de la Astróloga que la acompañan.

La que quería crear, se recibió de Diseñadora Gráfica, y hace poco se dió cuenta que se cansó de crear siempre lo que quisieran los demás. Ahora decidió crear lo que ella quisiera...empezando por crearse a sí misma.

La que quería viajar y ser felíz, ésa siempre estuvo. No se va a ocultar jamás.

La Capitana del Barco, hace unos años viene agarrándole la mano al timón. Y es en éste momento donde lo tiene agarrado con firmeza, porque sabe que la ruta no está marcada, pero sabiendo cómo timonear el barco, la va a llevar adonde tenga que estar.

A encontrar ese lugar que hace años viene buscando, viajando para adentro y por afuera.
Intuye que el lugar, ése hogar, siempre está adentro. Ya lo sabe. Necesita descubrir dónde anclar físicamente para poder desarrollarlo.

Ahora huele a tierra mojada.
Parece que estamos cerca.

21 de diciembre de 2014

Terraza.

En esa terraza festejé un cumpleaños, dejé a un novio, ví estrellas fugaces, me quedé "encerrada", recibí señales, lloré, reí, almorcé, cené.

Pero nunca voy a olvidar aquél día de verano en el que llovía torrencialmente, y decidí salir a aprovechar ese momento.

Pisé la terraza, abrí los ojos mirando al cielo, sonreí y lloré de alegría, porque estaba viviendo uno de los momentos más liberadores de mi vida. Y ya sabemos que la libertad nos hace sentir muy plenos.

Hace poco cené ahí con mis primas, y la llenamos de risas y de mis monólogos de pseudo psicóloga que ellas tanto incitan que haga.

Hoy es Luna Nueva. Y salí a saludarla. Saludo a su energía, porque en realidad no la veo, pero calculo más o menos por dónde anda.

Sé todas las resoluciones e intenciones que debo poner, porque esta Luna Nueva es capricorniana, así que me inspiro, pero sobretodo, agradezco.

Agradezco porque todo lo que fui logrando en mi vida, lo hice sola, pero guiándome por los astros, por el cielo, por mi oído interno, por todo lo que no existe físicamente pero sé que está.

Porque si no creyera, estaría buscándole la lógica a este cambio radical de vida, que de lógico no tiene nada.
Si no creyera, no tendría esta fe y confianza en mí misma.

Creo más en lo que no veo, que en lo que tengo frente a los ojos.
Porque lo que veo, en algún momento no estaba allí, y lo supe manifestar.
Porque la Luna Nueva no se ve, pero es fuerte, se siente intensa, es un inicio. Un re-inicio.
Que es justo lo que estoy manifestando.

Y por eso, la respeto, la amo, la sigo, dejo que me mueva.
No tengo miedos.
La luna siempre está ahí para guiarme, aunque no se deje ver.

19 de diciembre de 2014

Me voy.

Me despierta Germán, el del correo. Le pide a mi mamá el papel que me dieron cuando hice mi nuevo DNI.
"Ya está, llegó", pienso. Y me retuercen el estómago los nervios. Me doy cuenta de que es inevitable, que ya estoy, que no puedo -ni quiero- echarme atrás.
No tengo más excusas, lo que me estaba faltando, ya no me falta: me puedo ir.

Puedo ir a Cancillería el lunes, con todos los papeles listos.
Puedo ir al último chequeo médico el martes, y que los resultados me lleguen por correo.
Puedo pasar Navidad con todo listo, esperando a ser metido en el bolso.

No puedo tirarme atrás, por más pánico o susto que me genere. No quiero retroceder.
Me costó tanto, en tan poco tiempo, llegar hasta acá, que creo haber crecido como tres años en cuestión de meses.
Cinco meses para ser exacta, donde sentí todo el peso del aprendizaje y la profundidad que tuve que investigar en mí, desde el 2012.

Tuve que permitirle a mi oscuridad que salga, para poder revelar mi propia luz.
Tuve que aprender a dejar los miedos y el "qué dirán", de lado, para hacerme cargo de mis propios deseos, de aquello para lo que vine -y que sigo descubriendo día a día-, para responsabilizarme por mis decisiones y avanzar en pos de aquello que me hace vibrar el alma.

Montevideo me da calma. A veces quizás demasiada. Pero sé que la necesito.
Necesito el cambio. Lo huelo, lo ansío, lo busco, lo provoco.

Lo tengo acá, latiendo en el medio del pecho.
Ya viene, no me queda otra que hacerme cargo.
Estoy lista.

14 de diciembre de 2014

Lisandro.

Es la primera vez que lo veo. Y antes de que termine la primer canción, ya sabía que quería verlo cada vez que pudiera.

Porque ya no soy una adolescente que va a ver bandas por amor a la experiencia "en vivo", o porque escucharlos así es mucho más placentero, sino porque con el tiempo aprendí a vivir la música de otra manera: desde adentro.

A permitir que un disco entero de Pink Floyd fluya desde mi alma, hacia los oídos.
A dejar que Cerati vibre desde adentro, hacia afuera.
A resonar con los Beatles como si estuvieran dentro mío.

Y Lisandro es todo eso, es interno, se mete en mis profundidades, en mi inconsciente. Me deja reconocerme, le doy el permiso de ser parte de mi vida, de lo que me gusta, de lo que me hace felíz. Porque escucharlo me sube tanto, que me pone así, en un estado de permanente felicidad.
No, no exagero.

Creo que escucho su "música", porque para mí cada canción es más, es una obra de arte, y el arte no se admira sólo con los ojos, qué pobre sería esa concepción. Me atrae el arte en todas sus facetas, y él puede congeniar varias en una sola pieza.
No, no exagero.

Aristimuño hace vibrar todo lo visceral en mí, cala en lo más hondo, hasta los huesos. Ni siquiera puedo definir qué es lo que me pasa, porque cierro los ojos, teniéndolo ahí, a unos metros, y me está haciendo volar.
De verdad, estoy fuera de mí, fuera del teatro, estoy en el Universo. Estoy acá y estoy allá, estoy adentro y afuera, estoy en todo.
No, no exagero.

Cada composición, cada letra, cada nota, cada violín y cada silencio, complotan para hacer que cada fibra de mi ser tenga una experiencia casi mística.
No, no exagero.

Aristimuño tiene una capacidad estelar para hacer tan bien lo que hace, que dudo que sea de éste planeta.
No, no exagero.

Hay momentos en los que inevitablemente tuve que llorar un poco, porque no podía creer la maravilla de la que estaba siendo parte, no podía comprender con mi mente finita, aquello que estaba alimentando a mi alma infinita.
No, no exagero.

Ni siquiera soy una fan empedernida o me desvivo por conocerlo, porque lo que me importa de él, no es él.
Me puede lo que él logra, lo que hace, más que lo que simplemente es.
Me puede aquello para lo que vino al mundo, e insisto con la idea de que vino de las estrellas, para hacernos recordarlas.
No, no exagero.

Lisandro tiene algo, tiene esencia, tiene poder, tiene fuerza, y éso se nota en el escenario, y en los Azules Turquesas. Es mágico, y contagia esa magia con los dedos, con la mirada, con la voz.
No, no exagero.

Se mete casi sin permiso en mi vida, en mi intimidad, en mi universo interno, en mi pequeñez, y me hace inmensa.
Me calma, me da paz, me seda, hasta podría decir que me droga con lo que hace. Me marea, me centra, me desarma y me vuelve a armar.

No, no exageré nunca desde que empecé a escribir.
Porque el arte no se puede exagerar, una vez que se hizo universal, aunque sea sólo para uno, y para compartirlo con los que ama.

Es todo lo que tiene. Y es más que suficiente.

12 de diciembre de 2014

Me muevo.

Me muevo con la energía.

Me muevo con los planetas, con la Luna, con cada astro que me enseñe a bailar a su ritmo.
Me muevo con el agua, con las nubes, con el cielo.
Me muevo adaptándome y manifestando lo que necesite materializar.
Me muevo hacia donde la vida me diga que debo ir.

Aprovecho cada nuevo aspecto entre las estrellas, a mi  favor. Tomo esa energía, la atraigo, la moldeo, la ajusto a mis necesidades, la integro.

No dejo pasar un día sin trabajar en mí, sin darme un espacio de recreo, sin saber que cada cosa maravillosa que me va pasando, la atraje con intención, sabiendo que me la merezco.

Tampoco pasa un día, sin que me pase algo "milagroso", o de "otro mundo".
Es simplemente, porque estoy fluyendo con el Universo.

Aprendí a fluir cuando las cosas así lo requieren.
Estoy aprendiendo a soltar mis ansias de control con todo lo que sucede en mi vida.
Sé que soy artífice de mi destino, pero también sé que no puedo controlar todo, pretendiendo que las cosas se ajusten a mi ego, porque aprendí también, a escuchar a mi Alma.

Aprendí a correr con el viento, y a hacerle frente cuando su oposición me quiere hacer reconocer el deseo verdadero, del capricho.

Aprendí a nadar de pequeña, porque en el agua es donde más cómoda me siento, y como soy agua, aprendí a fluir con ella también.

Aprendí que todo lo que tuve que aprender, y que todo lo que aún me falta, es parte de mi propósito, de mi misión.

Aprendí que escuchando a los planetas, me escucho a mí misma también.
Aprendí que éste fin de semana es especial para agradecer a todo y todos los que me estén ayudando en este viaje, físicamente o no, porque creo más en lo que está "allá", que en lo de "acá".

Aprendí que soy alquimista, que soy maga, que soy bruja.
No me interesa lo que piensen al respecto.
Porque las personas que vibren como yo, son las que van a estar conmigo en el camino siempre, y las únicas que valen la pena.

26 de noviembre de 2014

Me mudo sola.

Dejé de ser hija exclusivamente, cuando decidí convertirme en mi propia madre.
Que se entienda: nunca se deja de ser hijo.

Pero elegir hacerte cargo de tu propia vida, de lo que te nutre, lo que te alimenta, tomar las decisiones en base a lo que te hace bien a vos y no a otros, y seguir tus sueños y metas, cueste lo que cueste, así debas hacer todo sola, indefectiblemente te convierte en tu propia madre.

Me estoy mudando sola.
Que no se malinterprete: Viví casi tres años sola, en soledad. Ahora me estoy mudando sola, lo estoy haciendo sin ayuda, pero volviendo con mis viejos por un mes, antes de cambiar finalmente de país.

No precisé de nadie que me ayude a embalar, a tirar media casa por la ventana, ni a elegir qué vendo y qué regalo.

No cuento con más que mi prima que me hace de flete, y me ayuda con los muebles.

Pero todo lo demás, lo estoy haciendo sola.

Y me da orgullo, no por precisar poca ayuda, sino porque sé cómo hacer las cosas, y cómo hacerlas bien.
Porque toda mi vida entra en una sola habitación, y sé que materialmente hablando, no preciso más que todo eso. Hasta quizás menos.

Me da orgullo porque me convertí en una mujer fuerte, en todo sentido.

Porque puedo levantar el mueble que quiera, y soportar con mi alma todos los ajetreos que la vida me proponga.

Porque me la banco, y me sobran ovarios al respecto.
Eso es de familia, está clarísimo.

Me da orgullo, porque no necesito a nadie para mudarme de país o decidir qué hacer con mi mundo.

Porque nunca dejo de crecer, ni de creer; porque me guía mi propia luz, y todo eso quiere decir que estoy construyendo mi camino, para convertirme en la mujer alfa de mi propia manada.

20 de noviembre de 2014

Dispersa.

Encuentro un blog.
Tengo que terminar archivos para llevar a Capital mañana, pero por esas cosas de mi facilidad para distraerme, encuentro un blog con fotos de Montevideo.
No son fotos turísticas, no son esas que sacás de un lugar que te pareció lindo solamente, son fotos del día a día, de la Montevideo normal, ésa que conocí un poco más en Septiembre.

Hay fotos de Ciudad Vieja (tan linda ella), de una esquina que parece la de una casa en la que me hospedé, de graffitis, de afiches rotos en las paredes, almacenes, gente durmiendo en la calle, rambla, uruguayos con el termo bajo el brazo, paradas de colectivo, plazas, banderas, bares, Pilsen rotas en veredas, ferias, y hasta del Palacio Salvo.

Y no son grandes maravillas, no hay lujos, no hay escenas paradisíacas.
Hay paredes resquebrajadas, chicos jugando en la calle, desorden y suciedad como en cualquier lado.

Pero no puedo más.
Miro las fotos una y otra vez, y evito abrir el álbum con las que saqué yo, porque tengo que seguir trabajando.

No puedo más.
Lagrimeo un poco, de la impotencia de no poder abrazarla ahora mismo.

No sé, no sé qué me hizo, pero sé que debe ser importante.

No puedo más.
Voy al post siguiente, la chica que escribe la detalla tan bien, que hasta escucho el "Ahh, ahí va" que usan como muletilla.

No puedo más.
Es verdad, hay algo de maravillosa en Montevideo, y es que es tan chiquita, que cada foto se parece a algún rincón que conocí, y sé que es probable que sea ese mismo.

No puedo más.
Es tan abierta de posibilidades como Capital, pero como si estuviera pasada de relajantes.

No puedo más.
No me había pasado antes, de extrañar tanto a un lugar, donde ni siquiera hay un hombre involucrado, como para justificarme.
Por eso creo que el amor que le tengo, es bien puro.

No puedo más.
No es que quiera estar ahí: lo necesito, me lo pide el alma.

No puedo más.
Pero tengo que esperar un tiempo prudente y necesario, para hacer las cosas bien.

Y la extraño tanto, que cada día aseguro con más certeza, que si no es mi lugar en el mundo, le pasa raspando.

19 de noviembre de 2014

Pocas cosas.

Toda la vida fui de guardar "cosas que algún día me servirían".
Mi profesión me llevó a guardar publicidades, packaging, imanes, volantes, tarjetas, etc...
Mi mala memoria, me obligó a escribir más de treinta cuadernos, agendas y diarios íntimos, y a guardar cada carta que me han escrito.
Mi apegaba a las pequeñas cosas, a un pequeño objeto que me traía recuerdos, a algo que me regalaron y que guardé sólo por ser regalo -aún si nunca lo usé-, etc...
Mis hobbies artesanos me han hecho guardar chapitas, tapas, maderas, mugre, mugre y más mugre que en algún momento planeaba reciclar o utilizar en algún proyecto.
Siempre fuí una cartonera, sí.

Pero en los últimos meses, cambió todo.
Cambié yo.
Cambié tanto, que lo único que me faltaba, realmente, era terminar de eliminar y limpiar el exterior.

Me dí cuenta que todo me molestaba. Que había cosas que estaban ocupando lugar físico, y en mi cabeza.
Que me sentía un poco atada, agobiada, abrumada.
Que necesitaba limpiar, limpiar y limpiar.
Que, además, tenía que mudarme y empezar a elegir qué cosas me sirven realmente, y qué no.

Perdí la cuenta de las bolsas de basura que saqué de la casa de mi mamá, de mi ex (y en breve nuevamente actual) habitación.
De las que saqué con cosas para regalar.
De las que tiré en mi casa.
Es increíble que un ser humano tan pequeño de tamaño como yo, haya guardado tantas porquerías en treinta y un años.

Y hoy empecé a mudarme, y me dí cuenta que tengo pocas cosas.
Que me guardé las que uso siempre.
Que me quedé con eso que preciso para trabajar, por ejemplo.
Que no sirve de nada guardar cosas "porque sí".
Que nunca vas a usar todo eso que creés que vas a usar, y guardás en vano.
Que no hay liberación más grande, que la de eliminar cosas materiales que no te sirven, porque inevitablemente viene conectado con una limpieza del inconsciente, y, si queda lugar libre, físico, mental, espiritual, o el que prefieran, inevitablemente se va a volver a llenar, pero con cosas que sirvan, que realmente necesiten.
Y las cosas que necesitamos, seamos conscientes, nunca son materiales.

"Eliminar, para iluminar", es uno de mis mantras preferidos.

Es el que me ayudó a darme cuenta de que, en realidad, cualquier tipo de apego te ata, y con el que descubrí que no soy apegada a nada, a fondo.
Que las mejores cosas de la vida, no son cosas.
Que los mejores aprendizajes, vienen de experiencias.

Aprendí que me da mucha paz tener pocas cosas - comparando con lo que tenía antes- que mudar.
Me hace más liviana, simple, veloz.

Aprendí que todo lo que te tironea al pasado, te ata.
Y yo no quiero estar atada a nada.

12 de noviembre de 2014

Ser intenso hoy.

Ser intenso está tergiversado.

Ser intenso no es ser enamoradizo, celoso, o estar enfermo al respecto de otra persona.
Ser intenso es algo tan profundo, que, sin ánimos de ofender, las cabezas cerradas no pueden comprenderlo.

Ser intenso es dar todo o nada, es ir hasta el fondo del asunto, es compenetrarte, entregarte, no tener miedo a la intimidad, al compromiso o a darte sin restricciones.
Ser intenso es tener deseos que te impulsan desde el fondo del alma, que te alimentan y alimentás.
Es buscar constantemente, es olvidarte de tus límites, es ser libre porque te entregás sólo a lo que sentís que te hace bien, que te ayuda a crecer, que te nutre.

Ser alguien intenso no es simple, porque tenés que olvidarte de todos tus patrones de conducta, de todos tus miedos, y tenés que darte cuenta que lo que más valor le da a tu vida, a tu persona, es el amor que te tenés.

Al fin y al cabo, querernos es lo que nos hace estar constantemente en la búsqueda de algo más, de nuestro camino, de nuestro propósito, o de las personas que queremos que nos acompañen, así sea para siempre o sólo por un rato.

Soy intensa porque Plutón me hizo así, y es una parte de mí que me encanta alimentar.

Soy intensa porque me amo lo suficiente como para saber que puedo dar amor, en todas sus facetas, sin ningún tipo de miedo, sin restricciones, y no necesitás ser mi novio para que lo haga. ¿Por qué limitarnos a relaciones típicas, para poder entregarnos del todo, siempre?

Soy intensa porque puedo quererte mucho, pero eso no quiere decir que me enamore como adolescente o que te esté acosando todo el día. Porque me respeto, entonces en base a eso, aprendí a respetar a otros.

Soy intensa porque no tengo dudas en entregarme a vos, si veo que valés la pena. Porque sé que tengo límites, y sé cómo romperlos, o cómo hacer que los demás los respeten.

Soy intensa porque sigo mis instintos, mucho más que a mi cabeza.

Soy intensa porque me escucho.

Soy intensa porque siempre tengo un universo adentro, en ebullición, que tengo que hacer salir, para no explotar.

Soy intensa porque nací así, y así me gusta ser.

Pero si pensás que soy intensa porque te abrazo y te digo lo mucho que te quiero, o porque te mando un mensaje preguntándote cómo estás, o que ser intenso es confundir las cosas...entonces sos vos el que no entendió nada.

Inmensidad.

"-¿Te diste cuenta todo lo que nos espera? Es inmenso."

Me dijo así, y medio que me aflojé en la silla.

Ella nació el mismo día que yo, sólo que tres años después.
La conocí cuando teníamos 14 y 17, y desde entonces, además de ser inseparables, siempre nos dijimos las cosas de frente, jamás nos peleamos o distanciamos, y fuimos observando cómo el destino -y nuestras elecciones- nos ponían a vivir paralelismos sumamente fuertes.

Tengo que entregar la llave de mi casa el 01/12. Me mudo a la casa de mis viejos por unos meses, porque me voy a vivir a Montevideo, ya es algo de público conocimiento.
Y lo decidí así, porque contándolo, lo absorbo y racionalizo mucho mejor, que si fuera un secreto.

Ella se va del departamento que comparte con su novio, y también debe entregarlo el 01/12.
Renunció a un trabajo agobiante, que la liberó para trabajar de lo que ama, y se van porque están construyendo su propia casa. ¿Adónde se van? A la casa de los padres de ella.

Podríamos hacer una película en paralelo, donde hay diferencias abismales, que terminan uniéndonos en algún punto.
Siempre, la vida, nos termina volviendo a juntar.

Ambas estamos en un turning point de nuestras vidas.
Ambas estamos arriesgando mucho, en pos de un futuro mejor.
Ambas estamos siguiendo nuestros sueños, escuchando a nuestro corazón.
Ambas caminamos para adelante, porque sabemos que todo lo que dejamos atrás, ya no nos sirve, sino que nos estanca.
Ambas nos vamos a extrañar mucho, pero nos deja tranquilas saber que la otra siempre va a estar bien, que todo está fluyendo a favor de la vida que queremos vivir.
Ambas sabemos que todo lo que viene es inmenso.
Y somos conscientes de que, al fin y al cabo, el destino nos termina uniendo siempre.

11 de noviembre de 2014

La que era mi casa.

Vuelvo a casa y la gata corre hasta mi puerta.
Es instantáneo: me acerco a acariciarla, mientras pongo la llave, y me largo a llorar. Así, de golpe, sin esperarlo.

Entonces me siento en el piso y entiendo todo muy bien, como si tuviera algún tipo de epifanía en la que descubro la triste verdad de cuánto amo esta casa, pero que me tengo que ir. Entiendo lo mucho que voy a extrañar todo ésto.

Hace días vengo observando todo con minucioso detalle, cada rincón, cada pared que manché con vino, cada agujero que tengo que arreglar antes de irme.
Pero no es superficial: vengo observando todo lo que cada uno de esos rincones me dió.

En estos dos años y medio, aprendí más de mí, que en cualquier otro momento de mi vida.
Llené la casa con mis silencios, con mis sonrisas, con música, con amigos, con charlas, con lágrimas, pero sobretodo, la llené de mí.
Era una extensión mía, era MI lugar, mi protección, mi zona cómoda, mi mundo. Me sorprende ver cómo hice sola, de este lugar, un hogar.

Acá aprendí a escucharme.
Acá descubrí parte de mi propósito en el mundo.
Aprendí a organizarme, crecí, maduré, me conocí, me encontré.
Sí, definitivamente acá, con toda esta soledad hermosa que la abarca, me encontré.

Ahora me quedan doce días para disfrutarla, para terminar de exprimirla, antes de vaciarla y dejarla lista para el próximo inquilino. Que ojalá la cuide y quiera tanto como yo.

Me pone triste, me duele un montón tener que alejarme de mi primer hogar, de las cuatro paredes que me protegieron, me acunaron, se dejaron transformar a mi gusto.
Me cuesta, sí, pero es el precio que tengo que pagar.
Todo no se puede.

En esta casa descubrí lo que quiero hacer de mi vida, lo que deseo materializar para mi futuro.
Y es ella misma, la que me está pegando el empujoncito final, para que avance, porque sabe que en esta ciudad no me puedo quedar, porque Campana no me dá lugar para todo lo que tengo para dar, y porque ya me dió todo lo que yo necesitaba. Me estoy sintiendo estancada, inmóvil.
Y yo no nací para quedarme quieta.

Por eso ya tengo cajas listas, ya tengo el espíritu a punto.
Porque sé que para permitir los cambios más grandes, no te podés aferrar a nada.
Y que, en pos de tu evolución personal, hay que terminar etapas, abandonar o alejarse de cosas, incluso de personas, para que haya espacio donde pueda entrar todo eso nuevo, que te está esperando ahí, en el camino.

29 de octubre de 2014

Personas.

Me gusta mucho observar los diferentes tipos de conexiones que tengo con las personas, porque suelo aprender de ellas, y de lo que generan en mí.

Hay personas que aparecen un segundo, sólo para enseñarte algo, o para que les enseñes vos, aunque ni siquiera te des cuenta.
Hay personas que vienen en tu auxilio, y te sacan del tedio, de la desesperanza. 
Hay otros que necesitan que los auxilies vos, que los abraces, que les asegures que va a estar todo bien, que le des la mano que los saca del pozo.
Hay personas que vienen a compartir su amor, a enseñarte a vos a compartirlo. 
Otros vienen para quedarse un rato, aunque no sea físicamente. 
Y esos son los que más me intrigan.

He conocido personas que ví sólo una vez en mi vida, de las que nunca me olvido. 
Otras con las que compartí contadas ocasiones, y me dejaron una marca especial, "su" marca.
Otros que simplemente, me embrujaron con una sonrisa, y no me dejan ir a ningún lado, aún sin decirme nada.

Me atrapa la gente callada, silenciosa.

Quizás las tome como un desafío hacia mí misma, para descubrir qué tanto tienen, qué ocultan detrás de su silencio. 
Porque es ley: los seres que no necesitan exteriorizar tanto en persona, están llenos de universo interior.
Y yo soy una convencida, de que son los que más valen la pena.

Me intrigan hasta el hartazgo. Me obsesionan.
Sí, sé que no es sano. 
Sé que son los aspectos de Plutón, sé que es la parte oscura de mi ascendente en Escorpio, sé que está mal.
Y sé que son más fuertes que yo.

Porque esas personas, muchas veces, son las que se quedan colgadas del pasado, y, como yo resuelvo y olvido el pasado -demasiado- fácilmente, quiero decirles que eso no está bien, que así no pueden avanzar.
No porque yo tenga la razón, sino para demostrarles que viviendo el presente, todo fluye mejor.

Me dan ganas de sentarme a hablar, de explicarles porqué no es tan bueno quedarse atascado, cómo pueden confiar en que lo mejor de la vida no fue "lo que pasó", sino que será aquello que desean con el alma, eso que necesitan, a lo que todavía no se animan a verle la cara, porque tienen miedo de sufrir, de que les pase lo mismo.
No saben que merecen mucho más de lo que se imaginan.
No creen que lo que está por venir, es mejor que lo que ya se fue.
Les cuesta confiar, les cuesta soltar, relajarse, dejar ir lo que ya no sirve, lo que los estanca.

Esas personas, son las que provocan que yo saque lo mejor de mí, que desenvuelva las ansias de ayudarlos.

Que pueden darse con una charla profunda, con un abrazo, con demostrarles que hay personas que los quieren como son, que los pueden ayudar a confiar otra vez, o que les pueden sanar un poco el corazón.

Que hay personas que piensan en ellos, aún sin haberlos conocido demasiado, y que saben cuánto valen la pena, aunque se atajen con su baja autoestima.

Que hay personas interesadas en compartir un pedazo de su vida con ellos, en descubrirlos.

Que hay personas que los han leído, que saben cuánto les duele o cuánto les cuesta el camino.
Que saben porqué quieren escapar como lo hacen.

Que hay personas que quieren una oportunidad para conocerlos, para estar cerca.
Que les pueden dar la mano, mirándolos a los ojos, y asegurarles que, si aceptan, todo va a estar bien.

25 de octubre de 2014

Astros.

No puedo vivir sin los planetas.
Ya lo intenté, quise evadirlos, bajé la mirada que observaba embelesada el cielo nocturno.
No puedo.

Quise no leer tantas cosas, no interesarme por sus movimientos, no estudiar cómo y porqué nos afectan, no mirar mi carta natal cuando algo intenso me está pasando.

Quise no seguir sus rumbos, no averiguar sus movimientos futuros, no fluir con su energía, no dejarme llevar.

No puedo.

Quise ocuparme de otras cosas, quise no distraerme con ellos, no darles tanto de mi tiempo.
Creí que lo estaba desperdiciando, que sería mejor invertirlo en otra cosa.
Pero no pude despegarme.

Creí estar haciendo las cosas mal.

No puedo evitar seguir leyendo, investigando, estudiándolos.
No puedo evitar que me atraigan como un imán.
No puedo evitar, que la gravedad haga lo suyo conmigo, al respecto de ellos.

Así que me dejé llevar, más que de costumbre.

Y me encontré entendiendo lo inentendible, explicando lo inexplicable, moviendo lo inamovible.

Me ví siendo guiada hacia otro camino que no era el que pensaba, ni siquiera el que me dió un título.
Me ví apasionándome por tanta información, como obsesionada por aprender más y más.
Me atrapó entender que no puedo saber todo, simplemente porque no me alcanzaría la vida.
Me ví maravillada por las luces, las sombras, los grados, los asteroides, las estrellas, los puntos matemáticos, la atracción, los campos electromagnéticos, la energía, los aspectos.

Así que tuve que reconocer, que había algo que me estaba llamando a seguir por ese camino. Que no era tiempo perdido, sino que lo estaba invirtiendo: de inversión a futuro, y de invertir las ideas de lo que esperaba hacer de mi vida.

Entonces acepté los desafíos.
Uno implica seguir la guía de lo que me dictan al oído, mi camino personal.
El otro, me dice que están en mi propósito, en lo que puedo darles a los demás.

¿Qué quiero decir con todo esto?
Que ya estoy lista. Que me siento preparada como para responder cualquier pregunta.
Así me la haga yo misma. (que son las más difíciles de responder)

Porque aprendí que de ellos te llega su influencia, su energía, pero está en vos saber adónde y cómo redirigirla, qué hacer con ella.

Y terminé comprendiendo esa frase que reza que los astros inclinan, pero no obligan.

22 de octubre de 2014

Demasiada imaginación.

Podría describir los aspectos y planetas de mi carta natal, que provocan que viva, desde la infancia, con una imaginación demasiado fructífera.
Suena delicioso, sí, pero no lo es tanto.

Como hija única, eso de alguna manera me ayudó a soportar la soledad, a ir entendiéndola, y a evadirla, también.
Pero me causó el problema de que, los recuerdos que tengo de aquel entonces, en gran parte, no son reales.

Me acuerdo perfectamente de los juegos que inventaba y de lo creativa que era, con tal de evitar el aburrimiento.

De la casa que me construí con pedazos de ladrillos -que habitaba con mi familia "del futuro"- del barco que delimitaba con tizas en el piso, jugando a que vivía en él mientras viajaba por el mundo; de la agencia de viajes en la que trabajaba, y que armé recortando avisos y notas de turismo de los diarios; de la pileta riñón, que en realidad era un mar donde yo vivía con sirenas y Tritón; y hasta de la carpa que mamá me armaba en el patio, y donde elegía recluirme por horas. Amaba esa carpa hecha de maderas y sábanas.

La fantasía siempre incluía tener mi propio lugar, aunque fuera nómade, con mi familia, con ésa que soñaba construir.

Recuerdo todo eso, como si hubiera pasado hace horas. Ése mundo que inventé para refugiarme o entretenerme, es mucho más visible en mi mente, que las cosas que realmente pasaron.

No las ignoro, porque sé que hay muchas cosas que fueron reapareciendo con el tiempo, porque debía solucionarlas o comprenderlas, para convertirme en la mujer que hoy soy.
Pero la imaginación me ayudaba a no sentirme tan sola, tan aislada.

Ésto no quiere decir que no tenía amor, para nada. Mi mamá y mis abuelos me dieron todo el cariño que alguien puede pretender cuando es chico. Y más.

Sin embargo, reitero, en todos mis juegos, siempre contaba con algún compañero de viaje. A veces, incluso hasta tenía hijos, que iban conmigo adonde quisiera.

A pesar de estar enamorada de mi imaginación, a veces me juega malas pasadas, cuando la dejo demasiado libre.
Tuve que aprender a ponerle límites, porque sino no me deja rendir en el trabajo, o peor, idealizo personas o situaciones que no existen, o que no están conmigo. Sí, aún hoy.
Reconozco la gravedad del problema. Pero también lo abrazo, porque sino no sería yo, ni podría escribir, ni pintar, ni diseñar, ni crear.

Ahora estoy releyendo el libro que le dió nombre al blog, porque lo necesito.
En el 2011, tenía los mismos síntomas de pánico que tengo ahora, antes de dejar a un novio. Y que tuve en el 2010, antes de dejar un trabajo, para independizarme.
En ambas etapas, éste libro (junto a algún otro complementario), me ayudó a seguir. Me dió impulso, la fuerza necesaria.
Las dos etapas, resultaron cambios maravillosos.
Aunque igual los llevé a cabo, de haberlo sabido, no hubiera temido tanto.

Así fue como, leyendo un cuento, me fui. Me fui por ahí. Colgué, como quien dice. Divagué.

Entonces sé que voy a tener una hija mujer, y luego un varón.
Sé que a ella le voy a leer estos cuentos, para que no olvide nunca su naturaleza salvaje, su Yo instintivo, su alma. Para que siempre se escuche.

Sé que en su mesa de luz, va a haber un globo terráqueo de esos que se iluminan. Y que, a medida que transcurre la lectura del cuento, le voy a ir señalando los lugares que van apareciendo.
Sé que ella se va a maravillar, y me va a preguntar si algún día va a poder conocerlos.
Claro que le voy a decir que sí, que va a conocer todos los lugares del mundo que ella quiera, si así lo desea.

Entonces me abraza, la beso, y salgo de la habitación apagando la luz.

Y bajo las escaleras para ir a hacerme un té, sonriendo con el pecho vibrante, mientras la mujer salvaje dentro mío, le aúlla a la Luna, al símbolo del afecto, de la madre.
Aúlla y me confirma que tomé las decisiones correctas, que dí todo por seguir mis sueños, escuchándola.
Que no hice oídos sordos a lo que el Universo esperaba de mí.

Que, en pos de descubrir mi propósito y mi camino en esta vida, seguí las huellas que me iba dejando, me animé a correr con los lobos, mientras fui tierra fértil, para formar mi propia manada.