No es casual que los afectos estén, en mi vida, íntimamente relacionados con la comida.
Tengo pasiones -más que años incluso- y siempre termino relacionándolas con las personas que quiero y que fueron o son significativas.
Este mapa mental de recuerdos conecta nombres, comidas, estrellas, fotos, palabras, cartas, viajes -incluso internos- y música. Puedo, sin problema, nombrarte a algún ser querido, y su correspondiente comida favorita, fecha de cumpleaños y signo solar, mi foto preferida con esa persona (en caso de existir), la palabra que mejor la define en mi vida, cuántas cartas o emails le escribí en el intento de comunicar mejor mis emociones, adonde fuimos juntos o qué viaje mental nos conecta y qué canción es la que mejor me la recuerda.
Sin embargo, parece que sí, que elijo la comida como método conector preferido. Si te quiero, alguna vez comimos juntos.
Comer fideos verdes indefectiblemente me lleva a mis tres años y a San Clemente con mamá, papá, mi tía y mis primos.
De mi abuelo absorbí esa costumbre extraña de untar queso en las facturas. Qué viejo grande, siempre comía lo que yo le cocinaba, aunque fuera un asco.
Cuando tomo té con leche, necesito pan flauta para cortarlo en tiras y poder mojarlo ahí, como aprendí de mamá. Ella nunca chorrea el té de la manera asquerosa en que lo hago yo, como si siempre tuviera cinco años.
Cocinar ñoquis o tarta de manzana es sentir a la abuela dando vueltas y tratando de terminar todo ella, desconfiando de mi certeza.
Si quisiera acordarme de papá comiendo, debería ingerir salchichas crudas o tomar Tía María. Y terminar vomitando ante el primer acto, claro.
De algún ex recuerdo los ravioles que hacía la madre, de Eleo su tarta de manzana express y de Manu su íntegra alimentación frugal. Juli es yakimeshi de pollo y Maca es tener jamón y queso en la heladera.
En Montevideo, pensar en Sofi y en la Rusa me hace babear meriendas exageradas. Romi es arrolladitos primavera.
Carla me recuerda tartas de verduras y semillas que me hacen extrañarla un poco. Martín es pizzas que nunca probé o algunas hechas a medias en la parrilla. Ah, y Pepsi.
Giulia es cenas de trabajo que te devuelven a tu casa sin aire y Mari no tiene comida asignada porque es exclusivamente cerveza y porro.
Rodrigo es sopa de letras.
Confirmo, como quien se anima a asegurar cualquier asunto personal aunque a nadie más le importe, que la cocina es el centro de una casa. De las emociones, de las relaciones, de la nutrición.
Y en mi caso, podría hasta decir que es el centro de una persona.
Mamá es nuestro primer contacto con el alimento y quizás los que tenemos problemitas de apego también tengamos alguna conexión especial con la cocina.
Por suerte en mi caso lo mío sería una determinada abundancia, ya que mi vieja siempre me dió todo.
La idea al crecer, es terminar siendo uno mismo su propia madre, sabiendo nutrirse con coherencia y de la mejor manera posible.
Mi manera de nutrirme es comer acordándome de todas las personas importantes de mi vida, esas que nunca voy a dejar de querer.
Es como si el ritual de la comida me asegurara, de alguna ridícula manera, que están siempre conmigo y que yo estoy siempre con ellos.
3 de julio de 2016
Resumen.
Mi amor por las estrellas me hizo sacudir el polvo y abrir los ojos ante una posible realidad, que elegí vivir en carne propia y dejar de idealizar.
Un día elegí Montevideo y a los tres meses crucé el charco con tres bolsos. Sola con mi Alma. Y ese fue el primer paso para darme cuenta de que no soy de ninguna parte.
Nací en Campana en los años ochenta -una ciudad fabril llena de historia- meses antes de que Alfonsín fuera electo presidente de Argentina.
Crecí en la casa de mis abuelos y mi familia es enorme, contando inclusive a todos los que viven dentro mío solamente.
Mis mejores recuerdos son en Diciembre. Los peores siguen ahí en un rincón, desbloqueados y libres de enseñarme lo que quieran antes de irse.
Mamá siempre fue mamá y papá. No tengo hermanos de parte de ella pero mi viejo me dió tres mujeres fuertes e intelingentísimas como para no olvidarme nunca de mi apellido.
Mi abuelo también fue mi papá. Es el único al que extraño.
No éramos pobres, aunque no nos sobraba la plata. La clase baja era el lugar común y yo sabía que no podía pedir regalos materiales muy caros. A veces la economía repuntaba y mamá me sorprendía con tal de que yo entendiera que no era que no quería, sino que no se podía.
Crecí a la par de mi empatía y nunca fui una nena caprichosa.
Ser hija única fue la base de mi creatividad y una apertura obligada a mi imaginación desbordante.
Todavía tengo presentes los sueños que tenía a los nueve años y hasta recuerdo la agencia de viajes en la que trabajaba recortando el suplemento de Clarín y ofreciéndole a mis clientes invisibles los mejores destinos, que obviamente yo ya conocía.
También tenía un barco que delineaba con tiza en el piso del patio y que sabía timonear incluso ante la mejor tormenta. Y en mis ratos de soledad prefería que mamá me armara una carpa y allí me internaba, quién sabe procesando qué cosa, tan necesitada de esa protección de útero materno que tal vez todos, en el fondo, a veces extrañamos.
Qué raro el humano.
Aprendí a leer a los tres años y de ahí no paré nunca más. Porque al mismo tiempo empecé a aprender a escribir y descubrí que me desenroscaba mejor de esa manera.
Siempre miré al cielo. De día, de noche, en patios, en jardines, por la calle. Caminando distraída o tirada en el pasto.
Y fue el cielo el que me escuchó llorando, el que soportó mis insultos, el que me aprobó las sonrisas y el que me miró abrazar a los que amo. Fue el cielo el que siempre me dijo cómo seguir y adonde ir. El que me hizo descubrir que no tengo que mirar siempre arriba, porque puedo encontrarlo mirando adentro. Por escucharlo es que hoy estoy donde estoy,
Un día elegí Montevideo y fue la patada inicial al resto del mundo. Porque yo no soy de ninguna parte. Nací en Campana, a ochenta kilómetros de Capital Federal, en Buenos Aires.
Pero también nací para aprender a ser de todos lados.
Un día elegí Montevideo y a los tres meses crucé el charco con tres bolsos. Sola con mi Alma. Y ese fue el primer paso para darme cuenta de que no soy de ninguna parte.
Nací en Campana en los años ochenta -una ciudad fabril llena de historia- meses antes de que Alfonsín fuera electo presidente de Argentina.
Crecí en la casa de mis abuelos y mi familia es enorme, contando inclusive a todos los que viven dentro mío solamente.
Mis mejores recuerdos son en Diciembre. Los peores siguen ahí en un rincón, desbloqueados y libres de enseñarme lo que quieran antes de irse.
Mamá siempre fue mamá y papá. No tengo hermanos de parte de ella pero mi viejo me dió tres mujeres fuertes e intelingentísimas como para no olvidarme nunca de mi apellido.
Mi abuelo también fue mi papá. Es el único al que extraño.
No éramos pobres, aunque no nos sobraba la plata. La clase baja era el lugar común y yo sabía que no podía pedir regalos materiales muy caros. A veces la economía repuntaba y mamá me sorprendía con tal de que yo entendiera que no era que no quería, sino que no se podía.
Crecí a la par de mi empatía y nunca fui una nena caprichosa.
Ser hija única fue la base de mi creatividad y una apertura obligada a mi imaginación desbordante.
Todavía tengo presentes los sueños que tenía a los nueve años y hasta recuerdo la agencia de viajes en la que trabajaba recortando el suplemento de Clarín y ofreciéndole a mis clientes invisibles los mejores destinos, que obviamente yo ya conocía.
También tenía un barco que delineaba con tiza en el piso del patio y que sabía timonear incluso ante la mejor tormenta. Y en mis ratos de soledad prefería que mamá me armara una carpa y allí me internaba, quién sabe procesando qué cosa, tan necesitada de esa protección de útero materno que tal vez todos, en el fondo, a veces extrañamos.
Qué raro el humano.
Aprendí a leer a los tres años y de ahí no paré nunca más. Porque al mismo tiempo empecé a aprender a escribir y descubrí que me desenroscaba mejor de esa manera.
Siempre miré al cielo. De día, de noche, en patios, en jardines, por la calle. Caminando distraída o tirada en el pasto.
Y fue el cielo el que me escuchó llorando, el que soportó mis insultos, el que me aprobó las sonrisas y el que me miró abrazar a los que amo. Fue el cielo el que siempre me dijo cómo seguir y adonde ir. El que me hizo descubrir que no tengo que mirar siempre arriba, porque puedo encontrarlo mirando adentro. Por escucharlo es que hoy estoy donde estoy,
Un día elegí Montevideo y fue la patada inicial al resto del mundo. Porque yo no soy de ninguna parte. Nací en Campana, a ochenta kilómetros de Capital Federal, en Buenos Aires.
Pero también nací para aprender a ser de todos lados.
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27 de junio de 2016
Soltar, tan lugar común.
La señal inequívoca de seguir sintiendo el hueco en el pecho, adentro de su abrazo, debería haberme bastado.
No eran iguales a los abrazos de él, tan llenos de amor, mas bien éstos eran más protectores, más de rodearme entera, de cuidarme por saberme frágil.
Yo, que desde que recuerdo me cuido sola, me dejé abrazar de nuevo, porque necesitaba que su pecho me cubriera las espaldas.
Yo, que me jacto de la libertad e independencia de la soltería, descubrí un día que de verdad me gusta estar acompañada, que ya no puedo mirar a otro lado como distraída, como si no supiera que lo que quiero es vivir adentro de una película romántica y empalagosa comiendo perdices. Tan rosada. Tan Disney.
Yo, que me paro en pos de la fortaleza de la mujer, sucumbí ante mi lado machista al sentirme un capullo débil a la intemperie de Montevideo -que bastante dura es en invierno- y prácticamente le rogué que me cuidara.
No eran iguales a los abrazos de él, porque aquellos eran desde el Alma y a éstos me los dieron con el cuerpo entero, que no es menos.
Yo, que me entrego íntegra, sin limitaciones, tuve que ahogar palabras y aprender a compartirme en lugar de darme, porque sino me quedo sin nada. Sin mí.
Yo, que reniego de los cobardes, me hice un bollito adentro de sus brazos y aún me pregunto cómo fue que no terminé la noche quebrada en llanto, con esa canción endemoniada de fondo que más que pasado tiene lastre.
El abrazo se desarmó, los brazos se guardaron en la ropa que durmió en el piso y yo sigo de pie, evaluando mi comportamiento estructurado de vivir arriesgándome.
Porque a veces hay que resguardarse ante los riesgos que inevitablemente te devolverán a la realidad en pedazos, porque alguien más te necesita entera.
Y porque quizás no era su abrazo lo que yo necesitaba para llenarme, sino saberme completa así, toda suelta, intensa, románticamente insoportable.
No eran iguales a los abrazos de él, tan llenos de amor, mas bien éstos eran más protectores, más de rodearme entera, de cuidarme por saberme frágil.
Yo, que desde que recuerdo me cuido sola, me dejé abrazar de nuevo, porque necesitaba que su pecho me cubriera las espaldas.
Yo, que me jacto de la libertad e independencia de la soltería, descubrí un día que de verdad me gusta estar acompañada, que ya no puedo mirar a otro lado como distraída, como si no supiera que lo que quiero es vivir adentro de una película romántica y empalagosa comiendo perdices. Tan rosada. Tan Disney.
Yo, que me paro en pos de la fortaleza de la mujer, sucumbí ante mi lado machista al sentirme un capullo débil a la intemperie de Montevideo -que bastante dura es en invierno- y prácticamente le rogué que me cuidara.
No eran iguales a los abrazos de él, porque aquellos eran desde el Alma y a éstos me los dieron con el cuerpo entero, que no es menos.
Yo, que me entrego íntegra, sin limitaciones, tuve que ahogar palabras y aprender a compartirme en lugar de darme, porque sino me quedo sin nada. Sin mí.
Yo, que reniego de los cobardes, me hice un bollito adentro de sus brazos y aún me pregunto cómo fue que no terminé la noche quebrada en llanto, con esa canción endemoniada de fondo que más que pasado tiene lastre.
El abrazo se desarmó, los brazos se guardaron en la ropa que durmió en el piso y yo sigo de pie, evaluando mi comportamiento estructurado de vivir arriesgándome.
Porque a veces hay que resguardarse ante los riesgos que inevitablemente te devolverán a la realidad en pedazos, porque alguien más te necesita entera.
Y porque quizás no era su abrazo lo que yo necesitaba para llenarme, sino saberme completa así, toda suelta, intensa, románticamente insoportable.
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24 de junio de 2016
Volver a casa.
Mamá me había estado esperando en la puerta de los arribos de Buquebús, cámara en mano, y le esquivé la foto. El marido me saludó tan efusivamente que casi le agradezco la muestra de afecto.
Valentín bajó la escalera sin ladrar y se hizo pis encima cuando lo saludé.
Mis amigas hicieron cola en la puerta de casa cuando llegaron, para abrazarme. Lau vino bajo la lluvia con tal de que hablemos horas de las vidas paralelas que tenemos. Con Manu necesitábamos ese pequeño rato de charlas eternas dándonos consejos. Mi familia me preguntó mil veces cuándo llegué, cuándo me voy y cuánto estuve viajando por ahí.
En poco más de veinticuatro horas experimenté tremendo terremoto emocional en el que pude verme con -casi todos- mis seres queridos. Mi mundo, mi anterior entorno, mi gente. Mis raíces.
Volver a casa es rejuvenecedor.
Es recordar cómo era dejarse mimar.
Es amor.
Valentín bajó la escalera sin ladrar y se hizo pis encima cuando lo saludé.
Mis amigas hicieron cola en la puerta de casa cuando llegaron, para abrazarme. Lau vino bajo la lluvia con tal de que hablemos horas de las vidas paralelas que tenemos. Con Manu necesitábamos ese pequeño rato de charlas eternas dándonos consejos. Mi familia me preguntó mil veces cuándo llegué, cuándo me voy y cuánto estuve viajando por ahí.
En poco más de veinticuatro horas experimenté tremendo terremoto emocional en el que pude verme con -casi todos- mis seres queridos. Mi mundo, mi anterior entorno, mi gente. Mis raíces.
Volver a casa es rejuvenecedor.
Es recordar cómo era dejarse mimar.
Es amor.
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16 de junio de 2016
¿Cuántas veces se puede volver a empezar?
Armás una vida cuando armás una casa.
Cuando hacés que cuatro paredes se transformen en un hogar.
Cuando el aire huele a mermelada casera o a pan en el horno.
Cuando laburás por aquello que se convierte en básico a la hora de vivir solo o con alguien más.
Cuando sos malísima ahorrando pero a la fuerza aprendés a cuidar tus gastos porque tenés que aprender, al mismo tiempo, a vivir sin depender de nadie más.
Armás una casa constantemente.
Cuando colgás un cuadro nuevo o cuando te tirás a observar ese rincón redecorado mientras te calentás las manos con un té.
Cuando cambiás de lugar los muebles.
Cuando te decidís a tener una mascota.
Armaste un hogar cuando te das cuenta que preferís quedarte en casa.
Armaste un hogar cuando te llegó la cocina nueva.
Y todos sabemos que el fuego es el centro de cualquier universo.
Armaste un hogar.
Empezaste de cero.
Por segunda vez.
¿Cuántas veces se puede volver a empezar?
Las que sean necesarias.
Cuando hacés que cuatro paredes se transformen en un hogar.
Cuando el aire huele a mermelada casera o a pan en el horno.
Cuando laburás por aquello que se convierte en básico a la hora de vivir solo o con alguien más.
Cuando sos malísima ahorrando pero a la fuerza aprendés a cuidar tus gastos porque tenés que aprender, al mismo tiempo, a vivir sin depender de nadie más.
Armás una casa constantemente.
Cuando colgás un cuadro nuevo o cuando te tirás a observar ese rincón redecorado mientras te calentás las manos con un té.
Cuando cambiás de lugar los muebles.
Cuando te decidís a tener una mascota.
Armaste un hogar cuando te das cuenta que preferís quedarte en casa.
Armaste un hogar cuando te llegó la cocina nueva.
Y todos sabemos que el fuego es el centro de cualquier universo.
Armaste un hogar.
Empezaste de cero.
Por segunda vez.
¿Cuántas veces se puede volver a empezar?
Las que sean necesarias.
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12 de junio de 2016
26 de mayo de 2016
No te conformes.
Estoy convencida de que no nacimos para conformarnos.
Estoy segura de que cuando descubrimos que hay "algo más", no podemos seguir ignorándolo, pasándolo por alto, mirando a otro lado.
Una vez que conocés la magia, esa conexión especial con alguien, ¿Qué haría que el día de mañana te conformes con menos?
Cuando encontraste el trabajo de tus sueños, ¿Por qué querrías aceptar otro que sólo satisface tus necesidades básicas?
Si descubriste lo que te hace elevar el Alma, ¿Por qué motivo dejarías de hacerlo?
Todas esas preguntas se responden con una sola palabra: Miedo.
Miedo de salir herido, de no ser suficiente, de no cumplir con tus expectativas o con las de alguien más. Miedo al compromiso, miedo a "perder la libertad" (cuando en realidad no se la conoce realmente si se teme perderla), miedo a fracasar, a perder algo o alguien, a no experimentar demasiado en la vida, miedo a la incomodidad del cambio, miedo miedo miedo.
Entonces, ¿El miedo de dónde sale? De la falta de amor propio.
Una vez me preguntaron si el amor propio me limitaba. Claramente esa pregunta no tenía las bases suficientes como para entender que decir NO no es limitarse: es respetarse.
La falta de autoestima, entonces, deriva en miedo y el miedo nos bloquea a experimentar las cosas más importantes y grandes de la vida, porque la mayoría de esas cosas requieren mucho trabajo previo y un gran nivel de compromiso con nosotros mismos, para luego ofrecerlo a la situación, cosa o persona.
Conocí a alguien con quien tuve la magia más grande del mundo, y lo sé porque la pude ver, la sentí, la reconozco. Ahora sé que si sólo quisiera sentirme cómoda y segura al lado de alguien, simplemente lo haría. Pero no, si ya sé que otras conexiones más profundas existen, no me voy a conformar.
Tengo el trabajo que ni siquiera imaginé tener en la vida. No sólo hago todo lo que debo hacer por cuidarlo, sino que me comprometo, al mismo tiempo, a cuidarme a mí en él.
He descubierto -por suerte- una gran cantidad de cosas que amo hacer, que me elevan, que me nutren, que me ayudan a mejorar como persona cada día. Y no pienso dejarlas de lado por nada, porque yo no quiero dejar de sentirme "yo".
Alguna vez sentí que me faltaba libertad.
Era porque simplemente no la conocía y tenía una idea adolescente de que tener libertad significa hacer lo que uno quiera, donde y cuando quiera.
Libertad es poder elegir siempre la opción de crecer y de avanzar, de transformarte, de cambiar. De salir del lugar cómodo y estancado donde no tenés posibilidades de crecimiento. Y no es casual que esa libertad siempre se encuentre en las situaciones más difíciles.
Libertad es poder decir "basta"o "vamos", es poder amar sin limitarte, es ser quien sos sin ocultar nada, es despertarte cada día seguro de que la decisión que tomaste es la correcta. Libertad es saber cuándo seguir y cuándo parar, es respetar a los otros, es no exponerte a situaciones que a largo plazo sólo te traerían dolores de cabeza.
Libertad es viajar por el mundo pero sobretodo es viajar para adentro.
Alguna vez sentí que quería experimentar -casi desesperadamente- todo lo que se pudiera experimentar en la vida. Hasta que descubrí que mi curiosidad, además de no tener límites, no estaba siendo dirigida a los lugares, situaciones o personas indicadas.
Sigue sin tener límites, pero descubrí que me interesa más experimentar la profundidad de algo, el "hasta dónde" se puede llegar, en lugar de saltar de cama en cama, o de trabajo en trabajo, sólo por citar ejemplos.
Alguna vez sentí miedo ante la incomodidad, ante los cambios.
Más tarde descubrí que lo mejor que te puede pasar en la vida, es mutar constantemente. Porque cuando entendés que podés proveerte la estabilidad necesaria vos solo, que todo lo demás vaya cambiando al principio asusta, pero hace mucho más entretenido el camino. Y probablemente termines haciéndote adicto a cambiar, porque es sinónimo de evolucionar. Si lo hacés bien, claro.
Entonces, conformarse es para débiles. Para los que no se animan a romperse, porque no saben que después se vuelven a armar. Conformarse es para mediocres, para los que eligen quedarse estancados cuando arriesgarse parece terrible.
Conformarse es para gente aburrida que más tarde se pregunta qué ha hecho con su vida.
La curiosidad te hace cuestionarte. La libertad te da opciones.
Saber lo que querés de la vida, requiere que cuestiones esas opciones con el Alma.
Y que no te conformes con lo superficial, con lo efímero, nunca. Porque siempre, siempre hay algo más grande ahí atrás, mucho más grande de lo que nuestros ojos llegan a ver.
Estoy segura de que cuando descubrimos que hay "algo más", no podemos seguir ignorándolo, pasándolo por alto, mirando a otro lado.
Una vez que conocés la magia, esa conexión especial con alguien, ¿Qué haría que el día de mañana te conformes con menos?
Cuando encontraste el trabajo de tus sueños, ¿Por qué querrías aceptar otro que sólo satisface tus necesidades básicas?
Si descubriste lo que te hace elevar el Alma, ¿Por qué motivo dejarías de hacerlo?
Todas esas preguntas se responden con una sola palabra: Miedo.
Miedo de salir herido, de no ser suficiente, de no cumplir con tus expectativas o con las de alguien más. Miedo al compromiso, miedo a "perder la libertad" (cuando en realidad no se la conoce realmente si se teme perderla), miedo a fracasar, a perder algo o alguien, a no experimentar demasiado en la vida, miedo a la incomodidad del cambio, miedo miedo miedo.
Entonces, ¿El miedo de dónde sale? De la falta de amor propio.
Una vez me preguntaron si el amor propio me limitaba. Claramente esa pregunta no tenía las bases suficientes como para entender que decir NO no es limitarse: es respetarse.
La falta de autoestima, entonces, deriva en miedo y el miedo nos bloquea a experimentar las cosas más importantes y grandes de la vida, porque la mayoría de esas cosas requieren mucho trabajo previo y un gran nivel de compromiso con nosotros mismos, para luego ofrecerlo a la situación, cosa o persona.
Conocí a alguien con quien tuve la magia más grande del mundo, y lo sé porque la pude ver, la sentí, la reconozco. Ahora sé que si sólo quisiera sentirme cómoda y segura al lado de alguien, simplemente lo haría. Pero no, si ya sé que otras conexiones más profundas existen, no me voy a conformar.
Tengo el trabajo que ni siquiera imaginé tener en la vida. No sólo hago todo lo que debo hacer por cuidarlo, sino que me comprometo, al mismo tiempo, a cuidarme a mí en él.
He descubierto -por suerte- una gran cantidad de cosas que amo hacer, que me elevan, que me nutren, que me ayudan a mejorar como persona cada día. Y no pienso dejarlas de lado por nada, porque yo no quiero dejar de sentirme "yo".
Alguna vez sentí que me faltaba libertad.
Era porque simplemente no la conocía y tenía una idea adolescente de que tener libertad significa hacer lo que uno quiera, donde y cuando quiera.
Libertad es poder elegir siempre la opción de crecer y de avanzar, de transformarte, de cambiar. De salir del lugar cómodo y estancado donde no tenés posibilidades de crecimiento. Y no es casual que esa libertad siempre se encuentre en las situaciones más difíciles.
Libertad es poder decir "basta"o "vamos", es poder amar sin limitarte, es ser quien sos sin ocultar nada, es despertarte cada día seguro de que la decisión que tomaste es la correcta. Libertad es saber cuándo seguir y cuándo parar, es respetar a los otros, es no exponerte a situaciones que a largo plazo sólo te traerían dolores de cabeza.
Libertad es viajar por el mundo pero sobretodo es viajar para adentro.
Alguna vez sentí que quería experimentar -casi desesperadamente- todo lo que se pudiera experimentar en la vida. Hasta que descubrí que mi curiosidad, además de no tener límites, no estaba siendo dirigida a los lugares, situaciones o personas indicadas.
Sigue sin tener límites, pero descubrí que me interesa más experimentar la profundidad de algo, el "hasta dónde" se puede llegar, en lugar de saltar de cama en cama, o de trabajo en trabajo, sólo por citar ejemplos.
Alguna vez sentí miedo ante la incomodidad, ante los cambios.
Más tarde descubrí que lo mejor que te puede pasar en la vida, es mutar constantemente. Porque cuando entendés que podés proveerte la estabilidad necesaria vos solo, que todo lo demás vaya cambiando al principio asusta, pero hace mucho más entretenido el camino. Y probablemente termines haciéndote adicto a cambiar, porque es sinónimo de evolucionar. Si lo hacés bien, claro.
Entonces, conformarse es para débiles. Para los que no se animan a romperse, porque no saben que después se vuelven a armar. Conformarse es para mediocres, para los que eligen quedarse estancados cuando arriesgarse parece terrible.
Conformarse es para gente aburrida que más tarde se pregunta qué ha hecho con su vida.
La curiosidad te hace cuestionarte. La libertad te da opciones.
Saber lo que querés de la vida, requiere que cuestiones esas opciones con el Alma.
Y que no te conformes con lo superficial, con lo efímero, nunca. Porque siempre, siempre hay algo más grande ahí atrás, mucho más grande de lo que nuestros ojos llegan a ver.
21 de mayo de 2016
Hacer el duelo.
Cuando "perdemos" a alguien -de la manera que sea- queramos o no, el momento en que debamos hacer el duelo será inevitable. No incluyo a la muerte aquí, porque es un duelo mucho más profundo que no nos compete ahora.
Y le pongo comillas al perdemos, porque en realidad nadie nunca es de nuestra propiedad y es nuestro ego el que cree sentir esa carencia.
Usualmente el duelo del tipo al que me refiero, se da específicamente en relaciones emocionales como con parejas o amigos.
A algunos les llegará inmediatamente, como un tsunami de tristeza, un hueco en el pecho que les quita el aire, una imposibilidad de hacer otra cosa que no sea llorar.
A otros les llega de manera un poco más fría, lo analizan todo, no se permiten sentir el dolor (hasta que inevitablemente no los deje seguir con su vida habitual al exteriorizarse, quizás como enfermedad física o psicológica) y a otros tantos la realidad les llegará con delay, después de que amigos y familiares lo hagan entrar en razones o, incluso, luego de alguna epifanía en la que decidan frenar y ver qué es lo que está pasando dentro.
Mi manera de hacer el duelo depende mucho, obviamente, del vínculo y de la manera en la que se genera la distancia. Incluso si hago el mismo durante la relación, cosa que no he podido evitar más de una vez.
En la mayoría de los casos, comprende dos etapas: la inicial bronca de buscar todo lo malo para hacer el corte definitivo, y la apertura de mi empatía para perdonar (a mí y al otro).
En el final concreto, evito todo contacto.
Necesito establecer límites inamovibles para superar la pérdida o cambio de un vínculo. No te quiero ver, ni leer en las redes sociales, no te quiero escuchar ni quiero que me contactes. Te estoy odiando porque probablemente ya encontré motivos suficientes, porque me lastimaste siendo egoísta, porque te comportaste como un idiota, porque sé que estás interesado en alguien más o porque simplemente demostraste que yo ya no te importaba. O todos los motivos juntos. O incluso puedo imaginar motivos extras para darme la razón o autoconvencerme de que te quiero lejos.
Elijo ignorarte y amputarte -esa es la palabra exacta- de todos los ámbitos de mi vida, elijo olvidarte para que deje de doler.
Te saco, te arranco, te evado y te borro de todos lados, hasta de mis recuerdos. Lo necesito porque es mi proceso personal y no me importa realmente si eso te molesta, ahora soy egoísta, ya no te tengo en cuenta, estoy resentida aunque en el caso específico no hayas sido el/la culpable.
En la segunda parte, como en una secuela, entiendo las cosas como son. Es probable que entre ambas etapas haya verdades reveladas, uno suele enterarse de muchas cosas que estaban ocultas o que no se contaron, pero al final ya no importan porque la amputación resultó exitosa.
Ahora soy empática.
Aquí es cuando entiendo al otro, me pongo en sus zapatos, señalo mis propios errores y ante el primer intento de castigarme por ello, recuerdo que las cosas se dan de la mejor manera que debían darse, porque ese es el aprendizaje que debemos tener, no otro. Así que no me castigo, y me perdono. Perdono al otro también, porque ambos hicimos lo que pudimos hacer con el conocimiento que teníamos en ese momento, porque otra cosa no fue posible. Considero nuestros niveles de consciencia y eso me ayuda a comprender mejor.
Empatizo con la actitud ajena, haya sido horrible para mí o no. Empatizo absolutamente todo lo que me hizo mierda, lo que me hizo llorar día y noche, empatizo hasta conmigo. Y en ese proceso, en el proceso de comprender-nos, me llega la comprensión del perdón que tengo que practicar (y cuesta horrores de todos modos) y del amor que siempre tuve dentro, hacia el otro y principalmente hacia mí.
Luego de esta etapa -que puede durar eternamente- acepto que siempre voy a querer al otro siempre y cuando se haya abierto lo suficiente conmigo, o yo le haya conocido el Alma. Porque hay relaciones donde el otro siempre se muestra con una máscara y no podés ser empática jamás, porque nunca se abren realmente. Esos se amputan directamente, sin anestesia y con poco dolor. No hay segunda parte.
Entonces llega el momento de abrirle la puerta a los recuerdos. Aquí es donde me permito extrañar un rato, donde vuelvo a acariciar, a abrazar, a besar y hasta a tener sexo con el otro si ése fue el caso. Repaso absolutamente todo lo que vivimos, no me olvido de nada. Tengo presentes las cosas únicas que viví con esa persona y hasta recuerdo fechas que de nada me servirá recordar. Lloro, lloro como exagerada, para ir separando esos recuerdos del dolor que me provocan, de saber que las cosas nunca más volverán a ser de ese modo.
Por esta instancia ya no me interesa saber si al otro le duele como a mí o no, si ya se olvidó de la situación, si la superó o si alguien más está en el lugar que yo ocupaba, son todos intereses del ego.
El proceso es mío, no del otro. A esta altura lo externo está aparte, ya no merece mi atención.
Finalmente, luego de un tiempo prudencial, es posible el contacto nuevamente, en caso de que la situación social así lo requiera. O en caso de que en realidad no nos sea factible la ausencia total.
El amor y la amistad me duelen con la misma intensidad.
Nunca volví a ser amiga de aquellos amigos con los que me peleé. Nunca volví a contactar a ninguna relación del pasado.
Soy blanco o soy negro. Tener un gris me es tan difícil que sé que es el próximo aprendizaje a desarrollar.
Mientras atravieso las últimas etapas, me doy cuenta que necesitaba escribir el proceso para darle otro cierre.
Ahora tengo que abrir la ventana y dejar que todo se vaya por ahí.
Y le pongo comillas al perdemos, porque en realidad nadie nunca es de nuestra propiedad y es nuestro ego el que cree sentir esa carencia.
Usualmente el duelo del tipo al que me refiero, se da específicamente en relaciones emocionales como con parejas o amigos.
A algunos les llegará inmediatamente, como un tsunami de tristeza, un hueco en el pecho que les quita el aire, una imposibilidad de hacer otra cosa que no sea llorar.
A otros les llega de manera un poco más fría, lo analizan todo, no se permiten sentir el dolor (hasta que inevitablemente no los deje seguir con su vida habitual al exteriorizarse, quizás como enfermedad física o psicológica) y a otros tantos la realidad les llegará con delay, después de que amigos y familiares lo hagan entrar en razones o, incluso, luego de alguna epifanía en la que decidan frenar y ver qué es lo que está pasando dentro.
Mi manera de hacer el duelo depende mucho, obviamente, del vínculo y de la manera en la que se genera la distancia. Incluso si hago el mismo durante la relación, cosa que no he podido evitar más de una vez.
En la mayoría de los casos, comprende dos etapas: la inicial bronca de buscar todo lo malo para hacer el corte definitivo, y la apertura de mi empatía para perdonar (a mí y al otro).
En el final concreto, evito todo contacto.
Necesito establecer límites inamovibles para superar la pérdida o cambio de un vínculo. No te quiero ver, ni leer en las redes sociales, no te quiero escuchar ni quiero que me contactes. Te estoy odiando porque probablemente ya encontré motivos suficientes, porque me lastimaste siendo egoísta, porque te comportaste como un idiota, porque sé que estás interesado en alguien más o porque simplemente demostraste que yo ya no te importaba. O todos los motivos juntos. O incluso puedo imaginar motivos extras para darme la razón o autoconvencerme de que te quiero lejos.
Elijo ignorarte y amputarte -esa es la palabra exacta- de todos los ámbitos de mi vida, elijo olvidarte para que deje de doler.
Te saco, te arranco, te evado y te borro de todos lados, hasta de mis recuerdos. Lo necesito porque es mi proceso personal y no me importa realmente si eso te molesta, ahora soy egoísta, ya no te tengo en cuenta, estoy resentida aunque en el caso específico no hayas sido el/la culpable.
En la segunda parte, como en una secuela, entiendo las cosas como son. Es probable que entre ambas etapas haya verdades reveladas, uno suele enterarse de muchas cosas que estaban ocultas o que no se contaron, pero al final ya no importan porque la amputación resultó exitosa.
Ahora soy empática.
Aquí es cuando entiendo al otro, me pongo en sus zapatos, señalo mis propios errores y ante el primer intento de castigarme por ello, recuerdo que las cosas se dan de la mejor manera que debían darse, porque ese es el aprendizaje que debemos tener, no otro. Así que no me castigo, y me perdono. Perdono al otro también, porque ambos hicimos lo que pudimos hacer con el conocimiento que teníamos en ese momento, porque otra cosa no fue posible. Considero nuestros niveles de consciencia y eso me ayuda a comprender mejor.
Empatizo con la actitud ajena, haya sido horrible para mí o no. Empatizo absolutamente todo lo que me hizo mierda, lo que me hizo llorar día y noche, empatizo hasta conmigo. Y en ese proceso, en el proceso de comprender-nos, me llega la comprensión del perdón que tengo que practicar (y cuesta horrores de todos modos) y del amor que siempre tuve dentro, hacia el otro y principalmente hacia mí.
Luego de esta etapa -que puede durar eternamente- acepto que siempre voy a querer al otro siempre y cuando se haya abierto lo suficiente conmigo, o yo le haya conocido el Alma. Porque hay relaciones donde el otro siempre se muestra con una máscara y no podés ser empática jamás, porque nunca se abren realmente. Esos se amputan directamente, sin anestesia y con poco dolor. No hay segunda parte.
Entonces llega el momento de abrirle la puerta a los recuerdos. Aquí es donde me permito extrañar un rato, donde vuelvo a acariciar, a abrazar, a besar y hasta a tener sexo con el otro si ése fue el caso. Repaso absolutamente todo lo que vivimos, no me olvido de nada. Tengo presentes las cosas únicas que viví con esa persona y hasta recuerdo fechas que de nada me servirá recordar. Lloro, lloro como exagerada, para ir separando esos recuerdos del dolor que me provocan, de saber que las cosas nunca más volverán a ser de ese modo.
Por esta instancia ya no me interesa saber si al otro le duele como a mí o no, si ya se olvidó de la situación, si la superó o si alguien más está en el lugar que yo ocupaba, son todos intereses del ego.
El proceso es mío, no del otro. A esta altura lo externo está aparte, ya no merece mi atención.
Finalmente, luego de un tiempo prudencial, es posible el contacto nuevamente, en caso de que la situación social así lo requiera. O en caso de que en realidad no nos sea factible la ausencia total.
El amor y la amistad me duelen con la misma intensidad.
Nunca volví a ser amiga de aquellos amigos con los que me peleé. Nunca volví a contactar a ninguna relación del pasado.
Soy blanco o soy negro. Tener un gris me es tan difícil que sé que es el próximo aprendizaje a desarrollar.
Mientras atravieso las últimas etapas, me doy cuenta que necesitaba escribir el proceso para darle otro cierre.
Ahora tengo que abrir la ventana y dejar que todo se vaya por ahí.
2 de mayo de 2016
La psicosis del Río de la Plata.
Buenos Aires tiene locura, tiene frenesí, tiene ritmo de ataque cardíaco. Tiene estrés, tiene terribles niveles de exageración, de desesperación, de apuro. Todos siempre están alterados, abrumados, angustiados de tanto autoexigirse.
Tiene humo e inseguridad, tiene miedo. La ciudad está llena de miedos.
Tiene embotellamientos y accidentes. Largas esperas que te enloquecen. Tiene sangre, tiene polvo.
Montevideo tiene locura de otra clase, tiene falta de autoestima y ritmo vago, cansino. No se apura pero se angustia. Se castiga, se ahoga en un vaso con agua, se despierta cansada y se acuesta aún peor. Se da cuenta tarde que se encuentra en una jaula y cuando quiere escaparse, tiene deudas, tiene ataduras, se da cuenta que no tiene -y probablemente nunca tuvo- libertad. Libertad de elección, libertad de tener huevos para jugarse por lo que quiere, por lo que le apasiona. Es que en Montevideo hay poca pasión, hay demasiados días nublados como para que la gente tenga esperanzas de que todo puede estar mejor.
Tal vez el agua que la rodea la hace tan melancólica, tan emocionalmente inestable. Tan desequilibrada.
Buenos Aires me acelera demasiado, me descompone la brusquedad a la que laten mis venas cuando estoy demasiado tiempo a ese ritmo.
Montevideo me pone triste, porque absorbo erróneamente la confusión que manda en las cabezas de los transeúntes, de toda la ciudad. Sobretodo de Ciudad Vieja. Me marea.
Buenos Aires al menos, sabe lo que quiere y tiene impulso, tiene fuerza para ir adelante en las adversidades. Se queja un poco pero sigue, sabe que es fuerte y tiene dirección, sabe adonde ir. Tiene la costumbre de elegir mal, pero no duda en hacer quilombo y romper con todo para volver a empezar.
A Montevideo la frustra volver a empezar. Está cansada de estar cansada, se queja de todo y le cuesta arrancar, empezar el cambio. Quizás hasta no crea en el cambio, al fin y al cabo, y por eso se rinde antes de comenzar a salir de la comodidad que la tiene harta. Está tan desesperada por vivir que no sabe por donde empezar a quitarse el estancamiento.
Nací en Buenos Aires, pero elegí Montevideo.
Todavía estoy tratando de entender porqué.
Tiene humo e inseguridad, tiene miedo. La ciudad está llena de miedos.
Tiene embotellamientos y accidentes. Largas esperas que te enloquecen. Tiene sangre, tiene polvo.
Montevideo tiene locura de otra clase, tiene falta de autoestima y ritmo vago, cansino. No se apura pero se angustia. Se castiga, se ahoga en un vaso con agua, se despierta cansada y se acuesta aún peor. Se da cuenta tarde que se encuentra en una jaula y cuando quiere escaparse, tiene deudas, tiene ataduras, se da cuenta que no tiene -y probablemente nunca tuvo- libertad. Libertad de elección, libertad de tener huevos para jugarse por lo que quiere, por lo que le apasiona. Es que en Montevideo hay poca pasión, hay demasiados días nublados como para que la gente tenga esperanzas de que todo puede estar mejor.
Tal vez el agua que la rodea la hace tan melancólica, tan emocionalmente inestable. Tan desequilibrada.
Buenos Aires me acelera demasiado, me descompone la brusquedad a la que laten mis venas cuando estoy demasiado tiempo a ese ritmo.
Montevideo me pone triste, porque absorbo erróneamente la confusión que manda en las cabezas de los transeúntes, de toda la ciudad. Sobretodo de Ciudad Vieja. Me marea.
Buenos Aires al menos, sabe lo que quiere y tiene impulso, tiene fuerza para ir adelante en las adversidades. Se queja un poco pero sigue, sabe que es fuerte y tiene dirección, sabe adonde ir. Tiene la costumbre de elegir mal, pero no duda en hacer quilombo y romper con todo para volver a empezar.
A Montevideo la frustra volver a empezar. Está cansada de estar cansada, se queja de todo y le cuesta arrancar, empezar el cambio. Quizás hasta no crea en el cambio, al fin y al cabo, y por eso se rinde antes de comenzar a salir de la comodidad que la tiene harta. Está tan desesperada por vivir que no sabe por donde empezar a quitarse el estancamiento.
Nací en Buenos Aires, pero elegí Montevideo.
Todavía estoy tratando de entender porqué.
29 de abril de 2016
Que nadie.
Que nadie te diga ni te haga creer que no sos suficiente.
Que nadie te diga que no merecés lo que querés, o que no tenés la fuerza o la capacidad para lograrlo.
Que nadie te diga lo que tenés que hacer, comer, soñar. Eso, que nadie te diga que no podés soñar.
Que nadie te diga que no merecés recibir amor.
Que nadie te haga creer que tampoco podés darlo.
Que nadie te diga que no sos capaz, que te falta algo, que estás incompleto.
Que nadie te diga que no servís para nada.
Que nadie te diga que sos feo, o que alguien "más lindo" tiene ventajas sobre vos.
Que nadie te diga que lo que hacés está mal, si no estás dañando a nadie.
Que nadie te diga que te merecés castigos.
Que nadie te diga que sos incapaz de avanzar en la vida.
Que nadie te diga que no podés ser feliz.
Que nadie te diga que las cosas "malas" que le pasan son tu culpa. Que nadie te eche la culpa de nada.
Que nadie te haga sentir insignificante.
Que nadie te haga sentir odios.
Que nadie te haga sentir inferior.
Que nadie te haga sentir a un lado.
Que nadie te haga creer que no valés.
Que nadie te haga creer que sin vos todo es lo mismo.
Que nadie te haga creer que nunca te van a elegir.
Que nadie te insulte.
Que nadie te quite tus derechos.
Que nadie te obligue a hacer nada que no quieras.
Que nadie te juzgue o discrimine por cómo te vestís, por tu color de piel, por tu religión, por tus creencias, por tu sexualidad.
Que nadie te diga que tenés que ajustar tu vida a las reglas de la sociedad.
Que nadie te diga cómo tenés que ser.
Y si algo de todo esto pasa, solamente recordá que estás vivo por algún motivo, aunque todavía te sea incomprensible. Que el Universo tiene su orden y vos sos parte imprescindible de él.
Que siempre hay gente que te ama, que tenés miles de capacidades y que a veces todos nos caemos, que es normal sentirse hundido, pero eso sirve para crecer y para probar que podemos volver a nadar en la superficie.
Que nadie te diga que no merecés lo que querés, o que no tenés la fuerza o la capacidad para lograrlo.
Que nadie te diga lo que tenés que hacer, comer, soñar. Eso, que nadie te diga que no podés soñar.
Que nadie te diga que no merecés recibir amor.
Que nadie te haga creer que tampoco podés darlo.
Que nadie te diga que no sos capaz, que te falta algo, que estás incompleto.
Que nadie te diga que no servís para nada.
Que nadie te diga que sos feo, o que alguien "más lindo" tiene ventajas sobre vos.
Que nadie te diga que lo que hacés está mal, si no estás dañando a nadie.
Que nadie te diga que te merecés castigos.
Que nadie te diga que sos incapaz de avanzar en la vida.
Que nadie te diga que no podés ser feliz.
Que nadie te diga que las cosas "malas" que le pasan son tu culpa. Que nadie te eche la culpa de nada.
Que nadie te haga sentir insignificante.
Que nadie te haga sentir odios.
Que nadie te haga sentir inferior.
Que nadie te haga sentir a un lado.
Que nadie te haga creer que no valés.
Que nadie te haga creer que sin vos todo es lo mismo.
Que nadie te haga creer que nunca te van a elegir.
Que nadie te insulte.
Que nadie te quite tus derechos.
Que nadie te obligue a hacer nada que no quieras.
Que nadie te juzgue o discrimine por cómo te vestís, por tu color de piel, por tu religión, por tus creencias, por tu sexualidad.
Que nadie te diga que tenés que ajustar tu vida a las reglas de la sociedad.
Que nadie te diga cómo tenés que ser.
Y si algo de todo esto pasa, solamente recordá que estás vivo por algún motivo, aunque todavía te sea incomprensible. Que el Universo tiene su orden y vos sos parte imprescindible de él.
Que siempre hay gente que te ama, que tenés miles de capacidades y que a veces todos nos caemos, que es normal sentirse hundido, pero eso sirve para crecer y para probar que podemos volver a nadar en la superficie.
28 de abril de 2016
Mudar.
Me preguntó qué hacía acá y me dijo que era muy corajuda en haberme mudado sola a Montevideo, que él jamás lo podría haber hecho.
Me pregunté qué hago acá y me dí cuenta que fui muy corajuda en haberme mudado sola de país, que no todo el mundo se anima a tirar todas sus estructuras al carajo y empezar de cero.
Le respondí que necesitaba un cambio de vida. Es la excusa que siempre uso para simplificar una respuesta que jamás tuve, que jamás me tomé el tiempo de darme.
Sólo sé que una de las palabras que usé desde el comienzo, como fundamento para tirarme al vacío, fue estabilidad. La búsqueda de mi propia estabilidad interna, porque en la desesperación de mantener estables las placas tectónicas de mi vida, me dí cuenta que debía empezar por dentro.
Lo cómodo se había tornado demasiado incómodo y tuve la necesidad imperiosa de mudarme en todo sentido, para sacudir la molestia y volver a sentarme en paz en esa comodidad amable, certera.
Me mudé de piel, de conceptos, de pensamientos, de país y hasta de algunas creencias.
Con el tiempo mudé de entorno, de trabajo, de amigos y un poco hasta de léxico. Mudé de medios de comunicación, de música, de instituciones, de gobierno.
Mudé por completo todo aquello que se podía ver de mí, que con acercarte un poco podías observar.
Pasaron los meses y armé algunas bases imprescindibles como para sentirme tranquila. Levanté una casa con una amiga, un hogar que aunque no es típico, es nuestro. Levantamos un gato en una playa por ahí. Nos levantamos un poco entre nosotras.
Pero así como fui armando las bases materiales, algo en el fondo se iba derrumbando igual: Me había olvidado de mudar internamente.
En las ansias por sentirme en casa, compré muebles y alimento para el gato. Me compré abrigo en invierno y café para empujarme a noches sin dormir los fines de semana, entre mis cuatro paredes.
En la angustia de extrañar, compré pasajes. En la tristeza de sentirme sola y un poco olvidada, regresé siempre a los mismos brazos, que más tarde me volvían a dejar sola.
No, los brazos no tienen la culpa. La que se había dejado sola, claro, era yo.
Entonces, como siempre, me busco. Me encuentro con el espejo la cara roja de llorar todo el día, de no entender lo que me pasa, de no saber qué quiero de la vida. Si quiero quedarme o me quiero ir, si quiero abrazar y crecer o prefiero seguir en soledad como una ermitaña soberbia que se niega a tomar las riendas de los aprendizajes más duros, sólo porque me abren en dos el pecho y duele, cómo duele.
Me encuentro con los días de lluvia que llenan de humedad mis paredes y mi cabeza. Me encuentro con el sol que me lastima los ojos, porque me la paso revuelta dentro de mi propia oscuridad y al salir al exterior, ni siquiera puedo ver bien.
Me encuentro con tantas cosas que oculté de mí que me quiebro.
Y sin embargo parece un embrujo, parezco encantada de romperme, porque voy aprendiendo hasta dónde puedo llegar, cuáles son mis límites, hasta cuándo voy a soportar las cosas que me hartan, que me ahogan, que en lugar de darme paz me la quitan.
Me la paso procesando todo el año, toda la vida. Necesito esconderme y limpiar, purgar todo lo que me lastima de mí misma, porque no tolero mis faltas de respeto ni de compromiso con mi amor propio.
Así, de a poco, comprendo que nadie más que yo es culpable de lastimarme, porque uno interpreta lo que sabe/puede interpretar y no lo que realmente es. Entiendo que todo lo que me hiere de los otros tiene una base dentro mío, una manera de hacerme analizar qué estoy haciendo mal, en qué me estoy equivocando.
Hasta que me canso de echarme la culpa y me doy cuenta que a veces no tenemos que soportar cosas de los demás que nos hacen daño, así estemos en pleno trabajo interno o no. Se trata de algo tan simple como el respeto.
Justo en ese momento es cuando veo la puerta y acepto que si me quiero ir, no lo hago escapando, sino cuidándome.
Porque nadie te va a cuidar mejor que vos mismo, si te escuchás un poco.
Me pregunté qué hago acá y me dí cuenta que fui muy corajuda en haberme mudado sola de país, que no todo el mundo se anima a tirar todas sus estructuras al carajo y empezar de cero.
Le respondí que necesitaba un cambio de vida. Es la excusa que siempre uso para simplificar una respuesta que jamás tuve, que jamás me tomé el tiempo de darme.
Sólo sé que una de las palabras que usé desde el comienzo, como fundamento para tirarme al vacío, fue estabilidad. La búsqueda de mi propia estabilidad interna, porque en la desesperación de mantener estables las placas tectónicas de mi vida, me dí cuenta que debía empezar por dentro.
Lo cómodo se había tornado demasiado incómodo y tuve la necesidad imperiosa de mudarme en todo sentido, para sacudir la molestia y volver a sentarme en paz en esa comodidad amable, certera.
Me mudé de piel, de conceptos, de pensamientos, de país y hasta de algunas creencias.
Con el tiempo mudé de entorno, de trabajo, de amigos y un poco hasta de léxico. Mudé de medios de comunicación, de música, de instituciones, de gobierno.
Mudé por completo todo aquello que se podía ver de mí, que con acercarte un poco podías observar.
Pasaron los meses y armé algunas bases imprescindibles como para sentirme tranquila. Levanté una casa con una amiga, un hogar que aunque no es típico, es nuestro. Levantamos un gato en una playa por ahí. Nos levantamos un poco entre nosotras.
Pero así como fui armando las bases materiales, algo en el fondo se iba derrumbando igual: Me había olvidado de mudar internamente.
En las ansias por sentirme en casa, compré muebles y alimento para el gato. Me compré abrigo en invierno y café para empujarme a noches sin dormir los fines de semana, entre mis cuatro paredes.
En la angustia de extrañar, compré pasajes. En la tristeza de sentirme sola y un poco olvidada, regresé siempre a los mismos brazos, que más tarde me volvían a dejar sola.
No, los brazos no tienen la culpa. La que se había dejado sola, claro, era yo.
Entonces, como siempre, me busco. Me encuentro con el espejo la cara roja de llorar todo el día, de no entender lo que me pasa, de no saber qué quiero de la vida. Si quiero quedarme o me quiero ir, si quiero abrazar y crecer o prefiero seguir en soledad como una ermitaña soberbia que se niega a tomar las riendas de los aprendizajes más duros, sólo porque me abren en dos el pecho y duele, cómo duele.
Me encuentro con los días de lluvia que llenan de humedad mis paredes y mi cabeza. Me encuentro con el sol que me lastima los ojos, porque me la paso revuelta dentro de mi propia oscuridad y al salir al exterior, ni siquiera puedo ver bien.
Me encuentro con tantas cosas que oculté de mí que me quiebro.
Y sin embargo parece un embrujo, parezco encantada de romperme, porque voy aprendiendo hasta dónde puedo llegar, cuáles son mis límites, hasta cuándo voy a soportar las cosas que me hartan, que me ahogan, que en lugar de darme paz me la quitan.
Me la paso procesando todo el año, toda la vida. Necesito esconderme y limpiar, purgar todo lo que me lastima de mí misma, porque no tolero mis faltas de respeto ni de compromiso con mi amor propio.
Así, de a poco, comprendo que nadie más que yo es culpable de lastimarme, porque uno interpreta lo que sabe/puede interpretar y no lo que realmente es. Entiendo que todo lo que me hiere de los otros tiene una base dentro mío, una manera de hacerme analizar qué estoy haciendo mal, en qué me estoy equivocando.
Hasta que me canso de echarme la culpa y me doy cuenta que a veces no tenemos que soportar cosas de los demás que nos hacen daño, así estemos en pleno trabajo interno o no. Se trata de algo tan simple como el respeto.
Justo en ese momento es cuando veo la puerta y acepto que si me quiero ir, no lo hago escapando, sino cuidándome.
Porque nadie te va a cuidar mejor que vos mismo, si te escuchás un poco.
25 de abril de 2016
Levantarse.
Cuando terminé con mi último ex estaba toda desarmada por dentro.
No fue fácil tomar la decisión -nunca lo es- y sin embargo cuando lo hice, además de llorar descargando frustraciones, me sentí liberada. No importan las razones ni los motivos, pero lo que más desconfigurado me dejó el cuerpo, fue el hecho de sentirme desvalorizada.
Que alguien no te cuide o no te valore, sin duda te mete el dedo en la llaga para que mires adentro tuyo a ver por dónde no te estás cuidando vos. Todo lo que nos pasa alrededor, siempre tiene una causa interna, o al menos no creo que sea casual que todo cierre cuando empezás a escuchar tu verdad y no la que querés decirte.
Unos días después de separarnos, me apoyé en la mesada de mi antigua casa, miré al piso y me dí cuenta que estaba de pie, que estaba viva, que sentía que todo se había venido abajo y lejos estaba de ser real.
Entonces entendí que malos ratos pasamos todos, que son inevitables.
Que en el ritmo frenético al que estamos acostumbrados a vivir, nunca nos pausamos.
No escuchamos nuestros deseos porque estamos pendientes de los de los demás, o prestando atención a lo que la sociedad espera de nosotros.
No nos detenemos a escucharnos, a enfrentarnos con lo peor de nosotros, a buscar lo que queremos. Tenemos miedo de encontrar cosas que nos hagan sufrir, que nos obliguen a trabajarnos, a meternos dentro nuestro y sanar. Tenemos terror de encontrar limitaciones que nos coarten alguna libertad que erróneamente creemos tener, porque la única libertad verdadera se siente cuando estás claro sobre lo que querés de vos mismo.
No bajamos un cambio porque ocuparnos de mil cosas al mismo tiempo, parece glorificar la idea de que somos superhéroes de un cómic que es más triste que exitoso. Nos llenamos de tareas para evitar encontrarnos con nuestro verdadero yo.
Nos desnudamos literalmente mil veces ante distintas personas jugando a ser liberales, cuando en realidad desnudarnos de verdad con alguien, mostrarnos vulnerables y auténticos, nos da un pánico tremendo. Aunque eso forme parte de una libertad más grande.
No nos silenciamos porque llenar la cabeza de música, televisión u otros, engaña a nuestros miedos y a la cobardía que tenemos para hacernos cargo.
No nos queremos responsabilizar de las cosas que hacemos mal, porque sólo nos gustan las felicitaciones de cuando las hacemos bien. Porque no nos queremos, no tenemos amor propio, cada cual tiene un determinado patrón de falta de autoestima que hace que busquemos siempre aprobación externa, porque no la podemos encontrar dentro.
No nos sentimos merecedores de la felicidad, por eso saboteamos las cosas que nos hacen bien.
Hasta que la cabeza ya no puede ocultar el llamado que viene de otro lado, de lo más profundo de uno, de ese rincón que pide a gritos un cambio, porque estancarse no puede seguir siendo una opción.
Entonces aparecen las incomodidades, esas que para poder eliminarlas, te obligan a sacudir todo el esqueleto, las estructuras, bailar, moverte, estremecerte, temblar.
Caerme, despedazarme, tirar abajo todas las bases me ayuda a transformarme. Porque yo no soy yo si no acepto que los cambios me hacen crecer, que me arrancan de las zonas cómodas, que me empujan a ser más de lo que creo que puedo ser.
Que me dicen que llegó el momento de ser yo.
Cada vez que estoy un poco confusa, vuelvo a apoyarme en la mesada y miro al piso.
Estoy de pie, otra vez, como siempre volví a estar.
Que me tome una pausa, es sólo para descansar.
No fue fácil tomar la decisión -nunca lo es- y sin embargo cuando lo hice, además de llorar descargando frustraciones, me sentí liberada. No importan las razones ni los motivos, pero lo que más desconfigurado me dejó el cuerpo, fue el hecho de sentirme desvalorizada.
Que alguien no te cuide o no te valore, sin duda te mete el dedo en la llaga para que mires adentro tuyo a ver por dónde no te estás cuidando vos. Todo lo que nos pasa alrededor, siempre tiene una causa interna, o al menos no creo que sea casual que todo cierre cuando empezás a escuchar tu verdad y no la que querés decirte.
Unos días después de separarnos, me apoyé en la mesada de mi antigua casa, miré al piso y me dí cuenta que estaba de pie, que estaba viva, que sentía que todo se había venido abajo y lejos estaba de ser real.
Entonces entendí que malos ratos pasamos todos, que son inevitables.
Que en el ritmo frenético al que estamos acostumbrados a vivir, nunca nos pausamos.
No escuchamos nuestros deseos porque estamos pendientes de los de los demás, o prestando atención a lo que la sociedad espera de nosotros.
No nos detenemos a escucharnos, a enfrentarnos con lo peor de nosotros, a buscar lo que queremos. Tenemos miedo de encontrar cosas que nos hagan sufrir, que nos obliguen a trabajarnos, a meternos dentro nuestro y sanar. Tenemos terror de encontrar limitaciones que nos coarten alguna libertad que erróneamente creemos tener, porque la única libertad verdadera se siente cuando estás claro sobre lo que querés de vos mismo.
No bajamos un cambio porque ocuparnos de mil cosas al mismo tiempo, parece glorificar la idea de que somos superhéroes de un cómic que es más triste que exitoso. Nos llenamos de tareas para evitar encontrarnos con nuestro verdadero yo.
Nos desnudamos literalmente mil veces ante distintas personas jugando a ser liberales, cuando en realidad desnudarnos de verdad con alguien, mostrarnos vulnerables y auténticos, nos da un pánico tremendo. Aunque eso forme parte de una libertad más grande.
No nos silenciamos porque llenar la cabeza de música, televisión u otros, engaña a nuestros miedos y a la cobardía que tenemos para hacernos cargo.
No nos queremos responsabilizar de las cosas que hacemos mal, porque sólo nos gustan las felicitaciones de cuando las hacemos bien. Porque no nos queremos, no tenemos amor propio, cada cual tiene un determinado patrón de falta de autoestima que hace que busquemos siempre aprobación externa, porque no la podemos encontrar dentro.
No nos sentimos merecedores de la felicidad, por eso saboteamos las cosas que nos hacen bien.
Hasta que la cabeza ya no puede ocultar el llamado que viene de otro lado, de lo más profundo de uno, de ese rincón que pide a gritos un cambio, porque estancarse no puede seguir siendo una opción.
Entonces aparecen las incomodidades, esas que para poder eliminarlas, te obligan a sacudir todo el esqueleto, las estructuras, bailar, moverte, estremecerte, temblar.
Caerme, despedazarme, tirar abajo todas las bases me ayuda a transformarme. Porque yo no soy yo si no acepto que los cambios me hacen crecer, que me arrancan de las zonas cómodas, que me empujan a ser más de lo que creo que puedo ser.
Que me dicen que llegó el momento de ser yo.
Cada vez que estoy un poco confusa, vuelvo a apoyarme en la mesada y miro al piso.
Estoy de pie, otra vez, como siempre volví a estar.
Que me tome una pausa, es sólo para descansar.
24 de abril de 2016
Comprendés exactamente lo que te pasa. Sabés porqué estás llorando, conocés cada causa y cada raíz de tu dolor, de ese dolor que es tu responsabilidad, de ese al que no podés culpar a nadie.
Encontraste tu sombra y está llena de rencores, de resentimientos. Es una nube negra, oscura, donde están guardados todos los preconceptos que la sociedad y la familia te impusieron sobre lo que debe ser, junto a lo que siempre fue igual en tus relaciones, e insistís en mantener.
¿Cómo te va a ir bien, haciendo lo mismo de siempre, que todas las veces te llevó al mismo y triste final?
Nada vas a aprender si no comenzás a lidiar con la incomodidad de saberte imperfecta.
Encontraste tu sombra y está llena de rencores, de resentimientos. Es una nube negra, oscura, donde están guardados todos los preconceptos que la sociedad y la familia te impusieron sobre lo que debe ser, junto a lo que siempre fue igual en tus relaciones, e insistís en mantener.
¿Cómo te va a ir bien, haciendo lo mismo de siempre, que todas las veces te llevó al mismo y triste final?
Nada vas a aprender si no comenzás a lidiar con la incomodidad de saberte imperfecta.
18 de abril de 2016
Alguien lo escribió, alguna vez.
Pero no fui yo.
"No te voy a amar cómodamente, voy a sacarte de tus lugares seguros hacia un cielo salvaje que ni siquiera has tocado con tus sueños.
Mi amor será muy probablemente un inconveniente, y se mostrará cuando tú pienses que no estás listo para mí, voy a despertar tu espíritu, no sólo tu cuerpo o corazón.
Te llevaré de vuelta a donde nos conocimos, todos esos desiertos y cielos atrás, pero no te darás cuenta hasta más adelante.
Mi amor molestará a tus rutinas, tu pereza, tus mecanismos de escape, el fregadero cómodo del hábito y la previsibilidad.
Voy a agitar tu memoria distante del alma, tan profundamente y con tanta rapidez y claridad de rayo que sentirás que has sido arrestado por algún misterio que no puedes nombrar.
Mi amor te llevará a tales ensueños, sueños y fantasías de aventuras sensuales, sagradas y creativas que a veces te preguntarás si todavía estás viviendo en el mundo normal. Puede ser que de repente te encuentres a ti mismo despertando a las 3 am, anhelando una vida salvaje que se ha eclipsado a sí misma desde tu conciencia.
Voy a inundar tu mente, cuerpo y alma con la energía que parece ser de un Nuevo Mundo radiante, pero que es a la vez exquisita, antigua y perdida.
Mi amor puede hacer que desees alejarte de todo lo mediocre, medio y normal que alguna vez hayas conocido, a cambio de la más salvaje de las noches, los besos más llenos de estrellas, la más duradera de las conversaciones y la más mística de las miradas.
No será fácil amar en el sentido convencional, porque he llegado para mostrarte tu propia magnificencia divina.
Voy a despertar los fuegos de la transformación, voy a envolver mi corazón incondicional amante alrededor del tuyo hasta que no puedas hacer otra cosa más que crecer en Amor.
Mi amor requerirá que camines por las brasas, que te muevas por los bosques oscuros del alma, te quites las prendas pesadas y pasees desnudo por las estrellas. Necesitarás hacer frente a todas las formas en que te resistes y endureces al Amor, al propósito, al Poder y Pasión Viviente.
Yo siempre te mostraré el espejo. No voy a encajar en tus horarios, tu agenda diaria, o tus estrategias cuidadosamente pensadas para tu seguridad.
Yo me mostraré un día, sin previo aviso, pondré mis curvas arrebatadoras gloriosas en tu escritorio y demandaré que te adores a ti mismo en el olvido extático conmigo.
Te recordaré que no estás en control de este paseo sobre esta alfombra roja mágica universal y que tienes que dejarte ir … ahora.
Mi amor se sentirá como refrescante rocío de luz de las estrellas, después del hundimiento de una noche interminable y sin estrellas.
Mi amor se sentirá como la incomprensible calidez que detiene el corazón, penetrando en el alma de tus huesos fríos con una paciencia y devoción que hace que tus ojos repentinamente estallen en lágrimas.
Mi amor siempre estará aquí para ti, incluso cuando no lo quieras, porque te enfrenta con el silencio, la verdad de la medianoche de cuán dolorosamente precioso y sagrado eres para mí.
Mi amor es tu salvación, porque tu Alma pidió por mí, salvajemente. Mi amor es tu verdad, porque tu cuerpo lloró por mí, estáticamente.
Mi amor es tu destino, porque tus ojos siempre han estado buscándome, a ciegas.
Mi amor por fin está aquí, porque Tú estás listo para mí – y las formas salvajes de mi fiero Corazón Errante."
"No te voy a amar cómodamente, voy a sacarte de tus lugares seguros hacia un cielo salvaje que ni siquiera has tocado con tus sueños.
Mi amor será muy probablemente un inconveniente, y se mostrará cuando tú pienses que no estás listo para mí, voy a despertar tu espíritu, no sólo tu cuerpo o corazón.
Te llevaré de vuelta a donde nos conocimos, todos esos desiertos y cielos atrás, pero no te darás cuenta hasta más adelante.
Mi amor molestará a tus rutinas, tu pereza, tus mecanismos de escape, el fregadero cómodo del hábito y la previsibilidad.
Voy a agitar tu memoria distante del alma, tan profundamente y con tanta rapidez y claridad de rayo que sentirás que has sido arrestado por algún misterio que no puedes nombrar.
Mi amor te llevará a tales ensueños, sueños y fantasías de aventuras sensuales, sagradas y creativas que a veces te preguntarás si todavía estás viviendo en el mundo normal. Puede ser que de repente te encuentres a ti mismo despertando a las 3 am, anhelando una vida salvaje que se ha eclipsado a sí misma desde tu conciencia.
Voy a inundar tu mente, cuerpo y alma con la energía que parece ser de un Nuevo Mundo radiante, pero que es a la vez exquisita, antigua y perdida.
Mi amor puede hacer que desees alejarte de todo lo mediocre, medio y normal que alguna vez hayas conocido, a cambio de la más salvaje de las noches, los besos más llenos de estrellas, la más duradera de las conversaciones y la más mística de las miradas.
No será fácil amar en el sentido convencional, porque he llegado para mostrarte tu propia magnificencia divina.
Voy a despertar los fuegos de la transformación, voy a envolver mi corazón incondicional amante alrededor del tuyo hasta que no puedas hacer otra cosa más que crecer en Amor.
Mi amor requerirá que camines por las brasas, que te muevas por los bosques oscuros del alma, te quites las prendas pesadas y pasees desnudo por las estrellas. Necesitarás hacer frente a todas las formas en que te resistes y endureces al Amor, al propósito, al Poder y Pasión Viviente.
Yo siempre te mostraré el espejo. No voy a encajar en tus horarios, tu agenda diaria, o tus estrategias cuidadosamente pensadas para tu seguridad.
Yo me mostraré un día, sin previo aviso, pondré mis curvas arrebatadoras gloriosas en tu escritorio y demandaré que te adores a ti mismo en el olvido extático conmigo.
Te recordaré que no estás en control de este paseo sobre esta alfombra roja mágica universal y que tienes que dejarte ir … ahora.
Mi amor se sentirá como refrescante rocío de luz de las estrellas, después del hundimiento de una noche interminable y sin estrellas.
Mi amor se sentirá como la incomprensible calidez que detiene el corazón, penetrando en el alma de tus huesos fríos con una paciencia y devoción que hace que tus ojos repentinamente estallen en lágrimas.
Mi amor siempre estará aquí para ti, incluso cuando no lo quieras, porque te enfrenta con el silencio, la verdad de la medianoche de cuán dolorosamente precioso y sagrado eres para mí.
Mi amor es tu salvación, porque tu Alma pidió por mí, salvajemente. Mi amor es tu verdad, porque tu cuerpo lloró por mí, estáticamente.
Mi amor es tu destino, porque tus ojos siempre han estado buscándome, a ciegas.
Mi amor por fin está aquí, porque Tú estás listo para mí – y las formas salvajes de mi fiero Corazón Errante."
Pánico.
Tengo ataques de angustia, de ansiedad. Algunos le dicen ataques de pánico, pero muy pocas veces tuve esa sensación mortal de que mi momento había llegado. Yo los sufro en los pulmones, en el aire, en la nariz.
Creí que no volvería a usar el verbo "tener" en tiempo presente, pero por lo visto jamás se van del todo, al menos por ahora.
Es el peor momento del día, cuando me doy cuenta que está ahí, machacándome la cabeza, el estómago, las ganas. Me desajusta la energía, me tira abajo, me absorbe íntegra.
Los nervios me comen la piel, las vísceras. Pero están ahí por algo, yo lo sé.
Aparecen cuando no me hago cargo de mis procesos, de los cambios que debo implementar, o de las cosas que debo afrontar. Aparecen cuando estoy mucho tiempo sin decir las cosas, cuando me ahogan las palabras que quiero soltar.
Renuevan su contrato conmigo cada vez que tengo miedo, terror, de tomar alguna decisión difícil, o que implique algún tipo de riesgo.
Me rodean cuando me hago la boluda, cuando pelotudeo en la vida e ignoro las cosas realmente importantes. Cuando sé lo que tengo que hacer y no lo hago. Cuando me distraigo de mis objetivos, demasiado.
Me golpean hasta tumbarme, cuando no me hago responsable. De lo que sea. Cuando me creo demasiado débil, cuando pierdo la fe, cuando ME pierdo.
Entonces me enrosco, como si fuera una serpiente que empieza a comerse su propia cola. Busco el aire, lo necesito, es lo que me devuelve la vitalidad. El viento.
Me callo. Respeto los procesos de los demás, los escucho aunque ni ellos lo sepan. Siento el dolor propio y el ajeno de la misma manera. Me corroen.
Pero tengo que sanar. Y me ocupo de eso para que la angustia se vaya, lejos. Para que me deje respirar con libertad de nuevo.
Cuando termino de comerme a mí misma, hay una nueva yo. Salgo corriendo a ponerme al hombro mis responsabilidades, le digo a mi niña interior que todo va a estar bien, que estoy en eso.
Que tarde o temprano, todo se endereza, se acomoda.
Que la tormenta ya pasa.
Y que la Luna siempre vuelve a llenarse para que veamos bien de noche.
Creí que no volvería a usar el verbo "tener" en tiempo presente, pero por lo visto jamás se van del todo, al menos por ahora.
Es el peor momento del día, cuando me doy cuenta que está ahí, machacándome la cabeza, el estómago, las ganas. Me desajusta la energía, me tira abajo, me absorbe íntegra.
Los nervios me comen la piel, las vísceras. Pero están ahí por algo, yo lo sé.
Aparecen cuando no me hago cargo de mis procesos, de los cambios que debo implementar, o de las cosas que debo afrontar. Aparecen cuando estoy mucho tiempo sin decir las cosas, cuando me ahogan las palabras que quiero soltar.
Renuevan su contrato conmigo cada vez que tengo miedo, terror, de tomar alguna decisión difícil, o que implique algún tipo de riesgo.
Me rodean cuando me hago la boluda, cuando pelotudeo en la vida e ignoro las cosas realmente importantes. Cuando sé lo que tengo que hacer y no lo hago. Cuando me distraigo de mis objetivos, demasiado.
Me golpean hasta tumbarme, cuando no me hago responsable. De lo que sea. Cuando me creo demasiado débil, cuando pierdo la fe, cuando ME pierdo.
Entonces me enrosco, como si fuera una serpiente que empieza a comerse su propia cola. Busco el aire, lo necesito, es lo que me devuelve la vitalidad. El viento.
Me callo. Respeto los procesos de los demás, los escucho aunque ni ellos lo sepan. Siento el dolor propio y el ajeno de la misma manera. Me corroen.
Pero tengo que sanar. Y me ocupo de eso para que la angustia se vaya, lejos. Para que me deje respirar con libertad de nuevo.
Cuando termino de comerme a mí misma, hay una nueva yo. Salgo corriendo a ponerme al hombro mis responsabilidades, le digo a mi niña interior que todo va a estar bien, que estoy en eso.
Que tarde o temprano, todo se endereza, se acomoda.
Que la tormenta ya pasa.
Y que la Luna siempre vuelve a llenarse para que veamos bien de noche.
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Crisis,
Dudas Existenciales
13 de abril de 2016
Visceral.
No sé cuántas veces por año me interno en mí misma.
No puedo contabilizar las crisis existenciales que he tenido hasta ahora, ni las depresiones (bueno, esas capaz que sí), ni las tristezas esporádicas, ni los hundimientos en abismos varios.
No sabría responder al total de noches sin dormir o de días en los que estuve de pie con dos horas de sueño encima.
No puedo divorciar los sentimientos de completo hastío de aquellos de simple cansancio por la vida, ni definir un nivel de hartazgo por los intentos, por las batallas y por las pateadas de piedras y de tableros.
No tengo la más mínima idea de veces en las que mandé cosas, personas, situaciones y emociones al carajo.
Carezco de un número estimado de la cantidad de momentos en los que me invento respuestas cuando no las encuentro, o que las busco en un mundo que no es el mismo en el que vivo físicamente.
Imposible es calcular el tiempo que pierdo tirada en la cama mirando el techo, sin más nada que el vacío y el silencio respondiendo a mis inquietudes.
No puedo, simplemente no puedo, conocer la cantidad de horas que paso simplemente "en la búsqueda", a veces sin siquiera saber de qué.
Jamás podría tener una idea de las veces que lloré a los gritos, pateando cosas, tratando de entender aunque sea algo, o explotando por el mínimo motivo cuando en realidad tenía un big bang por dentro.
Pero lo que sí puedo decir es que tengo una inherente capacidad intuitiva, desarrollada con el paso del tiempo y de las experiencias, que me hace confiar en que, tarde o temprano, todo va a estar bien.
Sé que cada crisis tiene su correspondiente apertura mental, su aprendizaje.
Sé, también, que cada vez que me meto a procesar en esa carpa a la que suelo llamar "mi cueva", salgo renovada, fresca, limpia de cuerpo, de alma, de mente.
Ya me hago cargo de que cada vez que algo me molesta, tengo que meter la mano dentro mío, retorcerme las vísceras, y revolver hasta hallarlo, hasta arrancarlo desde lo más profundo de mi persona, de mi espíritu o de mi inconsciente.
Sé que llorar limpia, transmuta. Sé que pensar tanto no ayuda, porque a veces las respuestas no están en la cabeza, sino en otro lugar.
Sé que no pierdo el tiempo intentando encontrar aquello que me impulse a seguir, porque es una inversión.
Sé que el mundo tiene mucho para ofrecerme. Y que reconocer al "otro mundo" es parte de mi equilibrio. Sea el otro mundo que sea.
Conozco mi oscuridad y eso me ayuda a reconocer mis límites, a saber hasta dónde puedo llegar, hasta dónde puedo darme sin perderme.
Pero uno siempre se pierde, es inevitable.
Cuando el equilibrio está en la palma de tu mano, se torna tan aburrido que terminás provocando terremotos para tener algo de acción, porque estar en paz con uno mismo y con el mundo es algo a lo que no estamos acostumbrados, ni nos creemos merecer.
Y ése es el problema: No creernos merecedores de la felicidad.
Cuando aparece, buscamos algo más, no podemos estar en paz, nos cuesta recibirla y dejar que se quede, le buscamos la vuelta, la mentira, el "algo tiene que fallar". La rodeamos a preguntas y empezamos a esperar el momento en que realmente desista, se extinga, porque no sabemos apreciarla y mucho menos disfrutarla.
Porque nos aburre estar felices, como consecuencia de vivir acostumbrados a los retos, a lucharla, a estar disconformes todos los días, a esperar las desgracias.
Carecemos de la certeza de merecimiento porque no tenemos un amor propio realmente sano, que nos diga: "-Hey, ya es hora. Todo eso que trabajaste tiene su recompensa, acá está." Y no, no solemos aceptar a la felicidad así de simple, porque la queremos seguir buscando, porque en la búsqueda está la acción, la gracia.
Tenemos que dejarnos vivir, urgente. Tenemos que aceptar que la felicidad no es ninguna meta ni está en un libro de Osho: la felicidad la tenemos al lado siempre. La opción de aceptarla y agradecer que esté ahí, también.
No, no soy un libro de autoayuda ni tengo un positivismo adolescente porque vivo creyendo que todo va a estar bien y que la felicidad está en agradecer y disfrutar lo que tenemos.
Simplemente a veces decido abrir los ojos a mi realidad, y sí, agradecer todas y cada una de las pequeñas cosas que tengo en la vida y me llenan el Alma.
Porque si me enfoco solamente en todo lo que está mal, no tengo ganas de seguir adelante.
Y yo necesito avanzar.
No puedo contabilizar las crisis existenciales que he tenido hasta ahora, ni las depresiones (bueno, esas capaz que sí), ni las tristezas esporádicas, ni los hundimientos en abismos varios.
No sabría responder al total de noches sin dormir o de días en los que estuve de pie con dos horas de sueño encima.
No puedo divorciar los sentimientos de completo hastío de aquellos de simple cansancio por la vida, ni definir un nivel de hartazgo por los intentos, por las batallas y por las pateadas de piedras y de tableros.
No tengo la más mínima idea de veces en las que mandé cosas, personas, situaciones y emociones al carajo.
Carezco de un número estimado de la cantidad de momentos en los que me invento respuestas cuando no las encuentro, o que las busco en un mundo que no es el mismo en el que vivo físicamente.
Imposible es calcular el tiempo que pierdo tirada en la cama mirando el techo, sin más nada que el vacío y el silencio respondiendo a mis inquietudes.
No puedo, simplemente no puedo, conocer la cantidad de horas que paso simplemente "en la búsqueda", a veces sin siquiera saber de qué.
Jamás podría tener una idea de las veces que lloré a los gritos, pateando cosas, tratando de entender aunque sea algo, o explotando por el mínimo motivo cuando en realidad tenía un big bang por dentro.
Pero lo que sí puedo decir es que tengo una inherente capacidad intuitiva, desarrollada con el paso del tiempo y de las experiencias, que me hace confiar en que, tarde o temprano, todo va a estar bien.
Sé que cada crisis tiene su correspondiente apertura mental, su aprendizaje.
Sé, también, que cada vez que me meto a procesar en esa carpa a la que suelo llamar "mi cueva", salgo renovada, fresca, limpia de cuerpo, de alma, de mente.
Ya me hago cargo de que cada vez que algo me molesta, tengo que meter la mano dentro mío, retorcerme las vísceras, y revolver hasta hallarlo, hasta arrancarlo desde lo más profundo de mi persona, de mi espíritu o de mi inconsciente.
Sé que llorar limpia, transmuta. Sé que pensar tanto no ayuda, porque a veces las respuestas no están en la cabeza, sino en otro lugar.
Sé que no pierdo el tiempo intentando encontrar aquello que me impulse a seguir, porque es una inversión.
Sé que el mundo tiene mucho para ofrecerme. Y que reconocer al "otro mundo" es parte de mi equilibrio. Sea el otro mundo que sea.
Conozco mi oscuridad y eso me ayuda a reconocer mis límites, a saber hasta dónde puedo llegar, hasta dónde puedo darme sin perderme.
Pero uno siempre se pierde, es inevitable.
Cuando el equilibrio está en la palma de tu mano, se torna tan aburrido que terminás provocando terremotos para tener algo de acción, porque estar en paz con uno mismo y con el mundo es algo a lo que no estamos acostumbrados, ni nos creemos merecer.
Y ése es el problema: No creernos merecedores de la felicidad.
Cuando aparece, buscamos algo más, no podemos estar en paz, nos cuesta recibirla y dejar que se quede, le buscamos la vuelta, la mentira, el "algo tiene que fallar". La rodeamos a preguntas y empezamos a esperar el momento en que realmente desista, se extinga, porque no sabemos apreciarla y mucho menos disfrutarla.
Porque nos aburre estar felices, como consecuencia de vivir acostumbrados a los retos, a lucharla, a estar disconformes todos los días, a esperar las desgracias.
Carecemos de la certeza de merecimiento porque no tenemos un amor propio realmente sano, que nos diga: "-Hey, ya es hora. Todo eso que trabajaste tiene su recompensa, acá está." Y no, no solemos aceptar a la felicidad así de simple, porque la queremos seguir buscando, porque en la búsqueda está la acción, la gracia.
Tenemos que dejarnos vivir, urgente. Tenemos que aceptar que la felicidad no es ninguna meta ni está en un libro de Osho: la felicidad la tenemos al lado siempre. La opción de aceptarla y agradecer que esté ahí, también.
No, no soy un libro de autoayuda ni tengo un positivismo adolescente porque vivo creyendo que todo va a estar bien y que la felicidad está en agradecer y disfrutar lo que tenemos.
Simplemente a veces decido abrir los ojos a mi realidad, y sí, agradecer todas y cada una de las pequeñas cosas que tengo en la vida y me llenan el Alma.
Porque si me enfoco solamente en todo lo que está mal, no tengo ganas de seguir adelante.
Y yo necesito avanzar.
Entre caníbales.
Una vez me dijeron que coger está sobrevalorado.
Creo que no podría estar más de acuerdo.
Ojo, que no se malinterprete: me encanta coger.
Adoro llegar a ese nivel de intimidad en el que te fundís con el otro y te olvidás hasta de tus propios límites. Es hermoso explorar el cuerpo humano y las cosas que somos capaces de sentir y experimentar terrenalmente hablando.
Soy muy calentona, muy. Sobretodo cuando existe alguien que puede excitarme con demasiada intensidad, como si tuviera algún tipo de clave secreta hacia mi interior y supiera encenderme aún cuando me encuentro en situaciones donde no me debería estar calentando. Y eso incluso hace que me suba la temperatura más.
Pero sí, volviendo al tema, coger no sólo está sobrevalorado, sino que la sociedad ha hecho de ello un culto ridículo al que le añaden mucho condimento. Como si fuera lo más importante de la vida, como si ponerla sumara puntos en algún tipo de juego en el que gana el que más acaba, o el que tiene la lista de compañeros sexuales más larga. O el que la tiene más larga. Como si importara, decía.
Todo parece una competencia carnal donde el más experimentado se lleva el título, el ridículo título de campeón. ¿Campeón de qué? ¿De relaciones sin contenido?
La libertad que experimenta la sociedad en esta era - siempre tan confundida con libertinaje - me parece de lo mejor que nos pasó como humanos, y el sentimiento de verdadero libre albedrío sin duda es lo más pleno que podemos experimentar, pero sentirme libre no incluye, para mí, andar abriendo mis piernas ante cualquiera.
Nunca fui de esas personas que gustan de revolcarse y "Si te he visto -o desvestido- no me acuerdo", simplemente porque no es algo que me llene, que me satisfaga del todo.
He cogido con personas con las cuales no tenía tema de conversación, y con personas que antes de cogerme el cuerpo, me cogieron la mente. Me acosté con fulanos que duraban un polvo o que me desarmaban durante siete. Me desperté al lado de personas con quienes no quería despertar. Me dejé abrazar pretendiendo comodidad, por hombres que seguramente tampoco querían hacerlo.
Nunca viví la desesperación que parece experimentar la sociedad ante la posibilidad de revolcarse con alguien nuevo, o de lamer un cuerpo solamente porque resulta agradable a la vista, tentador. Llámenme aburrida: la idea me atrae un montón, pero me cuesta llevarla a cabo. Me puedo imaginar revolcándome con todas las personas del mundo que me parecen hermosas, pero de ahí a hacerlo realidad...quizás haya falta de verdadero interés.
Tal vez porque me aburre coger por coger, o encontrarme cara a cara con alguien con quien no compartiría nada más que fluídos.
Y no, no le encuentro sentido a esos encuentros, que muchas veces terminan tornándose incómodos, forzados.
El vacío que se experimenta al ponerla por ponerla, al estar con alguien distinto porque sí, nunca fue mi fuerte. Soy una intensa bárbara y necesito algún contacto más profundo que el de las ganas, que el meramente visual.
Por otro lado, no creo que coger esté sobrevalorado cuando realmente querés a alguien, cuando sentirlo acabar te da ganas de que se meta aún más adentro de tu carne, de que te toque íntegra, de que te conozca en cada momento de debilidad, en esa pequeña muerte. No está sobrevalorado cuando podés sacar toda tu intensidad, desenvolver tu verdadero yo, dejarte enloquecer, ser transparente y turbia, al mismo tiempo. Celebrar tu lado oscuro, compartirlo. Pertenecerle al otro un rato, entregarte, olvidarte del mundo y de cualquier límite. Transformarte, darlo vuelta, dejar que te de vuelta, en todo sentido. Reconocer tu capacidad de darle placer simplemente porque querés, se siente como el paraíso.
El plus del cariño o el amor siempre hace más placenteras las relaciones. Algunos dirán que lo que las hace mejor es la libertad de no sentir nada. Todos están en lo cierto, la subjetividad no se puede discutir, y cada relación, del tipo que sea, es un mundo. Cada polvo es un territorio distinto.
Pero de todos modos, concluyo coincidiendo de nuevo en que sí, coger está sobrevalorado.
Sino fíjense la cantidad de veces que perdieron la dignidad con tal de acabar.
Se van a sorprender.
Creo que no podría estar más de acuerdo.
Ojo, que no se malinterprete: me encanta coger.
Adoro llegar a ese nivel de intimidad en el que te fundís con el otro y te olvidás hasta de tus propios límites. Es hermoso explorar el cuerpo humano y las cosas que somos capaces de sentir y experimentar terrenalmente hablando.
Soy muy calentona, muy. Sobretodo cuando existe alguien que puede excitarme con demasiada intensidad, como si tuviera algún tipo de clave secreta hacia mi interior y supiera encenderme aún cuando me encuentro en situaciones donde no me debería estar calentando. Y eso incluso hace que me suba la temperatura más.
Pero sí, volviendo al tema, coger no sólo está sobrevalorado, sino que la sociedad ha hecho de ello un culto ridículo al que le añaden mucho condimento. Como si fuera lo más importante de la vida, como si ponerla sumara puntos en algún tipo de juego en el que gana el que más acaba, o el que tiene la lista de compañeros sexuales más larga. O el que la tiene más larga. Como si importara, decía.
Todo parece una competencia carnal donde el más experimentado se lleva el título, el ridículo título de campeón. ¿Campeón de qué? ¿De relaciones sin contenido?
La libertad que experimenta la sociedad en esta era - siempre tan confundida con libertinaje - me parece de lo mejor que nos pasó como humanos, y el sentimiento de verdadero libre albedrío sin duda es lo más pleno que podemos experimentar, pero sentirme libre no incluye, para mí, andar abriendo mis piernas ante cualquiera.
Nunca fui de esas personas que gustan de revolcarse y "Si te he visto -o desvestido- no me acuerdo", simplemente porque no es algo que me llene, que me satisfaga del todo.
He cogido con personas con las cuales no tenía tema de conversación, y con personas que antes de cogerme el cuerpo, me cogieron la mente. Me acosté con fulanos que duraban un polvo o que me desarmaban durante siete. Me desperté al lado de personas con quienes no quería despertar. Me dejé abrazar pretendiendo comodidad, por hombres que seguramente tampoco querían hacerlo.
Nunca viví la desesperación que parece experimentar la sociedad ante la posibilidad de revolcarse con alguien nuevo, o de lamer un cuerpo solamente porque resulta agradable a la vista, tentador. Llámenme aburrida: la idea me atrae un montón, pero me cuesta llevarla a cabo. Me puedo imaginar revolcándome con todas las personas del mundo que me parecen hermosas, pero de ahí a hacerlo realidad...quizás haya falta de verdadero interés.
Tal vez porque me aburre coger por coger, o encontrarme cara a cara con alguien con quien no compartiría nada más que fluídos.
Y no, no le encuentro sentido a esos encuentros, que muchas veces terminan tornándose incómodos, forzados.
El vacío que se experimenta al ponerla por ponerla, al estar con alguien distinto porque sí, nunca fue mi fuerte. Soy una intensa bárbara y necesito algún contacto más profundo que el de las ganas, que el meramente visual.
Por otro lado, no creo que coger esté sobrevalorado cuando realmente querés a alguien, cuando sentirlo acabar te da ganas de que se meta aún más adentro de tu carne, de que te toque íntegra, de que te conozca en cada momento de debilidad, en esa pequeña muerte. No está sobrevalorado cuando podés sacar toda tu intensidad, desenvolver tu verdadero yo, dejarte enloquecer, ser transparente y turbia, al mismo tiempo. Celebrar tu lado oscuro, compartirlo. Pertenecerle al otro un rato, entregarte, olvidarte del mundo y de cualquier límite. Transformarte, darlo vuelta, dejar que te de vuelta, en todo sentido. Reconocer tu capacidad de darle placer simplemente porque querés, se siente como el paraíso.
El plus del cariño o el amor siempre hace más placenteras las relaciones. Algunos dirán que lo que las hace mejor es la libertad de no sentir nada. Todos están en lo cierto, la subjetividad no se puede discutir, y cada relación, del tipo que sea, es un mundo. Cada polvo es un territorio distinto.
Pero de todos modos, concluyo coincidiendo de nuevo en que sí, coger está sobrevalorado.
Sino fíjense la cantidad de veces que perdieron la dignidad con tal de acabar.
Se van a sorprender.
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Coger
10 de abril de 2016
Domingos.
Me despierta el olor a salsa que inunda mi cuarto.
Son las once de la mañana, es domingo y otoño. El sol se mete a la fuerza por las rendijas de la ventana y los ladridos del perro dicen que es hora de levantarme.
Bajo la escalera en pijama, toda dormida, agarrándome de la baranda, porque esos escalones son un poco tramposos si no abrís bien los ojos. Me detengo en el tercer escalón y observo todo: una parte del diario sobre la mesa, la tele prendida en algún CSI, el marido de mi mamá en el sillón leyendo la otra parte de Clarín. Valentín gruñendo para que no me le acerque.
Y ahí, a la derecha, mamá con anteojos empañados revolviendo la olla, en la mesada los fideos frescos recién amasados, en alguna silla el resto secándose para comer en otro momento.
El patio me llama al pasto, donde cargo energía aunque la luz solar me ciegue un poco. Las palomas revolotean para que les dé de comer. Los vecinos ponen música desagradable.
Recorro todo como si realmente estuviera allí, y veo la terraza con la ropa secándose, los gatos en las cornisas espiándome como si fueran intrusos -que lo son-, los caracoles secos que salieron de noche y no llegaron a esconderse a tiempo.
Probablemente suba a buscar la cámara, guarde en imágenes las flores más lindas de lavanda, las abejas que no la dejan tranquila, los insectos que me rodean.
Estoy en casa y sé que después de tremendo almuerzo, todo se silenciará respetando la siesta, determinando que el momento familiar del domingo se acabó.
Esa era mi vida cada séptimo día de la semana.
Esa es la vida que extraño cada vez que me doy cuenta que estoy lejos de mi familia.
Ahora, despertar cada domingo y no sentir el olor a salsa hace que me duela un poquito el pecho. Por eso decido darle play a esa música que escuchaba mamá cuando yo era chica, tratando inútilmente que toda esta melancolía sane un poco.
Tarde o temprano, todo lo hace.
Son las once de la mañana, es domingo y otoño. El sol se mete a la fuerza por las rendijas de la ventana y los ladridos del perro dicen que es hora de levantarme.
Bajo la escalera en pijama, toda dormida, agarrándome de la baranda, porque esos escalones son un poco tramposos si no abrís bien los ojos. Me detengo en el tercer escalón y observo todo: una parte del diario sobre la mesa, la tele prendida en algún CSI, el marido de mi mamá en el sillón leyendo la otra parte de Clarín. Valentín gruñendo para que no me le acerque.
Y ahí, a la derecha, mamá con anteojos empañados revolviendo la olla, en la mesada los fideos frescos recién amasados, en alguna silla el resto secándose para comer en otro momento.
El patio me llama al pasto, donde cargo energía aunque la luz solar me ciegue un poco. Las palomas revolotean para que les dé de comer. Los vecinos ponen música desagradable.
Recorro todo como si realmente estuviera allí, y veo la terraza con la ropa secándose, los gatos en las cornisas espiándome como si fueran intrusos -que lo son-, los caracoles secos que salieron de noche y no llegaron a esconderse a tiempo.
Probablemente suba a buscar la cámara, guarde en imágenes las flores más lindas de lavanda, las abejas que no la dejan tranquila, los insectos que me rodean.
Estoy en casa y sé que después de tremendo almuerzo, todo se silenciará respetando la siesta, determinando que el momento familiar del domingo se acabó.
Esa era mi vida cada séptimo día de la semana.
Esa es la vida que extraño cada vez que me doy cuenta que estoy lejos de mi familia.
Ahora, despertar cada domingo y no sentir el olor a salsa hace que me duela un poquito el pecho. Por eso decido darle play a esa música que escuchaba mamá cuando yo era chica, tratando inútilmente que toda esta melancolía sane un poco.
Tarde o temprano, todo lo hace.
7 de abril de 2016
Agua.
Dicen que soñar con agua representa nuestras emociones. Yo doy fe de que siempre que mis estados emocionales están alterados o demasiado en calma, el agua viene a decirme bien a la cara cómo estoy, por si me quedaban dudas. A escupirme un poco.
Anoche estaba en Miramar. Fui una sola vez, a mis 20, 21 años. Obvio que el Miramar en el que estuve anoche se parece en nada al real.
El mar estaba embravecido, loco, furioso.
Inundó toda la parte de la ciudad que está a su lado, el agua cubría la mitad de las puertas, y yo pasaba en ómnibus, triste, por todo lo que esa gente había perdido, estaba perdiendo.
Pero no había nadie. Todas las casas parecían solitarias, no había personas ni animales alrededor. Hasta que llegué al cartel.
Un cartel de letras blancas que develaba el nombre de la ciudad, donde padres con sus hijos se sacaban fotos, donde me encontraba con un conocido con el que me dí unos besos hace años y que ahora está un poco perdido entre sustancias varias...y me daba pena. Sentí empatía dentro del sueño. Sentí tristeza. Sentí miedo.
Bajo el cartel, apoyado en un terreno elevado, el mar. Amarronado, revuelto, sumamente enojado con el viento, estallaba en olas y olas dentro de sí mismo y me aterraba. Le tengo tanto amor como respeto, como si fuera un padre que puede ver cómo se mueven mis aguas internas y pudiera castigarme por eso, por no aprender a fluir.
Más abajo, un pequeño camino de agua estancada jugaba a ser su antítesis.
Y entonces me tuve que mirar yo, tuve que tratar de entender qué le pasa a mis aguas, por qué hierven o por qué son tan heladas, qué necesitan para estabilizarse y que eso no las estanque, porque estabilidad y estancamiento son cosas completamente distintas, pero que pueden confundirse.
Dicen que soñar con agua representa nuestras emociones. Nos hace entender nuestro estado interno.
Y capaz cuando te despertás, hasta estás más calmado que cuando te acostaste.
Anoche estaba en Miramar. Fui una sola vez, a mis 20, 21 años. Obvio que el Miramar en el que estuve anoche se parece en nada al real.
El mar estaba embravecido, loco, furioso.
Inundó toda la parte de la ciudad que está a su lado, el agua cubría la mitad de las puertas, y yo pasaba en ómnibus, triste, por todo lo que esa gente había perdido, estaba perdiendo.
Pero no había nadie. Todas las casas parecían solitarias, no había personas ni animales alrededor. Hasta que llegué al cartel.
Un cartel de letras blancas que develaba el nombre de la ciudad, donde padres con sus hijos se sacaban fotos, donde me encontraba con un conocido con el que me dí unos besos hace años y que ahora está un poco perdido entre sustancias varias...y me daba pena. Sentí empatía dentro del sueño. Sentí tristeza. Sentí miedo.
Bajo el cartel, apoyado en un terreno elevado, el mar. Amarronado, revuelto, sumamente enojado con el viento, estallaba en olas y olas dentro de sí mismo y me aterraba. Le tengo tanto amor como respeto, como si fuera un padre que puede ver cómo se mueven mis aguas internas y pudiera castigarme por eso, por no aprender a fluir.
Más abajo, un pequeño camino de agua estancada jugaba a ser su antítesis.
Y entonces me tuve que mirar yo, tuve que tratar de entender qué le pasa a mis aguas, por qué hierven o por qué son tan heladas, qué necesitan para estabilizarse y que eso no las estanque, porque estabilidad y estancamiento son cosas completamente distintas, pero que pueden confundirse.
Dicen que soñar con agua representa nuestras emociones. Nos hace entender nuestro estado interno.
Y capaz cuando te despertás, hasta estás más calmado que cuando te acostaste.
21 de marzo de 2016
Viajar.
Me despierto, abro la ventana y saludo a Kuala Lumpur.
Tengo esa educación extraña con cada lugar al que voy.
Me enamoro de cada ciudad que conozco, aunque por ahora ninguna me ha despertado esas ansias de mudarme como lo hizo Montevideo. Creo que es simplemente porque mi vida allá descubrió la mejor manera de ser mágica. Y aunque la llevo conmigo alrededor del mundo, ahí es donde mejor se acomodó.
Cada vez que viajo, también viajo para adentro.
A medida que voy recorriendo una ciudad, caminando sus calles, oliendo el aire y perdiéndome un poco (mi amor a los mapas hace que me guíe bastante bien, pero soy una convencida de que perderse es la mejor manera de conocer a una ciudad) también voy haciendo el viaje a mi interior.
Me pregunto cómo estoy, cómo me siento. Y siempre me siento como en casa, es inevitable.
En un hotel, en el avión, en el aeropuerto. En el bar de una ciudad donde sólo estoy diez horas o donde sea: donde vaya estoy en mi lugar. Debe ser porque estoy cómoda conmigo, capaz.
Entonces un poco me doy cuenta que hay cosas en mi vida que no están bien, otras que debo aceptar, o que tengo que acomodar. Balances que debo encontrar, caminos que recorrer. Cambios que provocar, riesgos que tomar. Traumas que superar.
Entiendo todo como en epifanías.
Y sin embargo, eso no me cambia la manera de ver y hacer mi vida. No me tira para abajo, porque sé que todo sirve para avanzar. Nada impide que siga teniendo una vida feliz. Que siga siendo una persona feliz, incluso en los "malos" momentos. Porque con el tiempo -y con los viajes- aprendí que todo trae un aprendizaje, que todo pasa, que todo se termina en el momento en que debe hacerlo porque algo más debe nacer, que las cosas suceden porque las hacemos suceder, que debemos pasar por la vida y no dejar que la vida nos pase a nosotros.
Jamás permitiré que una mala experiencia, un mal rato o alguna persona me hagan dejar de disfrutar mi vida, o detengan mi proceso evolutivo, mi crecimiento.
Igual me sigo preguntando.
Me cuestiono lo que quiero, aprecio las decisiones que me trajeron hasta acá. Sonrío ante la presencia de personas que me generan algo parecido a la confianza y transparencia que siento con mis amigos más íntimos. Sonrío más cuando en una misma mesa escucho árabe, francés, inglés, alemán, español, letón, rumano, malayo. Cuando te hablan de prestarle atención a los momentos mágicos de la vida, de no tenerle miedo a nada, de alejarte de las personas que te consumen la energía.
Sonrío porque además de tener un trabajo que me permite establecerme en el lugar que elegí, me da estos premios como el de viajar, el de hacer cosas que amo, conocer gente maravillosa y lugares que jamás hubiera imaginado conocer.
Viajo para adentro de nuevo, porque necesito descansar de tanta comida picante y tanto ruido. Kuala Lumpur es pura fiesta. O quizás somos nosotros, no sé bien. Pero qué lindo que se siente.
Viajar me gusta porque me conozco. Porque proceso y miro todo desde perspectivas diferentes. Porque estoy parada literalmente en otro lugar y de vez en cuando hace bien alejarte de tu vida diaria, romper el esquema un poco, mirar lo que hiciste y lo que podés hacer aún mejor. Despejar el cuerpo y la cabeza.
Observar tus vínculos, los que dejaste morir y los que permitís que crezcan. Hacerte cargo de todo lo que estás aprendiendo y entender que huir nunca es una salida, porque tarde o temprano las deudas -de todo tipo- te alcanzan y tenés que saber responder.
Porque hay cosas que limpiar, purgar. Hay otras que cuidar. Hay que avanzar.
Viajar me gusta porque me ancla en el presente. Me calma la mente.
Porque es mi mejor manera de meditar.
De crecer.
Y porque además me lo pide el Alma, y no hay nada que tire más que eso.
Tengo esa educación extraña con cada lugar al que voy.
Me enamoro de cada ciudad que conozco, aunque por ahora ninguna me ha despertado esas ansias de mudarme como lo hizo Montevideo. Creo que es simplemente porque mi vida allá descubrió la mejor manera de ser mágica. Y aunque la llevo conmigo alrededor del mundo, ahí es donde mejor se acomodó.
Cada vez que viajo, también viajo para adentro.
A medida que voy recorriendo una ciudad, caminando sus calles, oliendo el aire y perdiéndome un poco (mi amor a los mapas hace que me guíe bastante bien, pero soy una convencida de que perderse es la mejor manera de conocer a una ciudad) también voy haciendo el viaje a mi interior.
Me pregunto cómo estoy, cómo me siento. Y siempre me siento como en casa, es inevitable.
En un hotel, en el avión, en el aeropuerto. En el bar de una ciudad donde sólo estoy diez horas o donde sea: donde vaya estoy en mi lugar. Debe ser porque estoy cómoda conmigo, capaz.
Entonces un poco me doy cuenta que hay cosas en mi vida que no están bien, otras que debo aceptar, o que tengo que acomodar. Balances que debo encontrar, caminos que recorrer. Cambios que provocar, riesgos que tomar. Traumas que superar.
Entiendo todo como en epifanías.
Y sin embargo, eso no me cambia la manera de ver y hacer mi vida. No me tira para abajo, porque sé que todo sirve para avanzar. Nada impide que siga teniendo una vida feliz. Que siga siendo una persona feliz, incluso en los "malos" momentos. Porque con el tiempo -y con los viajes- aprendí que todo trae un aprendizaje, que todo pasa, que todo se termina en el momento en que debe hacerlo porque algo más debe nacer, que las cosas suceden porque las hacemos suceder, que debemos pasar por la vida y no dejar que la vida nos pase a nosotros.
Jamás permitiré que una mala experiencia, un mal rato o alguna persona me hagan dejar de disfrutar mi vida, o detengan mi proceso evolutivo, mi crecimiento.
Igual me sigo preguntando.
Me cuestiono lo que quiero, aprecio las decisiones que me trajeron hasta acá. Sonrío ante la presencia de personas que me generan algo parecido a la confianza y transparencia que siento con mis amigos más íntimos. Sonrío más cuando en una misma mesa escucho árabe, francés, inglés, alemán, español, letón, rumano, malayo. Cuando te hablan de prestarle atención a los momentos mágicos de la vida, de no tenerle miedo a nada, de alejarte de las personas que te consumen la energía.
Sonrío porque además de tener un trabajo que me permite establecerme en el lugar que elegí, me da estos premios como el de viajar, el de hacer cosas que amo, conocer gente maravillosa y lugares que jamás hubiera imaginado conocer.
Viajo para adentro de nuevo, porque necesito descansar de tanta comida picante y tanto ruido. Kuala Lumpur es pura fiesta. O quizás somos nosotros, no sé bien. Pero qué lindo que se siente.
Viajar me gusta porque me conozco. Porque proceso y miro todo desde perspectivas diferentes. Porque estoy parada literalmente en otro lugar y de vez en cuando hace bien alejarte de tu vida diaria, romper el esquema un poco, mirar lo que hiciste y lo que podés hacer aún mejor. Despejar el cuerpo y la cabeza.
Observar tus vínculos, los que dejaste morir y los que permitís que crezcan. Hacerte cargo de todo lo que estás aprendiendo y entender que huir nunca es una salida, porque tarde o temprano las deudas -de todo tipo- te alcanzan y tenés que saber responder.
Porque hay cosas que limpiar, purgar. Hay otras que cuidar. Hay que avanzar.
Viajar me gusta porque me ancla en el presente. Me calma la mente.
Porque es mi mejor manera de meditar.
De crecer.
Y porque además me lo pide el Alma, y no hay nada que tire más que eso.
14 de marzo de 2016
Anti.
La palabra "matrimonio" me suena horrible.
No es por jugar a hacerme la que va contra la corriente (que de todos modos mi espíritu contrariador lo hace inevitable), sino porque simplemente desde chiquita le tengo miedo al casamiento. Otra palabra horrible.
Cuando me preguntaban con quién me gustaría entrar a la iglesia el día que me casara (era pésima la relación con mi padre en ese entonces) yo me imaginaba siendo el centro de atención en un edificio supuestamente acorde a las que deberían ser mis creencias, que de mágico no tenía nada -al contrario del amor- y mi timidez sufría la supuesta exposición previa al llanto provocado por las ganas de huir.
Me da pánico toda la situación de exponer de ese modo mi intimidad, porque no lo entiendo como un festejo. ¿Amarga? Puede ser.
No necesito una fiesta para celebrar el amor que le tengo a alguien, ni papeles que nos ofrezcan una seguridad nada comprobable de que vamos a estar juntos "toda la vida". Nada ni nadie pueden asegurarte eso, porque el ser humano cambia, evoluciona, y si ese crecimiento no va a la par...ya sabemos lo que pasa. O el amor se termina, o bueno, miles de otras razones.
Tampoco me gusta la idea de gastar plata en una fiesta que se va a esfumar y sólo va a quedar como un buen recuerdo...en caso de que el amor dure lo suficiente como para no hacer de ese recuerdo el peor error de tu vida.
Además -católicos disculpen- pero todo ese texto del amor y el respeto y Dios en el medio (e incluso el registro civil) ¿No es todo medio pedorro?
Habría que reformular esas cosas de manera personal si te querés casar o simplemente si querés mirar a la persona que querés a los ojos y ser sincero.
Sí, le tengo un terrible miedo al casamiento. Y es algo muy distinto a lo que siento por el compromiso.
Un compromiso no es, para mí, un par de anillos. No es asegurarte con una casa y el perro que te voy a amar hasta que dejemos de comer perdices.
Un compromiso se establece simplemente con las ganas de dos personas de estar juntas, y en este tipo de casos, de formar una familia o de planear un futuro de la mano.
Compromiso es permitir que el otro confíe en vos y viceversa. Cuidarse mutuamente es compromiso. Ser honestos. Respetar que el otro no es una extensión tuya ni actúa igual que vos. Darse libertad es compromiso. Actuar con responsabilidad.
Los que no nos queremos casar, tenemos miles de alternativas de convencer al otro de que no es necesario, e incluso otras tantas para demostrar el amor que le tenemos, de manera que se quede tranquilo que todo va a estar bien. O que, en realidad, lo vamos a intentar.
Pero no se puede prometer nada. No juramos. No, ni siquiera yo que vivo diez años adelantada y pensando en el "¿Y después?" porque el amor no se puede programar, no tiene tiempo, no se puede maniobrar a gusto.
Por eso, lo mejor, es ser honesto cuando planeás tener un futuro concreto y estable con alguien, o cuando hablan de estar juntos "para siempre":
"Mirá, Fulano/a, yo no sé cuánto tiempo vamos a estar juntos. No sé si vos vas a ser realmente el/la padre/madre de mis hijos. No sé si vamos a mudarnos juntos mañana, en un año o nunca. No sé ni siquiera si quiero que toques todas mis pertenencias y leas todo lo que escribo (claro que no). Mucho menos si quiero estar bajo el mismo techo con alguien más, pero al menos estoy dispuesta/o, porque me gusta que estés en mi vida. Sí tengo muy en claro que adoro que no me sueltes la mano cuando estoy triste. Que me hagas el desayuno cuando me cuesta despertarme. Que me abraces cuando tengo frío. Que nos cuidemos de cada uno.
No puedo prometerte cosas que no sé si voy a poder cumplir, pero sí puedo decirte las intenciones que tengo contigo: Quiero (inserte aquí sus deseos a futuro).
Y mientras estemos juntos, voy a dar todo de mí para que evitemos la rutina. Para que no nos asfixiemos. Para respetar nuestros espacios, nuestras libertades. No voy a dejar que te caigas mientras dejes que te ayude, ni voy a fallarte cada vez que me necesites. Podés contar conmigo, cocinar conmigo, caminar conmigo. Podés hacer conmigo todas esas cosas lindas y sanas que se te ocurran. Sí voy a prometer, porque sé que puedo, que jamás voy a permitir que mis deseos sean reprimidos, y voy a incentivar los tuyos, siempre que se manejen bajo el respeto mutuo. Jamás dejaré de hacer mi vida, de tener mis hobbies, de necesitar mis espacios o de ver a mis amigas/os.
Nunca permitiré que me digas lo que debo hacer, pero sí estoy dispuesta/o a escuchar tus consejos y a tomarlos si me parecen convenientes. A hacer concesiones y llegar a acuerdos.
En síntesis, estoy dispuesta/o a hacer todo lo posible porque cada día juntos de nuestro presente, sea inolvidable mañana. Y a comprometerme con cada parte de esta relación dentro y fuera de la cama, porque sos la persona que elijo para compartirme."
Y listo.
Hoy en el banco había una pareja abriendo una cuenta juntos.
Mi primera reacción fue de terror, pero creo que les miré las ilusiones y me dieron un poquito de ternura.
No es por jugar a hacerme la que va contra la corriente (que de todos modos mi espíritu contrariador lo hace inevitable), sino porque simplemente desde chiquita le tengo miedo al casamiento. Otra palabra horrible.
Cuando me preguntaban con quién me gustaría entrar a la iglesia el día que me casara (era pésima la relación con mi padre en ese entonces) yo me imaginaba siendo el centro de atención en un edificio supuestamente acorde a las que deberían ser mis creencias, que de mágico no tenía nada -al contrario del amor- y mi timidez sufría la supuesta exposición previa al llanto provocado por las ganas de huir.
Me da pánico toda la situación de exponer de ese modo mi intimidad, porque no lo entiendo como un festejo. ¿Amarga? Puede ser.
No necesito una fiesta para celebrar el amor que le tengo a alguien, ni papeles que nos ofrezcan una seguridad nada comprobable de que vamos a estar juntos "toda la vida". Nada ni nadie pueden asegurarte eso, porque el ser humano cambia, evoluciona, y si ese crecimiento no va a la par...ya sabemos lo que pasa. O el amor se termina, o bueno, miles de otras razones.
Tampoco me gusta la idea de gastar plata en una fiesta que se va a esfumar y sólo va a quedar como un buen recuerdo...en caso de que el amor dure lo suficiente como para no hacer de ese recuerdo el peor error de tu vida.
Además -católicos disculpen- pero todo ese texto del amor y el respeto y Dios en el medio (e incluso el registro civil) ¿No es todo medio pedorro?
Habría que reformular esas cosas de manera personal si te querés casar o simplemente si querés mirar a la persona que querés a los ojos y ser sincero.
Sí, le tengo un terrible miedo al casamiento. Y es algo muy distinto a lo que siento por el compromiso.
Un compromiso no es, para mí, un par de anillos. No es asegurarte con una casa y el perro que te voy a amar hasta que dejemos de comer perdices.
Un compromiso se establece simplemente con las ganas de dos personas de estar juntas, y en este tipo de casos, de formar una familia o de planear un futuro de la mano.
Compromiso es permitir que el otro confíe en vos y viceversa. Cuidarse mutuamente es compromiso. Ser honestos. Respetar que el otro no es una extensión tuya ni actúa igual que vos. Darse libertad es compromiso. Actuar con responsabilidad.
Los que no nos queremos casar, tenemos miles de alternativas de convencer al otro de que no es necesario, e incluso otras tantas para demostrar el amor que le tenemos, de manera que se quede tranquilo que todo va a estar bien. O que, en realidad, lo vamos a intentar.
Pero no se puede prometer nada. No juramos. No, ni siquiera yo que vivo diez años adelantada y pensando en el "¿Y después?" porque el amor no se puede programar, no tiene tiempo, no se puede maniobrar a gusto.
Por eso, lo mejor, es ser honesto cuando planeás tener un futuro concreto y estable con alguien, o cuando hablan de estar juntos "para siempre":
"Mirá, Fulano/a, yo no sé cuánto tiempo vamos a estar juntos. No sé si vos vas a ser realmente el/la padre/madre de mis hijos. No sé si vamos a mudarnos juntos mañana, en un año o nunca. No sé ni siquiera si quiero que toques todas mis pertenencias y leas todo lo que escribo (claro que no). Mucho menos si quiero estar bajo el mismo techo con alguien más, pero al menos estoy dispuesta/o, porque me gusta que estés en mi vida. Sí tengo muy en claro que adoro que no me sueltes la mano cuando estoy triste. Que me hagas el desayuno cuando me cuesta despertarme. Que me abraces cuando tengo frío. Que nos cuidemos de cada uno.
No puedo prometerte cosas que no sé si voy a poder cumplir, pero sí puedo decirte las intenciones que tengo contigo: Quiero (inserte aquí sus deseos a futuro).
Y mientras estemos juntos, voy a dar todo de mí para que evitemos la rutina. Para que no nos asfixiemos. Para respetar nuestros espacios, nuestras libertades. No voy a dejar que te caigas mientras dejes que te ayude, ni voy a fallarte cada vez que me necesites. Podés contar conmigo, cocinar conmigo, caminar conmigo. Podés hacer conmigo todas esas cosas lindas y sanas que se te ocurran. Sí voy a prometer, porque sé que puedo, que jamás voy a permitir que mis deseos sean reprimidos, y voy a incentivar los tuyos, siempre que se manejen bajo el respeto mutuo. Jamás dejaré de hacer mi vida, de tener mis hobbies, de necesitar mis espacios o de ver a mis amigas/os.
Nunca permitiré que me digas lo que debo hacer, pero sí estoy dispuesta/o a escuchar tus consejos y a tomarlos si me parecen convenientes. A hacer concesiones y llegar a acuerdos.
En síntesis, estoy dispuesta/o a hacer todo lo posible porque cada día juntos de nuestro presente, sea inolvidable mañana. Y a comprometerme con cada parte de esta relación dentro y fuera de la cama, porque sos la persona que elijo para compartirme."
Y listo.
Hoy en el banco había una pareja abriendo una cuenta juntos.
Mi primera reacción fue de terror, pero creo que les miré las ilusiones y me dieron un poquito de ternura.
11 de marzo de 2016
No se puede vivir del amor.
¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
Es estúpido, inocente y hasta naif creer que el amor es lo único que se necesita para llevar adelante algún tipo de relación.
Crecí mirando películas de Disney, jugando a las Barbies y más tarde evolucioné (o no) creyendo cada ilusión y decepción que me mostró Woody Allen desde alguna pantalla.
Reconozco haber crecido y aún así seguir teniendo una mentalidad rosada.
Me hago cargo de haber leído demasiados libros y notas hablando del amor, de las relaciones, de almas gemelas, y de todas esas cosas sobre las cuales las nenas deberíamos fundamentar nuestras bases ideológicas, para poder llegar a la edad socialmente aceptada para tener una familia, y hacerlo exitosamente.
Pero así como la información se iba pegoteando en mis neuronas, la vida me fue diciendo que no podía vivir idealizando, que en algún momento todo se rompe, se cae a pedazos, sobreviene la rutina, los miedos superan al amor, las personas prefieren a otras personas, ése ser con el que imaginaste un futuro termina odiándote (o viceversa) y todo se termina, todo concluye al fin.
Por un lado, lamento informarle a la sociedad que, si bien no soy una descreída del amor, no soy la niña rosa chicle que debería ser. Porque ser demasiado dulce y boba es estar un poco muerta por dentro y yo quiero vibrar bien fuerte.
Pero por el otro, no puedo conmigo. No puedo con la esperanza que tengo de que todo deje de ser una mierda social en algún momento. No puedo creer en que un final siempre tiene que ser un mal final.
Y por eso, supongo, vivo como estoy viviendo, soy como soy.
Yo prefiero arriesgarme ante la posibilidad del error, abrir el pecho y mostrar que me puedo romper, que si sangro, me desangro, porque sé que siempre puedo volver a nacer.
Porque siento y lo hago con el Alma, desde el Alma; porque no tengo miedo de decir lo que me pasa ni de enfrentarlo, o de gritar que creo en el amor porque tengo la suerte de sentirlo, en muchas formas. Que soy cursi, romántica y no tengo problemas en compartirme cuando tengo confianza. Que soy transparente, que me basta con creer en alguien.
Que no voy para el lado que va la sociedad, que no tengo etiquetas porque siento cosas que nadie entendería, que no están catalogadas. Porque acepto experiencias que no son comunes, porque las atraigo, quizás porque yo en el fondo soy así, o deba aprender a serlo.
También podría decirle a todos los que suponen que debería tener una familia, que todavía no me siento cómoda con ese papel, que quiero hacer mil cosas antes y que ser madre no me hace más ni menos mujer. Que la edad es un número y que cada ser humano es diferente.
Que soy libre y no me gusta que me rompan las pelotas con idiosincrasias.
Prefiero tirarme de cabeza ante la oportunidad de respirar el aire que quiero respirar, y no el que dicen los demás que debo ingresar a mis pulmones.
Prefiero elegir a las personas que se animen a quererme como soy en el momento de mi vida en el que me encuentro, porque el futuro podrá imaginarse, pero nadie sabe qué pasará. No podemos dejar de actuar o de vivir por el miedo de lo que podría suceder.
Si nos rompemos, mala suerte. Habrá que levantarse y seguir, sabiendo que no nos quedamos con la duda de lo que hubiera sido.
Es estúpido, inocente y hasta naif creer que el amor es lo único que se necesita para llevar adelante algún tipo de relación.
Porque también necesitamos huevos para enfrentar lo que sea que haya que enfrentar en pos de estar con la persona con la que queremos estar.
Prefiero arriesgarme, porque no me quiero morir pensando en que me hubiera gustado abrazarte y besarte más seguido.
Es estúpido, inocente y hasta naif creer que el amor es lo único que se necesita para llevar adelante algún tipo de relación.
Crecí mirando películas de Disney, jugando a las Barbies y más tarde evolucioné (o no) creyendo cada ilusión y decepción que me mostró Woody Allen desde alguna pantalla.
Reconozco haber crecido y aún así seguir teniendo una mentalidad rosada.
Me hago cargo de haber leído demasiados libros y notas hablando del amor, de las relaciones, de almas gemelas, y de todas esas cosas sobre las cuales las nenas deberíamos fundamentar nuestras bases ideológicas, para poder llegar a la edad socialmente aceptada para tener una familia, y hacerlo exitosamente.
Pero así como la información se iba pegoteando en mis neuronas, la vida me fue diciendo que no podía vivir idealizando, que en algún momento todo se rompe, se cae a pedazos, sobreviene la rutina, los miedos superan al amor, las personas prefieren a otras personas, ése ser con el que imaginaste un futuro termina odiándote (o viceversa) y todo se termina, todo concluye al fin.
Por un lado, lamento informarle a la sociedad que, si bien no soy una descreída del amor, no soy la niña rosa chicle que debería ser. Porque ser demasiado dulce y boba es estar un poco muerta por dentro y yo quiero vibrar bien fuerte.
Pero por el otro, no puedo conmigo. No puedo con la esperanza que tengo de que todo deje de ser una mierda social en algún momento. No puedo creer en que un final siempre tiene que ser un mal final.
Y por eso, supongo, vivo como estoy viviendo, soy como soy.
Yo prefiero arriesgarme ante la posibilidad del error, abrir el pecho y mostrar que me puedo romper, que si sangro, me desangro, porque sé que siempre puedo volver a nacer.
Porque siento y lo hago con el Alma, desde el Alma; porque no tengo miedo de decir lo que me pasa ni de enfrentarlo, o de gritar que creo en el amor porque tengo la suerte de sentirlo, en muchas formas. Que soy cursi, romántica y no tengo problemas en compartirme cuando tengo confianza. Que soy transparente, que me basta con creer en alguien.
Que no voy para el lado que va la sociedad, que no tengo etiquetas porque siento cosas que nadie entendería, que no están catalogadas. Porque acepto experiencias que no son comunes, porque las atraigo, quizás porque yo en el fondo soy así, o deba aprender a serlo.
También podría decirle a todos los que suponen que debería tener una familia, que todavía no me siento cómoda con ese papel, que quiero hacer mil cosas antes y que ser madre no me hace más ni menos mujer. Que la edad es un número y que cada ser humano es diferente.
Que soy libre y no me gusta que me rompan las pelotas con idiosincrasias.
Prefiero tirarme de cabeza ante la oportunidad de respirar el aire que quiero respirar, y no el que dicen los demás que debo ingresar a mis pulmones.
Prefiero elegir a las personas que se animen a quererme como soy en el momento de mi vida en el que me encuentro, porque el futuro podrá imaginarse, pero nadie sabe qué pasará. No podemos dejar de actuar o de vivir por el miedo de lo que podría suceder.
Si nos rompemos, mala suerte. Habrá que levantarse y seguir, sabiendo que no nos quedamos con la duda de lo que hubiera sido.
Es estúpido, inocente y hasta naif creer que el amor es lo único que se necesita para llevar adelante algún tipo de relación.
Porque también necesitamos huevos para enfrentar lo que sea que haya que enfrentar en pos de estar con la persona con la que queremos estar.
Prefiero arriesgarme, porque no me quiero morir pensando en que me hubiera gustado abrazarte y besarte más seguido.
29 de febrero de 2016
In ten si dá.
Hace un año y siete meses que conozco Montevideo, y hoy voy a darle la razón al término que me ha indignado todo este tiempo, debido a la tergiversación que ha sufrido gracias a unos cuantos ineptos sin amor propio que no saben cómo actuar ante determinados estímulos: Intensidad.
Sí, me estoy metiendo en un terreno tan extenso como complicado, pero no me voy a callar: La intensidad de algunas personas me ha hecho calar hondo en el comportamiento de la sociedad montevideana y, por dios, voy a generalizar, no sean tarados de creer que escribo por todos.
Nunca me sorprendí tanto del comportamiento de las mujeres, por ejemplo, cuando las escucho confesar -sin ningún tipo de pudor- que le revisan el celular a sus parejas, o que el último con el que tuvieron sexo no ha vuelto a llamar, entonces se lo recriminan como si tuvieran algún tipo de derecho de recibir explicación o de hacer valer una dignidad que empíricamente están demostrando no tener.
Hay gente que te pide justificaciones de porqué te comportás como lo hacés, o que incluso adora inventar cosas sobre tu vida y tu persona, porque parece haber entendido que sin hundirte un poquito, jamás podrá resaltar en la sociedad.
No quiero extenderme mucho, pero acá la gente necesita quererse. Están tan faltos de amor propio que ya no saben a quién culpar por sus desgracias, o a quién cogerse para levantarse el ánimo, para sentirse lindos.
No entienden el límite entre libertad y respeto al otro; quieren hacer lo que se les ocurra como si fueran niños caprichosos; les importa quedar bien mostrándote una faceta, pero se olvidan de ocultar bien las otras.
Prefieren relaciones superficiales porque comprometerse con alguien (y me refiero sólo a lo emocional) significa perder una libertad que ni siquiera saben cómo cuidar, y por supuesto no han tenido experiencias lo suficientemente gratas como para tomar las riendas y jugarse por las cosas o personas que aman. Si es que aman, porque hasta de eso dudo con algunos.
Montevideo este último tiempo me ha mostrado la cara que ignoraba, aquella que tapé mientras idealizaba todo lo que me gusta de esta ciudad.
Reconozco que tiene sus puntos fuertes y sus debilidades, pero acá la piedra que tengo en el zapato, es la cantidad de traición que se oculta detrás de sonrisitas simpáticas y abrazos flojos.
Ni siquiera es comprensible en mi cabeza cómo pueden ser felices manejándose con tanta hipocresía. Bueno, debe ser que en el fondo no lo son.
¿Parezco exagerada? Ya lo sé, suena a telenovela mexicana. Y es que los sucesos acaecidos este último tiempo en mi entorno, realmente parecen haber sido escritos por un guionista de Thalía.
La ciudad es chica, en poco tiempo das fe de que se conocen todos y en poco tiempo también, los conocés vos. No es tan difícil sacarle jugada a cada uno, la mayoría saben llevar alguna máscara. Es cuestión de dar en el clavo correcto para que se les caiga.
Y estaría buenísimo que se empiecen a hacer cargo, de paso, porque ya son grandes como para andar jugando al gato y al ratón, usando queso vencido como carnada.
Medio que estoy un poco harta de la intensidad de la gente que cree que se las sabe todas y que se empecina con la vida de otros, sintetizando.
¿Que por qué escribí esto?
Porque tenía muchas ganas de descargarme.
Para eso tengo un blog.
Sí, me estoy metiendo en un terreno tan extenso como complicado, pero no me voy a callar: La intensidad de algunas personas me ha hecho calar hondo en el comportamiento de la sociedad montevideana y, por dios, voy a generalizar, no sean tarados de creer que escribo por todos.
Nunca me sorprendí tanto del comportamiento de las mujeres, por ejemplo, cuando las escucho confesar -sin ningún tipo de pudor- que le revisan el celular a sus parejas, o que el último con el que tuvieron sexo no ha vuelto a llamar, entonces se lo recriminan como si tuvieran algún tipo de derecho de recibir explicación o de hacer valer una dignidad que empíricamente están demostrando no tener.
Hay gente que te pide justificaciones de porqué te comportás como lo hacés, o que incluso adora inventar cosas sobre tu vida y tu persona, porque parece haber entendido que sin hundirte un poquito, jamás podrá resaltar en la sociedad.
No quiero extenderme mucho, pero acá la gente necesita quererse. Están tan faltos de amor propio que ya no saben a quién culpar por sus desgracias, o a quién cogerse para levantarse el ánimo, para sentirse lindos.
No entienden el límite entre libertad y respeto al otro; quieren hacer lo que se les ocurra como si fueran niños caprichosos; les importa quedar bien mostrándote una faceta, pero se olvidan de ocultar bien las otras.
Prefieren relaciones superficiales porque comprometerse con alguien (y me refiero sólo a lo emocional) significa perder una libertad que ni siquiera saben cómo cuidar, y por supuesto no han tenido experiencias lo suficientemente gratas como para tomar las riendas y jugarse por las cosas o personas que aman. Si es que aman, porque hasta de eso dudo con algunos.
Montevideo este último tiempo me ha mostrado la cara que ignoraba, aquella que tapé mientras idealizaba todo lo que me gusta de esta ciudad.
Reconozco que tiene sus puntos fuertes y sus debilidades, pero acá la piedra que tengo en el zapato, es la cantidad de traición que se oculta detrás de sonrisitas simpáticas y abrazos flojos.
Ni siquiera es comprensible en mi cabeza cómo pueden ser felices manejándose con tanta hipocresía. Bueno, debe ser que en el fondo no lo son.
¿Parezco exagerada? Ya lo sé, suena a telenovela mexicana. Y es que los sucesos acaecidos este último tiempo en mi entorno, realmente parecen haber sido escritos por un guionista de Thalía.
La ciudad es chica, en poco tiempo das fe de que se conocen todos y en poco tiempo también, los conocés vos. No es tan difícil sacarle jugada a cada uno, la mayoría saben llevar alguna máscara. Es cuestión de dar en el clavo correcto para que se les caiga.
Y estaría buenísimo que se empiecen a hacer cargo, de paso, porque ya son grandes como para andar jugando al gato y al ratón, usando queso vencido como carnada.
Medio que estoy un poco harta de la intensidad de la gente que cree que se las sabe todas y que se empecina con la vida de otros, sintetizando.
¿Que por qué escribí esto?
Porque tenía muchas ganas de descargarme.
Para eso tengo un blog.
28 de febrero de 2016
Niveles de conciencia.
Todos los seres vivos poseemos un determinado nivel de conciencia, que se trata principalmente de las cualidades del Alma de cada uno (o Alma grupal en el caso de insectos, por ejemplo), y que se eleva o aumenta de acuerdo a cuánto nos vamos ocupando de nuestro crecimiento personal y espiritual.
Aquí no se incluyen los conocimientos, estudios o información mental, sino más bien aquellas determinadas características relacionadas principalmente a los valores con los que nos manejamos en la vida.
Evitando toda connnotación religiosa, lo que en este caso se llama "Conciencia" se refiere a aquella energía universal que rodea todo. No voy a entrar en detalles, porque todos tenemos creencias distintas, o incluso hay gente que no cree en nada más allá que nuestro cuerpo físico, y eso también está bien. Sólo intento simplificar lo que quiero decir, si es que puedo...
Volviendo al ser vivo, todos los humanos tenemos una conciencia individual, y sus atributos se forman en base a los valores humanos que vamos aprendiendo desde que encarnamos.
Ellos pueden ser amor, sabiduría, paz, alegría, etc...o sus antítesis, y se revelan en nuestras actitudes y decisiones.
Para dar un ejemplo claro, mis padres se separaron cuando yo tenía tres años, y mi padre desapareció una gran cantidad de años, suficiente para generar en mí un tremendo dolor y algo de bronca.
Sin embargo, a medida que fui estudiando las Almas y su evolución, entendí la forma de actuar que mi padre tenía en ese momento: él no sabía cómo hacer otra cosa, más que lo que su nivel de conciencia le permitía, y eso fue alejarse.
Calando más hondo, me arriesgaría a decir que no tuvo el amor propio suficiente como para saber amar a alguien más (como un hijo, en este caso) y pudo haber supuesto que su presencia sería más bien una molestia, además de que por otro lado fue bastante egoísta.
Pero yo no odio a mi padre por eso, no le tengo bronca. Es más, lo amo porque sin él yo no estaría sentada acá escribiendo esto, le agradezco, le rindo una especie de tributo a mi sangre reconociéndolo como creador de mi persona.
Y lo supe perdonar y perdonarme por odiarlo en mi infancia/adolescencia (claro que lo hice, el daño fue bastante grande en su momento) pero entender que su nivel de conciencia no era el mismo que el de mi madre o incluso, que el mío, me ayudó a seguir adelante sin ese rencor que me hubiera dañado la salud tarde o temprano.
El nivel de conciencia también se relaciona con la capacidad que tenemos de hacernos responsables de nuestros propios actos.
Un nivel de conciencia bajo, por ejemplo, le echará la culpa a cualquier ser externo o a su supuesta "mala suerte" cuando algo le salga mal, o cuando viva situaciones que le resultan injustas.
Por el contrario, un nivel de conciencia algo más elevado, intentará encontrar la causa de la manifestación externa en su interior, buscará respuestas y evaluará sus pensamientos y actitudes previas al evento en cuestión.
Alguien aún más elevado, entenderá que incluso la situación más desagradable e injusta, trae el aprendizaje que es necesario en ese momento.
Debo aclarar que cada nivel de conciencia tiene su correspondiente vibración dentro nuestro, y es la que atrae o repele relaciones, situaciones, experiencias.
Alguien que "vibra bajo" está claramente en un nivel de conciencia donde -probablemente- no se ama a sí mismo y elige relacionarse con personas acordes, que no se valoran, que prefieren culpar a otros, o que buscan satisfacción externa porque no saben encontrarla en su interior. Es también probable que sean aquellos que escogen manejarse desde valores como la mentira, las obsesiones, o la traición, ya que no son fieles a sí mismos, entonces jamás podrán serlo con los demás, en ningún aspecto.
Por otro lado, los que "vibran más alto" son los que se reconocen creadores de su propia vida, los que responden ante sus actos, los que eligen entornos sanos y que les provean paz y felicidad, y que no se preocupan por "el qué dirán", ya que están convencidos de que su experiencia es la correcta en el momento correcto, y quienes juzguen simplemente están en otro nivel de conciencia donde no comprenden ni respetan a los demás.
Supongo que a esta altura ya se habrán dado cuenta de que esto es un descargo.
Trato de comprender, día tras día, las actitudes de los demás, su capacidad de hablarte detrás de una máscara, su desesperación por amor externo, la necesidad de no ir con la verdad o de responsabilizar a los demás de sus desgracias. Y no, no necesito intentar comprenderlos en realidad: simplemente estamos en diferentes niveles de conciencia.
Hay determinadas características en algunos seres humanos, ante las cuales soy tajante y terminante, e implican que yo directamente no quiera relacionarme con ellos en ningún ámbito.
Soy tan exagerada, que si me mienten en una simple situación, yo me alejo. Si eligen ser soberbios o traicionar gente, corro para el otro lado. Si odian a los animales, bueno, suficiente.
¿Por qué querría en mi entorno, a alguien que tiene que fingir para quedar bien? ¿O a alguien que no es capaz de enfrentar sus propios problemas y te culpa de ellos? Mucho menos a quienes son egoístas, gracias.
No tengo, todavía, la paciencia suficiente como para andar comprendiendo "¿Por qué lo hizo, si yo jamás lo haría?" porque, además, esa pregunta está juzgando al otro frente a mis propios valores, estoy comparando. Pero eso, sin embargo, me es suficiente para saber que somos muy distintos en cosas que para mí son básicas y primordiales ante cualquier tipo de relación, y me lleva a comprender que jamás me interesaría rodearme de personas así.
Mis valores son pilares en mi vida y en mis actitudes. Yo elijo ir con la verdad, ser todo lo transparente que pueda con los que amo, no traicionar ni exponerme sólo en base a mi egoísmo, a situaciones donde alguien más puede salir herido.
Yo elijo cuidar a mi entorno hasta de mi persona, por eso prefiero dedicar bastante tiempo para mí, en soledad, para ser la mejor versión de mí que puedo ser y compartirme con calidad, no con cantidad.
Esto es un descargo porque necesito estallar a veces cuando me resulta imposible comprender a la gente sin códigos que, al fin y al cabo, no se manejan como yo lo haría. Son diferentes mapas mentales, también.
Y necesito vomitar y escupir en un blog cosas que no puedo expresar directamente ante las personas indicadas, porque parte de mi nivel de conciencia no se desarrolló lo suficiente como para saber decir las cosas sin ir al choque. Y ya no tengo ganas de explotar con nadie, por eso me retiro despacito, como reculando, de la vida de todos aquellos que no vibren como yo y que sólo piensan en sí mismos y en alimentar su ego.
Sólo así, quedándome con unos pocos, encuentro la paz y reconozco todo lo que me falta evolucionar.
Que es un montón.
Aquí no se incluyen los conocimientos, estudios o información mental, sino más bien aquellas determinadas características relacionadas principalmente a los valores con los que nos manejamos en la vida.
Evitando toda connnotación religiosa, lo que en este caso se llama "Conciencia" se refiere a aquella energía universal que rodea todo. No voy a entrar en detalles, porque todos tenemos creencias distintas, o incluso hay gente que no cree en nada más allá que nuestro cuerpo físico, y eso también está bien. Sólo intento simplificar lo que quiero decir, si es que puedo...
Volviendo al ser vivo, todos los humanos tenemos una conciencia individual, y sus atributos se forman en base a los valores humanos que vamos aprendiendo desde que encarnamos.
Ellos pueden ser amor, sabiduría, paz, alegría, etc...o sus antítesis, y se revelan en nuestras actitudes y decisiones.
Para dar un ejemplo claro, mis padres se separaron cuando yo tenía tres años, y mi padre desapareció una gran cantidad de años, suficiente para generar en mí un tremendo dolor y algo de bronca.
Sin embargo, a medida que fui estudiando las Almas y su evolución, entendí la forma de actuar que mi padre tenía en ese momento: él no sabía cómo hacer otra cosa, más que lo que su nivel de conciencia le permitía, y eso fue alejarse.
Calando más hondo, me arriesgaría a decir que no tuvo el amor propio suficiente como para saber amar a alguien más (como un hijo, en este caso) y pudo haber supuesto que su presencia sería más bien una molestia, además de que por otro lado fue bastante egoísta.
Pero yo no odio a mi padre por eso, no le tengo bronca. Es más, lo amo porque sin él yo no estaría sentada acá escribiendo esto, le agradezco, le rindo una especie de tributo a mi sangre reconociéndolo como creador de mi persona.
Y lo supe perdonar y perdonarme por odiarlo en mi infancia/adolescencia (claro que lo hice, el daño fue bastante grande en su momento) pero entender que su nivel de conciencia no era el mismo que el de mi madre o incluso, que el mío, me ayudó a seguir adelante sin ese rencor que me hubiera dañado la salud tarde o temprano.
El nivel de conciencia también se relaciona con la capacidad que tenemos de hacernos responsables de nuestros propios actos.
Un nivel de conciencia bajo, por ejemplo, le echará la culpa a cualquier ser externo o a su supuesta "mala suerte" cuando algo le salga mal, o cuando viva situaciones que le resultan injustas.
Por el contrario, un nivel de conciencia algo más elevado, intentará encontrar la causa de la manifestación externa en su interior, buscará respuestas y evaluará sus pensamientos y actitudes previas al evento en cuestión.
Alguien aún más elevado, entenderá que incluso la situación más desagradable e injusta, trae el aprendizaje que es necesario en ese momento.
Debo aclarar que cada nivel de conciencia tiene su correspondiente vibración dentro nuestro, y es la que atrae o repele relaciones, situaciones, experiencias.
Alguien que "vibra bajo" está claramente en un nivel de conciencia donde -probablemente- no se ama a sí mismo y elige relacionarse con personas acordes, que no se valoran, que prefieren culpar a otros, o que buscan satisfacción externa porque no saben encontrarla en su interior. Es también probable que sean aquellos que escogen manejarse desde valores como la mentira, las obsesiones, o la traición, ya que no son fieles a sí mismos, entonces jamás podrán serlo con los demás, en ningún aspecto.
Por otro lado, los que "vibran más alto" son los que se reconocen creadores de su propia vida, los que responden ante sus actos, los que eligen entornos sanos y que les provean paz y felicidad, y que no se preocupan por "el qué dirán", ya que están convencidos de que su experiencia es la correcta en el momento correcto, y quienes juzguen simplemente están en otro nivel de conciencia donde no comprenden ni respetan a los demás.
Supongo que a esta altura ya se habrán dado cuenta de que esto es un descargo.
Trato de comprender, día tras día, las actitudes de los demás, su capacidad de hablarte detrás de una máscara, su desesperación por amor externo, la necesidad de no ir con la verdad o de responsabilizar a los demás de sus desgracias. Y no, no necesito intentar comprenderlos en realidad: simplemente estamos en diferentes niveles de conciencia.
Hay determinadas características en algunos seres humanos, ante las cuales soy tajante y terminante, e implican que yo directamente no quiera relacionarme con ellos en ningún ámbito.
Soy tan exagerada, que si me mienten en una simple situación, yo me alejo. Si eligen ser soberbios o traicionar gente, corro para el otro lado. Si odian a los animales, bueno, suficiente.
¿Por qué querría en mi entorno, a alguien que tiene que fingir para quedar bien? ¿O a alguien que no es capaz de enfrentar sus propios problemas y te culpa de ellos? Mucho menos a quienes son egoístas, gracias.
No tengo, todavía, la paciencia suficiente como para andar comprendiendo "¿Por qué lo hizo, si yo jamás lo haría?" porque, además, esa pregunta está juzgando al otro frente a mis propios valores, estoy comparando. Pero eso, sin embargo, me es suficiente para saber que somos muy distintos en cosas que para mí son básicas y primordiales ante cualquier tipo de relación, y me lleva a comprender que jamás me interesaría rodearme de personas así.
Mis valores son pilares en mi vida y en mis actitudes. Yo elijo ir con la verdad, ser todo lo transparente que pueda con los que amo, no traicionar ni exponerme sólo en base a mi egoísmo, a situaciones donde alguien más puede salir herido.
Yo elijo cuidar a mi entorno hasta de mi persona, por eso prefiero dedicar bastante tiempo para mí, en soledad, para ser la mejor versión de mí que puedo ser y compartirme con calidad, no con cantidad.
Esto es un descargo porque necesito estallar a veces cuando me resulta imposible comprender a la gente sin códigos que, al fin y al cabo, no se manejan como yo lo haría. Son diferentes mapas mentales, también.
Y necesito vomitar y escupir en un blog cosas que no puedo expresar directamente ante las personas indicadas, porque parte de mi nivel de conciencia no se desarrolló lo suficiente como para saber decir las cosas sin ir al choque. Y ya no tengo ganas de explotar con nadie, por eso me retiro despacito, como reculando, de la vida de todos aquellos que no vibren como yo y que sólo piensan en sí mismos y en alimentar su ego.
Sólo así, quedándome con unos pocos, encuentro la paz y reconozco todo lo que me falta evolucionar.
Que es un montón.
21 de febrero de 2016
Nunca me pasó.
Nunca experimenté una historia de amor de película.
Calculo que es básicamente porque vivo en la realidad y no delante de unas cámaras. Pero cada una de mis historias fue especial a su manera.
Sí sé lo que se siente creer que se puede morir por amor, que el corazón no va a resistir o que el aire se ausentó del cuarto que ocupamos.
Jamás han aparecido por sorpresa ante mi puerta a declarar que ya no pueden vivir sin mí o que me aman con tanta fuerza que ya no les importa parecer psicópatas jugando a Romeo. Me he relacionado con unos cuantos cobardes, otros insensibles, alguno más bueno que Jesús, pero ninguno un loco, un arriesgado, salvaje o que no le de importancia al qué dirán. Siempre fui quien ha cubierto ese papel, y quizás de todos ellos aprendí a dejar de buscar lo similar para encontrarnos en las diferencias.
De todos modos, soy una convencida de lo aburrido que es el amor sin un poco de locura.
Sí, señor, declaro estar exenta de haber recibido cualquier tipo de demostración de amor eterno porque tengo muy claro que no vivo en una novela de Jane Austen. De hecho, las muestras que he recibido, fueron enviadas por mail o por carta entregada en mis manos, pero borrarlos o quemarlas también ha dado el mismo resultado en mi memoria.
Nunca experimenté una historia de amor de película, pero sí sé cómo amar incondicionalmente.
Nunca viví en una casa de película.
Supongo que ante mis pretensiones, mi presupuesto ha sido demasiado acotado, o Pinterest demasiado fantástico.
Pero cada casa en la que viví fue el mundo más maravilloso e íntimo que pude haber creado en ese momento.
Desde las casas que inventaba para meterme en mi interior -armazones como carpas indias rodeados de una sábana vieja o pilas de ladrillos que jugaban a ser mis precarias paredes- (mientras en la vida real vivía en la casa humilde de mis abuelos, donde he crecido) pasando por la casa donde viví sola, llegando hasta el apartamento que ocupo hoy, cada uno de esos lugares se ha impregnado de mi esencia, de mis libros, de mi amor. Una casa es un hogar cuando es tu lugar en el mundo. Y nunca me siento más cómoda que cuando estoy dentro de mis cuatro paredes, en mi universo, mi matriz, donde soy quien realmente soy y donde también proceso la vida. Donde me regenero y abro mi ser, mi Alma, y hasta las piernas. Donde no tengo secretos, más que los que me oculto a mí misma.
Mi hogar es mi castillo, mis murallas ante el mundo, mi centro.
Nunca viví en una casa de película, pero vivo en la mía, que está llena de magia.
Nunca tuve una familia de película.
Ni siquiera "normal". Sí disfuncional, como un gran porcentaje. Pero fue con lo mejor que pude haber crecido y formó la mujer que soy hoy. Nada tengo que quejarme de la sangre fuerte que me late dentro. Si mis ancestros indios pudieran dar fe de mi salvajismo, quizás ahí entendería un poco más mi carácter. O si el gran porcentaje italiano me dijera que encolerizarme con estupideces es sano, hasta les creería.
Quizás también en alguno de estos glóbulos queden rastros de la existencia de personas que aún ignoro y que algún día, con mucha suerte, descubrirlas me ayude a comprender patrones familiares que tenga que romper. O armar.
Nunca tuve una familia de película, pero sé lo que es tener valores y amar los lazos de sangre que te tocan.
Nunca tuve un grupo de amigos de película.
Más bien siempre fui solitaria, recluída.
Los misterios que me inventaba prefería resolverlos sola, jugar con mis propias reglas y no obedecer las de nadie. Las aventuras han sido grandiosas con todos los seres invisibles que creía que me rodeaban. O que me rodeaban de verdad.
Debe ser en parte el origen de alguna de mis psicosis, lo reconozco.
Mis grupos de amigos siempre han sido varios y han mutado, crecido, cambiado con el correr de los años. Ha entrado gente, ha salido gente. Nunca fueron estables, excepto el de mis amigas actual, que bastante distorsionado está.
He pecado con la soledad hasta el punto de sumergirme en alguna que otra gran depresión existencial, preguntándole a la vida en qué había fallado, porqué las personas siempre terminan las relaciones con alguna traición. Hasta que aprendí que no es necesario hacerse cargo de errores ajenos, y que es suficiente con no traicionarme a mí misma.
Me he alejado de todos cometiendo varios errores, e incluso he sentido que nadie en el mundo elegiría ser mi amigo, que estoy sola en lo vasto del Universo.
Me he internado mirando al cielo intentando comprender el comportamiento humano, la envidia, la distancia, las palabras hirientes, los daños a conciencia. Una y otra vez, incluso hoy, sigo observando que la gente cree en lo que prefiere creer, porque ver la realidad les diría en la cara que se hagan cargo de sus propias mierdas, y que no resolverán su vida tirándosela a los demás.
Sin embargo, con mi elección de mudarme de país, estoy más que satisfecha de haber elegido a los amigos que hoy me rodean y que valen más que cualquier grupo de amigos de película.
Porque son reales y son la familia, el amor y la casa que elegí.
Calculo que es básicamente porque vivo en la realidad y no delante de unas cámaras. Pero cada una de mis historias fue especial a su manera.
Sí sé lo que se siente creer que se puede morir por amor, que el corazón no va a resistir o que el aire se ausentó del cuarto que ocupamos.
Jamás han aparecido por sorpresa ante mi puerta a declarar que ya no pueden vivir sin mí o que me aman con tanta fuerza que ya no les importa parecer psicópatas jugando a Romeo. Me he relacionado con unos cuantos cobardes, otros insensibles, alguno más bueno que Jesús, pero ninguno un loco, un arriesgado, salvaje o que no le de importancia al qué dirán. Siempre fui quien ha cubierto ese papel, y quizás de todos ellos aprendí a dejar de buscar lo similar para encontrarnos en las diferencias.
De todos modos, soy una convencida de lo aburrido que es el amor sin un poco de locura.
Sí, señor, declaro estar exenta de haber recibido cualquier tipo de demostración de amor eterno porque tengo muy claro que no vivo en una novela de Jane Austen. De hecho, las muestras que he recibido, fueron enviadas por mail o por carta entregada en mis manos, pero borrarlos o quemarlas también ha dado el mismo resultado en mi memoria.
Nunca experimenté una historia de amor de película, pero sí sé cómo amar incondicionalmente.
Nunca viví en una casa de película.
Supongo que ante mis pretensiones, mi presupuesto ha sido demasiado acotado, o Pinterest demasiado fantástico.
Pero cada casa en la que viví fue el mundo más maravilloso e íntimo que pude haber creado en ese momento.
Desde las casas que inventaba para meterme en mi interior -armazones como carpas indias rodeados de una sábana vieja o pilas de ladrillos que jugaban a ser mis precarias paredes- (mientras en la vida real vivía en la casa humilde de mis abuelos, donde he crecido) pasando por la casa donde viví sola, llegando hasta el apartamento que ocupo hoy, cada uno de esos lugares se ha impregnado de mi esencia, de mis libros, de mi amor. Una casa es un hogar cuando es tu lugar en el mundo. Y nunca me siento más cómoda que cuando estoy dentro de mis cuatro paredes, en mi universo, mi matriz, donde soy quien realmente soy y donde también proceso la vida. Donde me regenero y abro mi ser, mi Alma, y hasta las piernas. Donde no tengo secretos, más que los que me oculto a mí misma.
Mi hogar es mi castillo, mis murallas ante el mundo, mi centro.
Nunca viví en una casa de película, pero vivo en la mía, que está llena de magia.
Nunca tuve una familia de película.
Ni siquiera "normal". Sí disfuncional, como un gran porcentaje. Pero fue con lo mejor que pude haber crecido y formó la mujer que soy hoy. Nada tengo que quejarme de la sangre fuerte que me late dentro. Si mis ancestros indios pudieran dar fe de mi salvajismo, quizás ahí entendería un poco más mi carácter. O si el gran porcentaje italiano me dijera que encolerizarme con estupideces es sano, hasta les creería.
Quizás también en alguno de estos glóbulos queden rastros de la existencia de personas que aún ignoro y que algún día, con mucha suerte, descubrirlas me ayude a comprender patrones familiares que tenga que romper. O armar.
Nunca tuve una familia de película, pero sé lo que es tener valores y amar los lazos de sangre que te tocan.
Nunca tuve un grupo de amigos de película.
Más bien siempre fui solitaria, recluída.
Los misterios que me inventaba prefería resolverlos sola, jugar con mis propias reglas y no obedecer las de nadie. Las aventuras han sido grandiosas con todos los seres invisibles que creía que me rodeaban. O que me rodeaban de verdad.
Debe ser en parte el origen de alguna de mis psicosis, lo reconozco.
Mis grupos de amigos siempre han sido varios y han mutado, crecido, cambiado con el correr de los años. Ha entrado gente, ha salido gente. Nunca fueron estables, excepto el de mis amigas actual, que bastante distorsionado está.
He pecado con la soledad hasta el punto de sumergirme en alguna que otra gran depresión existencial, preguntándole a la vida en qué había fallado, porqué las personas siempre terminan las relaciones con alguna traición. Hasta que aprendí que no es necesario hacerse cargo de errores ajenos, y que es suficiente con no traicionarme a mí misma.
Me he alejado de todos cometiendo varios errores, e incluso he sentido que nadie en el mundo elegiría ser mi amigo, que estoy sola en lo vasto del Universo.
Me he internado mirando al cielo intentando comprender el comportamiento humano, la envidia, la distancia, las palabras hirientes, los daños a conciencia. Una y otra vez, incluso hoy, sigo observando que la gente cree en lo que prefiere creer, porque ver la realidad les diría en la cara que se hagan cargo de sus propias mierdas, y que no resolverán su vida tirándosela a los demás.
Sin embargo, con mi elección de mudarme de país, estoy más que satisfecha de haber elegido a los amigos que hoy me rodean y que valen más que cualquier grupo de amigos de película.
Porque son reales y son la familia, el amor y la casa que elegí.
17 de febrero de 2016
Random.
Tengo muchos problemas con la sociedad.
Bueno, no, no los tengo, simplemente estoy en desacuerdo con muchas cosas que la sociedad pretende dejar establecidas y que pasemos por alto.
Marge, no voy a mentirte: me gusta estar sola porque no tengo que soportar el choque cultural/social de personas que piensan diferente y pretenden demostrarte tener la última palabra en lo que a la verdad respecta, como si no fuera subjetiva. Aunque haya días en los que me encuentro especialmente reactiva, la verdad es que no me interesa discutir. No me gusta, me saca de mi centro.
Sin embargo, siendo mi propia antítesis, cuando algo me molesta o me hiere, no puedo quedarme callada. Ni siquiera es una opción.
Me exaspera no poder abrir cabezas a los botellazos.
Tener que explicar porqué me gusta ir al cine sola, caminar conmigo por la playa, sentarme en la plaza a mirar la nada.
Tener que aclarar que sí, que estoy bien, que sólo necesito estar en mi compañía.
A la sociedad le resulta extraño que te guste estar sola. Que seas mujer y hables de sexo sin tabúes. Que pises el freno cuando alguien cree que eso le da derecho a invitarte a coger.
Y es la misma sociedad la que sentencia que tomar cerveza en un recital significa que sos una trola, que por ser tan independiente vas a terminar siempre sola, que si sos exitosa o autosuficiente "ahuyentás" a los hombres, que si tenés mundo interno o afrontás la vida con intensidad quiere decir que sos insoportable.
Estamos, como género y como humanos, tan hartos de tener que desetiquetarnos, de intentar que dejen de señalarnos (o de ejercer algún tipo de violencia, contra ambos sexos) y tan cansados de tener que presentar la carta de: "No solamente me gustan mis momentos de soledad, es que también los necesito", que nos tornamos desconfiados de cualquier ser que pretenda acercarse incluso con la mejor de las intenciones.
Todos somos solos, libres, sueltos.
Todos queremos encontrar o armar nuestra propia manada y sentirnos a gusto en compañía también, pero para eso tenemos que saber, primero, quiénes somos. Y eso incluye saber cómo poner límites a todo aquél que no sepa cómo respetar la libertad ajena, del tipo que sea.
Quizás uno de los aprendizajes más grandes de la vida consista en aceptar lo que uno es, para poder hacer lo mismo con los otros. Clara señal de que no te respetás, es si no me podés respetar a mí.
Quizás también nos cuesta entender otros mapas mentales, porque estamos demasiado asustados de descubrir que puede existir otra realidad, que puede hasta ser mejor que la nuestra.
El problema es que cambiar de perspectiva implica dejar patrones viejos atrás, romperse un poco y hacer espacio, sino la nueva vida no tendrá lugar para entrar.
Al final, los que estamos cómodos en nuestra soledad y vivimos como autosuficientes, sabemos que vamos a tener que rompernos muchas veces hasta convertirnos en quienes deseamos ser, y eso no significa tener que hacerlo siempre solos.
Tal vez lo que en el fondo queremos es relacionarnos con aquellos que sepan que nos gusta mucho más cuando tenemos otros brazos con los que contar, y que nos bancamos todo solos porque no nos queda otra, no porque siempre lo queramos.
Elegimos el camino más difícil a conciencia, y nos lo tenemos que bancar.
En resumidas cuentas, creo que somos de esos que buscan magia en los demás para que se lleve bien con la que llevamos dentro.
Qué se yo.
Bueno, no, no los tengo, simplemente estoy en desacuerdo con muchas cosas que la sociedad pretende dejar establecidas y que pasemos por alto.
Marge, no voy a mentirte: me gusta estar sola porque no tengo que soportar el choque cultural/social de personas que piensan diferente y pretenden demostrarte tener la última palabra en lo que a la verdad respecta, como si no fuera subjetiva. Aunque haya días en los que me encuentro especialmente reactiva, la verdad es que no me interesa discutir. No me gusta, me saca de mi centro.
Sin embargo, siendo mi propia antítesis, cuando algo me molesta o me hiere, no puedo quedarme callada. Ni siquiera es una opción.
Me exaspera no poder abrir cabezas a los botellazos.
Tener que explicar porqué me gusta ir al cine sola, caminar conmigo por la playa, sentarme en la plaza a mirar la nada.
Tener que aclarar que sí, que estoy bien, que sólo necesito estar en mi compañía.
A la sociedad le resulta extraño que te guste estar sola. Que seas mujer y hables de sexo sin tabúes. Que pises el freno cuando alguien cree que eso le da derecho a invitarte a coger.
Y es la misma sociedad la que sentencia que tomar cerveza en un recital significa que sos una trola, que por ser tan independiente vas a terminar siempre sola, que si sos exitosa o autosuficiente "ahuyentás" a los hombres, que si tenés mundo interno o afrontás la vida con intensidad quiere decir que sos insoportable.
Estamos, como género y como humanos, tan hartos de tener que desetiquetarnos, de intentar que dejen de señalarnos (o de ejercer algún tipo de violencia, contra ambos sexos) y tan cansados de tener que presentar la carta de: "No solamente me gustan mis momentos de soledad, es que también los necesito", que nos tornamos desconfiados de cualquier ser que pretenda acercarse incluso con la mejor de las intenciones.
Todos somos solos, libres, sueltos.
Todos queremos encontrar o armar nuestra propia manada y sentirnos a gusto en compañía también, pero para eso tenemos que saber, primero, quiénes somos. Y eso incluye saber cómo poner límites a todo aquél que no sepa cómo respetar la libertad ajena, del tipo que sea.
Quizás uno de los aprendizajes más grandes de la vida consista en aceptar lo que uno es, para poder hacer lo mismo con los otros. Clara señal de que no te respetás, es si no me podés respetar a mí.
Quizás también nos cuesta entender otros mapas mentales, porque estamos demasiado asustados de descubrir que puede existir otra realidad, que puede hasta ser mejor que la nuestra.
El problema es que cambiar de perspectiva implica dejar patrones viejos atrás, romperse un poco y hacer espacio, sino la nueva vida no tendrá lugar para entrar.
Al final, los que estamos cómodos en nuestra soledad y vivimos como autosuficientes, sabemos que vamos a tener que rompernos muchas veces hasta convertirnos en quienes deseamos ser, y eso no significa tener que hacerlo siempre solos.
Tal vez lo que en el fondo queremos es relacionarnos con aquellos que sepan que nos gusta mucho más cuando tenemos otros brazos con los que contar, y que nos bancamos todo solos porque no nos queda otra, no porque siempre lo queramos.
Elegimos el camino más difícil a conciencia, y nos lo tenemos que bancar.
En resumidas cuentas, creo que somos de esos que buscan magia en los demás para que se lleve bien con la que llevamos dentro.
Qué se yo.
15 de febrero de 2016
Online.
Dudás.
Un poco te dejás seducir por palabras del otro lado de la pantallita del celular. Un poco seguís dudando porque estas cosas no te gustan, pero qué carajos, pleno siglo XXI, aceptémoslo.
La gente ya ni siquiera se acerca en un bar, ya no te preguntan la hora y entablan una conversación en la parada del bondi: ahora todo es online.
Incluso el amor.
Adáptese o muera.
En un mundo globalizado donde todo el contacto es puro mensaje y red social, uno tiende a ilusionarse un poco con eso de encontrar lo que está buscando sin salir de casa. Perdiéndose, claro, en el objetivo final que era terminar de encontrarse a sí mismo, pero no voy a profundizar en eso.
Nunca he tenido lo que muchos llaman "cita" con alguien desconocido, pero sí me he encontrado con personas con las que llegué -y con las que no- a tener algún tipo de relación.
Sobretodo sexual.
El contacto vía web tiene esa ventaja de poder conocer un poco al otro (si tenés la suerte de encontrar a alguien sincero) y darle para adelante con eso de que la belleza no es -lo único- que importa.
Porque tampoco nos hagamos los boludos: Si nos encontramos con alguien poco o nada atractivo para nosotros, las chances de abrir las piernas o introducir el pito en esa cavidad, se reducen notablemente.
Las desventajas, claro, son demasiadas. Además de encontrarte con alguien que no te gusta, puede tranquilamente ser un loquito, un asesino o miles de otras opciones de película que uno descarta por tener esa sutil confianza de "Lo conozco, hablamos un montón."
No. No, tarada, no lo conocés. No sabés nada de sus orígenes, ni de sus traumas. No sabés cómo puede reaccionar, qué lo hace feliz y qué lo entristece.
Estoy completamente negada a la idea de que realmente conocemos al otro sólo por hablar en Whatsapp, Facebook, Twitter, Tinder o cualquier otra aplicación.
Para conocer a otro, hay que mirarlo a los ojos. Nada más cierto que la información que podés sacar metiéndote en lo más profundo del ser de una persona, que mirándolo directamente a esos huecos de colores llenos de vida.
Ay, qué poética y boluda me puse, sí. Pero es lo que creo.
No podés conocer a alguien hasta que no te da un abrazo. No podés creer que conocés a alguien a quien nunca viste en tu vida.
Reconozco y soy testigo de excepciones (muy suertudas por cierto) pero para mí sólo son eso: excepciones.
Y todo esto lo podría haber escrito años atrás, porque en realidad vivo en una de estas excepciones. Quizás no tan brusca, porque elegí conocer personalmente a la gente antes de dar un veredicto.
No, no encontré al amor de mi vida ni a mi futuro marido online, pero sí encontré al amor en distintas formas, todas ellas válidas para mantenerlas a mi lado y darles todo lo que puedo darles, porque al fin y al cabo, estamos estableciendo relaciones. Y uno no juega con las personas.
Al menos eso es lo ideal.
Una red social puede no darte lo que buscás, pero tarde o temprano te va a presentar gente que te va a ayudar a crecer, eso seguro. O secuestrarte y descuartizarte, si tenés muy mala fortuna.
De todos modos, lo más probable es que tengas que vivir experiencias bizarras, ilógicas y hasta mágicas, ¿Por qué no?
Todo depende de cuán abierto estés a aceptar lo que sea que tenga que venir, en la forma en que tenga que hacerlo. Y que puede no ser clásica ni la que esperás.
Y, si tenés un poco más de suerte, hasta encontrás con quién coger muy bien por un rato, o un amigo para toda la vida.
Quién sabe.
Un poco te dejás seducir por palabras del otro lado de la pantallita del celular. Un poco seguís dudando porque estas cosas no te gustan, pero qué carajos, pleno siglo XXI, aceptémoslo.
La gente ya ni siquiera se acerca en un bar, ya no te preguntan la hora y entablan una conversación en la parada del bondi: ahora todo es online.
Incluso el amor.
Adáptese o muera.
En un mundo globalizado donde todo el contacto es puro mensaje y red social, uno tiende a ilusionarse un poco con eso de encontrar lo que está buscando sin salir de casa. Perdiéndose, claro, en el objetivo final que era terminar de encontrarse a sí mismo, pero no voy a profundizar en eso.
Nunca he tenido lo que muchos llaman "cita" con alguien desconocido, pero sí me he encontrado con personas con las que llegué -y con las que no- a tener algún tipo de relación.
Sobretodo sexual.
El contacto vía web tiene esa ventaja de poder conocer un poco al otro (si tenés la suerte de encontrar a alguien sincero) y darle para adelante con eso de que la belleza no es -lo único- que importa.
Porque tampoco nos hagamos los boludos: Si nos encontramos con alguien poco o nada atractivo para nosotros, las chances de abrir las piernas o introducir el pito en esa cavidad, se reducen notablemente.
Las desventajas, claro, son demasiadas. Además de encontrarte con alguien que no te gusta, puede tranquilamente ser un loquito, un asesino o miles de otras opciones de película que uno descarta por tener esa sutil confianza de "Lo conozco, hablamos un montón."
No. No, tarada, no lo conocés. No sabés nada de sus orígenes, ni de sus traumas. No sabés cómo puede reaccionar, qué lo hace feliz y qué lo entristece.
Estoy completamente negada a la idea de que realmente conocemos al otro sólo por hablar en Whatsapp, Facebook, Twitter, Tinder o cualquier otra aplicación.
Para conocer a otro, hay que mirarlo a los ojos. Nada más cierto que la información que podés sacar metiéndote en lo más profundo del ser de una persona, que mirándolo directamente a esos huecos de colores llenos de vida.
Ay, qué poética y boluda me puse, sí. Pero es lo que creo.
No podés conocer a alguien hasta que no te da un abrazo. No podés creer que conocés a alguien a quien nunca viste en tu vida.
Reconozco y soy testigo de excepciones (muy suertudas por cierto) pero para mí sólo son eso: excepciones.
Y todo esto lo podría haber escrito años atrás, porque en realidad vivo en una de estas excepciones. Quizás no tan brusca, porque elegí conocer personalmente a la gente antes de dar un veredicto.
No, no encontré al amor de mi vida ni a mi futuro marido online, pero sí encontré al amor en distintas formas, todas ellas válidas para mantenerlas a mi lado y darles todo lo que puedo darles, porque al fin y al cabo, estamos estableciendo relaciones. Y uno no juega con las personas.
Al menos eso es lo ideal.
Una red social puede no darte lo que buscás, pero tarde o temprano te va a presentar gente que te va a ayudar a crecer, eso seguro. O secuestrarte y descuartizarte, si tenés muy mala fortuna.
De todos modos, lo más probable es que tengas que vivir experiencias bizarras, ilógicas y hasta mágicas, ¿Por qué no?
Todo depende de cuán abierto estés a aceptar lo que sea que tenga que venir, en la forma en que tenga que hacerlo. Y que puede no ser clásica ni la que esperás.
Y, si tenés un poco más de suerte, hasta encontrás con quién coger muy bien por un rato, o un amigo para toda la vida.
Quién sabe.
12 de febrero de 2016
Coger.
El problema de escribir libremente sobre sexo, es que hay mentes que siempre te van a tratar de puta, de fácil, de atorranta.
Es tabú básicamente porque la Iglesia así lo quiso. Nos hacen avergonzarnos, sobretodo a las mujeres, del cuerpo con el que nacimos, hacen que parezca un horror o una burla que se te vea alguna parte íntima o la ropa interior, por accidente.
Nos hacen tener culpa, mea culpa, de querer satisfacer nuestros deseos carnales, impuros, superficiales.
Como si el sexo fuera exclusivamente algo que pasa en nuestro exterior.
Haya amor o no, siempre hay algo interno que te mueve a tener sexo con alguien, a abrirle las piernas, a compartir tu intimidad.
Puede ser mera atracción física que busque descargar tensiones y fluídos, pero aún así, buscamos algo más, tenemos algo más sucediendo dentro.
Necesitamos un empujón para el autoestima, o un abrazo que dure más de unos minutos. Tenemos ganas de compartirnos y de soltarnos, sentimos impulso de dar placer y que nos lo den, de acabar y ser acabados, de hacer llegar al otro a lugares donde sólo nosotros queremos llevarlo, de sacar el aire y de que nos lo saquen.
Queremos coger con alguien porque nos parece físicamente agradable y nos excita, porque nos conectamos mentalmente o porque compartimos muchas cosas. E incluso por lo contrario: porque somos tan diferentes que queremos conciliar en algo.
Queremos cogerlo desde la cabeza hasta los pies, despellejarlo con rasguños, elevarle tanto la temperatura que no le quede más que estallar.
Porque lo que buscamos es sentir estímulos. No todos estamos interesados en ponerla por ponerla.
Algunos buscamos esa excitación mental que puede generarse con un cruce de miradas, con un mensaje, con un recuerdo. Con sugerencias, con promesas, con una invitación.
Queremos cogerle la mente, los sueños y la sangre. Queremos todo porque el sexo no tiene gracia si escatima, si es pobre, si es gris. Queremos olvidarnos del mundo porque sabemos que cuanto más te entregás, más disfrutás.
Queremos enfermar de calentura al otro porque eso nos hace sentir bien. Porque sentimos que tenemos poder, que todo el placer está en nuestras manos, en la boca, en las cavidades.
Sentimos que ante el sexo oral no sólo estamos dando, también estamos recibiendo, porque el otro se está entregando y eso es una muestra de confianza, sea en el nivel que sea.
Queremos coger porque tenemos un cuerpo, una vida y tenemos que hacer algo con todo esto mientras tanto.
Hay personas que pueden combinarlo con amor y eso es algo maravilloso.
Incluso hay quienes escogemos a quien también nos pueda ofrecer diversión. Porque si no me podés hacer reír, mucho menos me vas a poder coger bien. Y al fin y al cabo, nadie quiere despertarse al día siguiente con un gusto amargo en la boca. A menos que sea por haberla tenido ocupada.
Algunos preferirán la cantidad, la variedad; otros preferiremos la calidad. Con cualquiera de las dos opciones se puede aprender.
Otros dirán que ya experimentaron suficiente y que se las saben todas. Y nada más alejado de eso, porque todos los cuerpos son distintos, todos sentimos placeres diferentes, nadie tiene el mismo exacto punto débil que otro ni siente con la misma intensidad.
Qué embole revolcarte con el que cree que no tiene nada nuevo que descubrir.
Porque si del sexo, de las personas con las que te compartiste y de las noches de insomnio con alguien durmiendo al lado no aprendiste que nunca vas a saber todo sobre el placer, entonces qué aburrido que debés coger.
1 de febrero de 2016
Lugares para llorar.
Levante la mano la que nunca se ha sentido patética llorando, como formando parte del decorado de una escena digna de Bridget Jones.
Las locaciones y las tomas pueden variar de acuerdo a la intensidad de la emoción o de las personas con las que vivas.
Si compartís tu cama, correr al baño es inevitable.
Sentarte acurrucada en una esquina, o en posición fetal soportando la cerámica helada, (que de la única manera en la que recordamos su existencia es al levantarnos y ver las uniones de las baldosas marcadas en las piernas), o más triste aún, en la bañera llena: una escena casi suicida que está clamando por un Romeo que la salve antes de cortarse las venas.
Ya nadie toma veneno, qué poco poética se tornó la sociedad.
Si vivís con tus viejos, tu cuarto, obviamente.
Esas cuatro paredes se convierten en una cueva llena de lágrimas, sábanas mojadas, mocos e incomprensión hacia la vida misma, parecen ser tu fuerte donde podés soltar lo vulnerable y floja que sos, porque nadie te está viendo.
Te enroscás y te enroscás un poco más en las sábanas (si tenés el corazón roto, probablemente huelas las sábanas buscando su olor, o peor, la inmundicia del charco de baba que haya dejado la última vez que durmió ahí), como si fueras un perro que extraña a su dueño.
Qué toma de mierda la de la cámara cuando, desde arriba, muestra que sos un bollito apenas válido de materia dentro de un universo tan abundante.
Si vivís sola o estás mayormente sola en tu casa, obvio que podés llorar en cualquier lado.
Podés cortar la cebolla y cagarla a puteadas como si fuera la culpable de tu desidia, porque primero está ese llanto deshonroso y lamentable, y luego -un par de respiraciones profundas después- el mea culpa que nos hace sentir como el orto, para pasar a la etapa siguiente que es la de pensar con la mente en fría y suponer que lo que sea que haya pasado, es para mejor.
También podés llegar del trabajo, subir las escaleras con los ojos a punto de explotar, para sentarte de espaldas contra la puerta una vez que ingresaste, y empezar a llorar a los gritos, como si lo peor del mundo te acabara de pasar. Y expulsás chorros de agua como hacía tiempo no hacías, porque quizás venías guardando tantas situaciones de mierda que, al fin y al cabo, te estás permitiendo estallar.
Hasta sos capaz de soportar las mordidas del gato que juega con las llaves o rasguñándote los dedos, como diciendo: "-Dale, pelotuda, todo bien con desahogarte pero vení a jugar un rato que para eso está la vida. Dejá de pensar tanto, ya está."
Y ahí, como en una epifanía, te das cuenta que no te duelen las cosas que vivís, sino cómo las interpretás. Y no te duele lo que otros "te hacen (o no te hacen)", lo que duele es el amor propio. Y ese es el peor dolor de todos.
Entonces te levantás a jugar un rato hasta que el animal te lastima tanto que te pone odiosa.
Seguro sangrás un poco y te lavás hasta que parece estar bien. Y de todos modos no te importa.
Porque esa herida no duele ni un cuarto de la que tenés adentro y que no sana con ninguna curita.
Las locaciones y las tomas pueden variar de acuerdo a la intensidad de la emoción o de las personas con las que vivas.
Si compartís tu cama, correr al baño es inevitable.
Sentarte acurrucada en una esquina, o en posición fetal soportando la cerámica helada, (que de la única manera en la que recordamos su existencia es al levantarnos y ver las uniones de las baldosas marcadas en las piernas), o más triste aún, en la bañera llena: una escena casi suicida que está clamando por un Romeo que la salve antes de cortarse las venas.
Ya nadie toma veneno, qué poco poética se tornó la sociedad.
Si vivís con tus viejos, tu cuarto, obviamente.
Esas cuatro paredes se convierten en una cueva llena de lágrimas, sábanas mojadas, mocos e incomprensión hacia la vida misma, parecen ser tu fuerte donde podés soltar lo vulnerable y floja que sos, porque nadie te está viendo.
Te enroscás y te enroscás un poco más en las sábanas (si tenés el corazón roto, probablemente huelas las sábanas buscando su olor, o peor, la inmundicia del charco de baba que haya dejado la última vez que durmió ahí), como si fueras un perro que extraña a su dueño.
Qué toma de mierda la de la cámara cuando, desde arriba, muestra que sos un bollito apenas válido de materia dentro de un universo tan abundante.
Si vivís sola o estás mayormente sola en tu casa, obvio que podés llorar en cualquier lado.
Podés cortar la cebolla y cagarla a puteadas como si fuera la culpable de tu desidia, porque primero está ese llanto deshonroso y lamentable, y luego -un par de respiraciones profundas después- el mea culpa que nos hace sentir como el orto, para pasar a la etapa siguiente que es la de pensar con la mente en fría y suponer que lo que sea que haya pasado, es para mejor.
También podés llegar del trabajo, subir las escaleras con los ojos a punto de explotar, para sentarte de espaldas contra la puerta una vez que ingresaste, y empezar a llorar a los gritos, como si lo peor del mundo te acabara de pasar. Y expulsás chorros de agua como hacía tiempo no hacías, porque quizás venías guardando tantas situaciones de mierda que, al fin y al cabo, te estás permitiendo estallar.
Hasta sos capaz de soportar las mordidas del gato que juega con las llaves o rasguñándote los dedos, como diciendo: "-Dale, pelotuda, todo bien con desahogarte pero vení a jugar un rato que para eso está la vida. Dejá de pensar tanto, ya está."
Y ahí, como en una epifanía, te das cuenta que no te duelen las cosas que vivís, sino cómo las interpretás. Y no te duele lo que otros "te hacen (o no te hacen)", lo que duele es el amor propio. Y ese es el peor dolor de todos.
Entonces te levantás a jugar un rato hasta que el animal te lastima tanto que te pone odiosa.
Seguro sangrás un poco y te lavás hasta que parece estar bien. Y de todos modos no te importa.
Porque esa herida no duele ni un cuarto de la que tenés adentro y que no sana con ninguna curita.
12 de enero de 2016
Historias.
Es raro vivir apenas un año en un país donde todos los que conocés tienen ahí su historia de vida, y donde vos recién estás empezando un segundo capítulo de la tuya, dejando en otras latitudes las memorias de la primera parte.
Es vivir donde alguien dió su primer beso en tu playa favorita, donde en aquel parque corrían de pequeños, donde en tal calle caminaron con alguien especial una noche de tormenta. Donde se cayeron y sufrieron la lastimadura más grande o donde les rompieron el corazón.
Donde está la escuela a la que iban y viven las personas con las que crecieron. Donde tienen armada su vida, donde están sus seres queridos para ir a almorzar un domingo y donde se encuentran sus amigos de la infancia.
Es vivir donde todos tienen recuerdos.
A veces me olvido de cosas. Bueno, siempre me olvido de cosas. Y me doy cuenta que cambiar de país hace que ese espacio en la memoria, lleno de vivencias de treinta y dos años, se vaya deslizando despacito hacia un costado, mientras un año y algo de vivencias uruguayas se van instalando.
Que estén frescas no quiere decir que sean menos importantes.
Que estén frescas no quiere decir que sean menos importantes.
Entonces despierto del letargo que me genera el lamento boliviano éste de sentirme un poco sola y miro hacia atrás.
Miro hacia donde elegí dejar a aquellos con los que armé todo lo que soy hoy. Miro Campana y extraño a mi familia, a mis amigos, a todo lo que fui y la manera en la que crecí allá. Miro Capital y extraño el bullicio. Las noches de librerías y pizza en Florida, las tardes de Santa Fe y Pueyrredón, los cines de Cabildo.
San Telmo, La Boca, Palermo. Plaza Cortázar y el barrio Chino.
Extraño todo eso que me hace inflar el pecho con sólo recordar que nací ahí, que soy argentina hasta la médula.
Miro mis decisiones, mis elecciones. Las responsabilidades que tomé y aquellas que evadí. Las personas que quise, las que amo, las que no quiero volver a ver. Lo que aprendí y lo que prefiero olvidar.
Miro mis decisiones, mis elecciones. Las responsabilidades que tomé y aquellas que evadí. Las personas que quise, las que amo, las que no quiero volver a ver. Lo que aprendí y lo que prefiero olvidar.
Inmediatamente, como la melancolía no es mi materia preferida, miro hacia adelante. Ahí sí me encanta estar. Mirando hacia adelante proyecté mudarme sola de país y lo hice. Mirando hacia adelante es donde me siento más cómoda, donde diseño mi vida a largo plazo, donde fantaseo con todo lo que quiero lograr... pero inevitablemente tengo que aprender a mirar acá, adonde estoy ahora.
Y mierda que me traje a este presente tomando decisiones difíciles, transformándome a los tumbos, renaciendo en mi cueva y quebrándome el alma, pero sabiendo que al fin y al cabo todo, indefectiblemente TODO, va a estar bien.
Peco de optimista y no me importa. Porque así es como me doy fuerza para levantarme cuando me caigo, para sonreír ante los días nublados y para sanar. Sobretodo para sanar.
Si no soy optimista, no tengo fuerza. Y si no tengo fuerza, no puedo dar todo lo que tengo para dar, ni ser todo aquello que puedo ser.
Miro mis recuerdos un ratito más, para acariciarlos y darles las gracias. Los miro con todo el amor del mundo, porque me convirtieron en la persona que soy y me enseñaron a lograr poco a poco todo eso que vine a buscar. Y sé lo mucho que falta, así que los dejo ir en paz.
Porque sé que seguirán conmigo siempre, viva en el país donde viva.
Porque sé que seguirán conmigo siempre, viva en el país donde viva.
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