No sé cuántas veces por año me interno en mí misma.
No puedo contabilizar las crisis existenciales que he tenido hasta ahora, ni las depresiones (bueno, esas capaz que sí), ni las tristezas esporádicas, ni los hundimientos en abismos varios.
No sabría responder al total de noches sin dormir o de días en los que estuve de pie con dos horas de sueño encima.
No puedo divorciar los sentimientos de completo hastío de aquellos de simple cansancio por la vida, ni definir un nivel de hartazgo por los intentos, por las batallas y por las pateadas de piedras y de tableros.
No tengo la más mínima idea de veces en las que mandé cosas, personas, situaciones y emociones al carajo.
Carezco de un número estimado de la cantidad de momentos en los que me invento respuestas cuando no las encuentro, o que las busco en un mundo que no es el mismo en el que vivo físicamente.
Imposible es calcular el tiempo que pierdo tirada en la cama mirando el techo, sin más nada que el vacío y el silencio respondiendo a mis inquietudes.
No puedo, simplemente no puedo, conocer la cantidad de horas que paso simplemente "en la búsqueda", a veces sin siquiera saber de qué.
Jamás podría tener una idea de las veces que lloré a los gritos, pateando cosas, tratando de entender aunque sea algo, o explotando por el mínimo motivo cuando en realidad tenía un big bang por dentro.
Pero lo que sí puedo decir es que tengo una inherente capacidad intuitiva, desarrollada con el paso del tiempo y de las experiencias, que me hace confiar en que, tarde o temprano, todo va a estar bien.
Sé que cada crisis tiene su correspondiente apertura mental, su aprendizaje.
Sé, también, que cada vez que me meto a procesar en esa carpa a la que suelo llamar "mi cueva", salgo renovada, fresca, limpia de cuerpo, de alma, de mente.
Ya me hago cargo de que cada vez que algo me molesta, tengo que meter la mano dentro mío, retorcerme las vísceras, y revolver hasta hallarlo, hasta arrancarlo desde lo más profundo de mi persona, de mi espíritu o de mi inconsciente.
Sé que llorar limpia, transmuta. Sé que pensar tanto no ayuda, porque a veces las respuestas no están en la cabeza, sino en otro lugar.
Sé que no pierdo el tiempo intentando encontrar aquello que me impulse a seguir, porque es una inversión.
Sé que el mundo tiene mucho para ofrecerme. Y que reconocer al "otro mundo" es parte de mi equilibrio. Sea el otro mundo que sea.
Conozco mi oscuridad y eso me ayuda a reconocer mis límites, a saber hasta dónde puedo llegar, hasta dónde puedo darme sin perderme.
Pero uno siempre se pierde, es inevitable.
Cuando el equilibrio está en la palma de tu mano, se torna tan aburrido que terminás provocando terremotos para tener algo de acción, porque estar en paz con uno mismo y con el mundo es algo a lo que no estamos acostumbrados, ni nos creemos merecer.
Y ése es el problema: No creernos merecedores de la felicidad.
Cuando aparece, buscamos algo más, no podemos estar en paz, nos cuesta recibirla y dejar que se quede, le buscamos la vuelta, la mentira, el "algo tiene que fallar". La rodeamos a preguntas y empezamos a esperar el momento en que realmente desista, se extinga, porque no sabemos apreciarla y mucho menos disfrutarla.
Porque nos aburre estar felices, como consecuencia de vivir acostumbrados a los retos, a lucharla, a estar disconformes todos los días, a esperar las desgracias.
Carecemos de la certeza de merecimiento porque no tenemos un amor propio realmente sano, que nos diga: "-Hey, ya es hora. Todo eso que trabajaste tiene su recompensa, acá está." Y no, no solemos aceptar a la felicidad así de simple, porque la queremos seguir buscando, porque en la búsqueda está la acción, la gracia.
Tenemos que dejarnos vivir, urgente. Tenemos que aceptar que la felicidad no es ninguna meta ni está en un libro de Osho: la felicidad la tenemos al lado siempre. La opción de aceptarla y agradecer que esté ahí, también.
No, no soy un libro de autoayuda ni tengo un positivismo adolescente porque vivo creyendo que todo va a estar bien y que la felicidad está en agradecer y disfrutar lo que tenemos.
Simplemente a veces decido abrir los ojos a mi realidad, y sí, agradecer todas y cada una de las pequeñas cosas que tengo en la vida y me llenan el Alma.
Porque si me enfoco solamente en todo lo que está mal, no tengo ganas de seguir adelante.
Y yo necesito avanzar.
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